Archive for agosto 2021

Mudanza

31 agosto, 2021

Hace mucho, tal vez algún añito y todo, que no digo nada de mí en este blog. Pues ya toca.

Me he pasado las dos últimas semanas liado con una mudanza. La mía. Tocaba irse de dónde estaba porque se terminaba el contrato tras tres años de estar en un pequeño palacio. Después de una semana de tensión al no encontrar nada. el lunes de la semana pasada se obró el milagro y encontré mi nueva casa.

Así que me ha tocado mudarme. Debo añadir, llegados a este punto, que odio las mudanzas con todo mi corazón. La primera tuvo lugar cuando tenía 21 o 22 años (tengo 48 ahora). Esta última es la décima. Me causa escalofríos recordar que en los últimos 8 años me he mudado, con esta, seis veces.

Y dicho que odio las mudanzas, admito que tienen algo bueno: la paz que dejan cuando se terminan.

Por suerte, no me he tenido que ir muy lejos en este realojamiento. A la calle de al lado, de hecho. He tenido suerte, porque no quería irme de la zona en la que vivo, por varios motivos (su tranquilidad, sus buenas comunicaciones, su cercanía a un parque natural, etc).

En resumen, empieza una nueva etapa de mi vida.

Youtr truly,

Jack.

Los últimos de Filipinas (6)

26 agosto, 2021

Las municiones se agotan, de manera que los defensores de Baler optan por usar una táctica antiquisima: el agua hirviendo. Los rebeldes filipinos se reíen de la ocurrencia… hasta probar en sus carnes lo efectivo de la medida. En esta tesitura, con la resistencia decayendo, llegó el vapor Uranus, que traía al teniente coronel de Estado Mayor Cristóbal Aguilera. «Vengo a recogerles por orden del genreal Diego de los Ríos». Martín Cerezo no dudó: aquel hombre era otro impostor.

Esta vez la guarnición se divide entre los que creen a Aguilera y los que apoyan a Martín Cerezo. A pesar de todos los esfuerzos de Aguilera, éste no cede. Al final, sintiéndolo, Aguilera se marcha tras dejar unos periódicos a los defensores de Baler, que hallaron siete ejemplares en la puerta de la iglesia. Al médico y al padre Minaya le parecieron auténticos; a nuestro paranoico y medio demente héroe, como de costumbre, se le antojaron un burdo embuste de los filipinos. Aguilar regresó frustrado a Manila y con una idea en la cabeza: ¿Y si Martín Cerezo hubiera asesinado al capitán De las Morenas y su resistencia no era otra cosa que intentar evitar el castigo? Esta idea se generalizó tanto que, al desembarcar en Barcelona el general De los Rios, éste afirmaría que la guarnición de Baler había asesinado a su comandante.

Minado por la incertidumbre, el agotamiento, la escasez de suministros y de munición, Martín Cerezo tenía que elegir entre la rendición o la fuga. Eligió la segunda, fijándola para la noche del 1 de junio. Ordenó que se inutilizaran las armas, salvo las 35 necesarias para la empresa e hicieron acopio de la poca comida y de la munición haciendo abarcas con los cinturones y carteros de los muertos.

Antes de partir, Martín Cerezo ordenó el fusilamiento del cabo González Toca y del soldado Antonio Menache por sospechar de ellos que habían intentado desertar. A los condenados no se les permitió que se les impartieran los últimos sacramentos. Martín Cerezo confesó posteriormente no haber tenido nunca problemas de conciencia por esto.

Los últimos de Filipinas (5)

25 agosto, 2021

Aa la salida por el «verde» le llamaron «expedición al otro mundo». El ataque pilló por sorpresa a los rebeldes y los voluntarios españoles sembraron el caos incendiando parte del pueblo, sembrando el pánico entre el enemigo. La sorpresa permitió al cabo Olivares volver con su botín de calabazas y semillas de calabacera, tallos de platanera, de hierbas y naranjas. Vigil le regaló su reloj. La inyección de moral y de «verde» alivió la condición de los enfermos. Martín ordenó que se ventilara la iglesia, que se plantaran calabazas y que abrieran un pozo negro.

Un capitán español llamado Belloto se acercó a la iglesia para parlamentar, pero Martín no le creyó. Después los rebeldes dejaron periódicos filipinos delante de la puerta de la iglesia, con idéntico resultado. A Belloto le seguiría otro oficial, el capitán Olmedo, enviado con un mensaje del general Ríos, pero Martín no quiso verle, pues lo consideró un farsante la verlo vestido de civil y aparecer al toque de la corneta enemiga. Martín está obsesionado con el artículo 748 del reglamento de campaña: «recordando que en la guerra son frecuentes los ardides y estratagemas de todo género…»

El 21 de diciembre de 1898 Martín pasa la hoja del calendario. En sus memorias reconoce que tiene dudas, vacilaciones sobre qué camino tomar. ¿Será verdad quie ha caído Manila, que se ha firmado un tratado de paz entre EEUU y España en París, como afirma el mensaje del general Ríos? No, es una trampa más, la comunicación no estaba numerada. Noche de fin de año con rancho excepcional: habichuelas con manteca.

En el momento más desesperado para los sitiados llega el milagro en forma de carabaos, mamífero parecido al búfalo. Coon su carne comerñian hasta hartarse. Era una pena: les sobraba azúcar y les faltaba sal para conservar la carne, que con aquellas temperaturas se corrompía de inmediato. Ya no quedaba arroz, ni habichuelas, ni café.

Como los españles de Manila no lograba convencer a los sitiados, lo intentaron los norteamericanos. El 13 de bril el teniente James Gilmore llegó a la bahía de Baler con la cañonera Yorktown. En vano: los filipinos les recibieron a tiros y no se pudo desembarcar. Los norteamericanos confirmaron que sobre la iglesia ondeaba la bandera rojiguada.

Los últimos de Filipinas (4)

20 agosto, 2021

El médico provisional, Vigil de Quiñones, exprime su cerebro buscando un remedio contra la enfermedad con los escasos medios que posee. Carreño es enterrado en el baptisterio. El 26 de junio se dieron las primeras huidas. Alguna gente del pueblo empezó a abandonarlo, cosa que hizo pensar en la inminencia de un ataque. A la mañana siguiente el pueblo estaba desierto. No solo eso, sino que se habían producido tres deserciones: el cabo y el sanitario filipinos, además del asistente, peninsular, de Martín Cerezo, Felipe Herrero López.​ Ante esta situación el destacamento decidió atrincherarse en la iglesia llevando consigo las provisiones que quedaban en la comandancia y los barriles de «palay» que había comprado el padre Gómez Carreño.

Dos días más tarde, por la mañana, Martín Cerezo salió de patrulla con 14 hombres, regresando sin novedad, mientras los que no estaban de guardia recorrieron las casas del pueblo para llevarse a la iglesia las tinajas de agua que quedaban en ellas. Al día siguiente, la patrulla salió al mando de Alonso, comandante del destacamento, produciéndose la deserción de uno de los soldados, Félix García Torres. La tropa continuó con el acondicionamiento de la iglesia, demoliendo parte del convento. La madera obtenida fue almacenada y el espacio que ocupaba el convento convertida en un corral, dejando intacta la base del muro. Martín Cerezo se llevó cuatro caballos para poder tener carne en caso de necesidad, pero tanto la tropa como Alonso y el capitán se negaron y los soltaron.

La mañana del día 30 de junio, la patrulla que mandaba Martín Cerezo fue emboscada en la ribera del río. Pudieron replegarse hasta la iglesia sin más baja que un cabo, Jesús García Quijano, que resultó herido en el pie. Comenzaba así el sitio. El primer día de sitio los españoles encontraron cerca de la iglesia una nota en la que los filipinos les advertían que contaban con tres compañías para el asalto y los conminaban a rendirse: «Estáis rodeados, los españoles han capitulado, evitad el derramamiento de sangre…». Aunque los sitiados no dieron mucho crédito a las noticias sobre las rendiciones, no dudaron de la cantidad de las fuerzas enemigas y temieron un largo asedio. Por ello, Martín Cerezo retomó la idea de construir un pozo en el interior. Las Morenas le asignó cinco hombres y al poco tiempo encontraron agua en abundancia a cuatro metros de profundidad.

Unos atribuyen el milagro de la supervivencia a la intervención divina; otros, a la previsión el arrojo. Lo cierto es que los soldados rezan y rezan de rodillas ante la Virgen cada día. Mérito del párroco Gómez Carreño, convencido de las virtudes del rosario.

¿Qué otra cosa salvo la religión podía quedarlee a aquellos hombres de finales del siglo XIX, labradores, jornaleros, canteros, zapateros, herrores, panaderos, todos ellos movilizados, procedentes de Castilla, Aragón, Extremadura, Galicia, Valencia, Andalucía, Cataluña, Mallorca…? El consuelo de la religión, el motor del patriotismo, la disciplina castrense y la esperanza de ser socorridos (por remoto que esto pudiera parecer) mantendrán vivo el espíritu combativo de la guarnición, que, desde el cmienzo del asedios sufre 19 muertos y 6 deserciones. Los alimentos están en malas condiciones, la insalubridad de la iglesia se hace evidente. El beriberi ataca provocada por la carencia de vitamina B. El primero en caer es el párroco Carreño, a los 77 días de asedio.

El médico provisional, Vigil de Quiñones, exprime su cerebro buscando un remedio contra la enfermedad con los escasos medios que posee. Carreño es enterrado en el baptisterio.

La vida y el asedio siguen. La iglesia recibe ahora el fuego de los cañones enemigos. Los desertores españoles gritan desde la trinchera enemiga «Esta noche moriréis todos». Los mensajeros del rebelde Villacorta vuelven, una y otra vez, con las manos vacías. El día 6 de septiembre se desarrolló una conversación entre oficiales de un bando y otro, y preguntado el Capitán de las Morenas si se iba a rendir, tras una carcajada, respondió: «¿Qué en qué quedamos? Muy sencillo, ustedes se retiran a sus trincheras y nosotros nos quedamos en nuestra Iglesia, con que adiós y pasarlo bien.» También el gobernador de Nueva Écija trata de disuadir a los sitiados. El capiotán general Augustín se ha rendido. Pero ni los mensajes ni las cartas hacen mella en la voluntaed de los resistentes de Baler. «Todo lo que nos traían -escribe Martín Cerezo – era falsificado y convenido para que nos rindiéreamos».

Septiembre fue el peor mes para los sitiados, que fueron diezmados por el beriberi y las balas enemigas. Falleció el teniente Alonso, el médico Vigil de Quiñones resultó herido de gravedad y el capitán Enrique de las Morenas yacía en su camastro en pleno delirio. Tan mal estaba que recibió el sacramente de la Penintencia sub conditione. Tras su muerte (22 de noviembre de 1898), el teniente Martín Cerezo asume el mando. La carne se acabó en julio. Los garbanzaos eran un amasijo de polvo y gorgojos. La avena había fermentado. El tocino hervía de gusanos.

Los últimos de Filipinas (3)

16 agosto, 2021

El 30 de junio el enemigo abrió fuego a 50 metros del puente de España. El primer herido fue el cabo Q!uijano, alcanzado en una pierna. «Me tocó en suerte -escribió el teniente Martín Cerezo- contestar a los primeros disparos. Estábamos rodeados». Así empezó el episodio de Baler, ejemplo de locura e inutil resistencia para unos y muestra de la resistencia por la patria, la bandera y el honor, para otros. Al día siguiente los sitiadores dejaron un mensaje cerca de la iglesia que rezaba así: «Estáis rodeados, los españles han capitulado, evitad el derramamiento de sangre».

Los ultimátums no cesaron desde aquel día, siendo respondidos a tiros por los sitiados. Al principìo recibieron toda clase de lisonjas y regalos, que luego se convirtieron en amenazas de masacres varias, intimidaciones e incluso la aparición de chicas filipinas semidesnudas. Pese a las peticiones de parlamento, los defensores les no dieron respuesta.

Los dos últimos en entrar en la iglesia fueron los franciscanos López y Minaya. Lo hicieron en condición de mediadores o informadores: los frailes sabían que la resistencia era inútil, pues Manila ya había caído a manos de los norteamericanos y de los insurrectos, pero el teniente Martín Cerezo no se creyó ni una palabra. Patriota desconfiado y receloso, al oficial no podía caberle en la cabeza que el imperio español en Asia hubiera llegado a su fin.

«¡Viva España! gritaron los soldados cuando los padres Minaya y López decidieron quedarse en la iglesia para compartir la suerte de los defensores. Serán ellos los auténticos últimos de Filipinas, pues cuando los soldados sean repatriados, los frailes serán obligados a quedarse,

Quedaron copadas en la iglesia 54 personas, entre soldados y religiosos. El dispositivo de defensa estaba en marcha: un cabo y ocho hombres en el perímetro exterior, la trinchera que defendía, fuera de la iglesia, las dos puertas. Los demás hombres se repartieron entre ventanas y troneras. Dos de los mejores tiradores tomaron posición en la torre. Despuiés, bajo el mando del capitán de Las Morenas, tapiaron puertas y ventanas, abriendo aspilleras, en parte para mantener activa a la tropa.

Los últimos de Filipinas (2)

12 agosto, 2021

El amanecer iluminó una plaza central cubierta de cadáveres de soldados y de rebeldes. El párroco de Baler, Cándido Gómez Carreño, natural de Madridejos, Toledo, se encontró con el cadáver del teniente Motta. Según su testimonio, el oficial se suicidió al verse perdido. Tiempo después se diría enb Manila que el cura lo mató, por error, al confundirlo con un insurrecto. Según una familiar del difunto, el padre de Motta recibió una visita de un ordenanza y un oficial que habían investigado el caso y su conclusión fue que, tras defenderse hasta el finjal, el teniente fue capturado, torturado y ejecutado por los rebeldes.

Sucediera lo que sucediera al teniente, el resto de la guarnición tuvo que retirarse a la iglesia del poblado, la posición más fuerte de la plaza.

El 1 de mayo la flota española fue derrotada por la estadounidense en Cavite. En junio, el capitán De las Morenas, jefe de las fuerza situadas en Baler, confirmaba en la última carta enviada desde el pueblo que él y sus hombres estaban cercados por los insurrectos. Por eso se habían hecho fuertes en la iglesia, donde hicieron acopio de los alimentos que les llevó el barco de guerra Don Juan de Austria. A partir de junio no recibirían ni alimentos, ni munición ni refuerzos. Aunque la munición era abundante, el agua escaseaba, lo que hizo que el teniente Martín Cerezo se empeñara en abrir un pozo, encontrando agua tras cavar cuatro metros. Sería la salvación de los sitiados. Necesitaban madera, que consiguieron derribando la casa del párroco. Se comieron todo lo que se movía a su alrededor: perros, gatos, grajos y hasta cuatro caballos cuya carne, al principio, repugnó a los soldados. No tardarian en echarla de menos.

Los últimos de Filipinas (1)

10 agosto, 2021

En la noche del 4 al 5 de octubre de 1897, los rebeldes independentistas filipinos se hicieron con el control del pueblo de Baler, siutado en la costa del Pacífico oriental. Apenas tuvieron problemas pues los defensores sufrían de un problema crónico padecido por las fuerzas coloniales españolas: la excesiva dispersión de sus fuerzas, como se vería en Cuba y en las mismas Filipinas y que tendría su colofón trágico en Annual.

Durante la administración española de Filipinas, la isla de Luzón se encontraba dividida en provincias, subdividias a su vez en distritos. En 1818 el área de Baler fue transferida de la provincia de Tabayas (coincidente a grandes rasgos con la actual provincia de Quezón) a la de Nueva Écija.​ En 1856, los territorios de Nueva Écija situados entre la Sierra Madre y el Océano Pacífico fueron desgajados para constituir el distrito de El Príncipe. Las principales localidades de este nuevo distrito eran Baler, la capital («cabecera» en la terminología de la época, al tratarse de un establecimiento de bajo rango, del nuevo distrito), Casigurán (ambas en la costa, situada esta última a unos 16 km de Baler) y San José de Casignán (actual María Aurora, en el interior, a 15 km de Baler). Religiosos franciscanos se encargaban de la atención religiosa de la localidad desde su fundación (salvo un periodo de cuarenta y cinco años, entre 1658 y 1703, en que fueron sustituidos por agustinos recoletos).

Al frente del distrito se encontraba un comandante político-militar con residencia en Baler, puesto desempeñado por un capitán del Ejército, el cual, en virtud de su cargo, era también delegado de Hacienda para la recaudación de impuestos, subdelegado de Marina, juez de primera instancia y administrador de la oficina de correos. En 1897 el pueblo se componía de una iglesia con la residencia del párroco adosada (habitualmente denominado «convento» en la Filipinas española), la casa del comandante y barracones para la tropa, además de las viviendas de los habitantes del poblado. La guarnición permanente consistía en un destacamento de la Guardia Civil con un cabo, «europeo», y cinco números filipinos. La población estaba formada por unas 1700 personas.​

A mediados de 1897 los efectivos españoles en Baler eran un cabo de la Guardia Civil y cinco número indigenas. El comandante del distrito militar del distrito pidió al capitán genreal 50 hombres para proteger el pueblo. Los refuerzos llegaron del Batallón de Cazadores número, veteranos de diversas batallas, como als de Cavite Viejo, Nobaleta o Imus. Al frente de los Cazadores se hallaba un joven teniente de 21 años, José Motta,

Sobre lo sucedido en Baler hay dos hipótesis. O el pueblo se sublevó contra la guarnición española o se produjo un asalto de fuerzas rebeles ordenado por Emilio Aguinaldo. Los rebeldes se reunieron en asambles secretas para urdir el plan. Así, a las 10 de la noche del 3 al 4 de octubre, los cazadores españoles salieron de patrulla como todas las noches. A las 11, los guerrilleros filipinos marcharon con sigilo hacia la puerta de la Comandancia y mataron con sus machetes a la guardia. «¡A las armas, Cazadores!», le dio tiempo a gritar al centinela antes de morir.

Comenzaba así una odisea que rozaría el más puro esperpento.

Date prisa

9 agosto, 2021

Date prisa, por favor,

que a mi vida le urge amarte.

Y no es que esté impaciente,

es que hace mucha vida

que te estoy esperando.

Cuento corto

6 agosto, 2021

Germán sólo medía un metro treinta y cinco centímetros. Susana, su novia, le hacía sombra con su casi uno noventa, pero ella era de aquellas a los que no le importaba el tamaño.

La unificación municipal de Barcelona

1 agosto, 2021

El 20 de abril de 1897 comienza el proceso de unificación municipal de las poblaciones del Llano de Barcelona. El proceso fue liderado por el Ayuntamiento de Barcelona duramente muchos años, en especial durante la presidencia de Francesc Rius i Taulet. En la fecha citada, un decreto real firmado por la reina Regente María Cristina aprobó la anexión por Barcelona de los antiguos municipios de Les Corts de Sarrià, Gràcia, Sant Andreu de Palomar, Sant Martí de Provençals y San Gervasi de Cassoles. Horta seguiría estos pasos en 1904, y Sarrià en 1921.

La mayoría de estos municipios habían sido creados tras la derrota de 1714, durante la reorganización que siguió la final de la guerra y la publicación del decreto de Nueva Planta. La aprobación del plan Cerdà y la extensión de Barcelona incluyó dentro de sus límites a estos antiguos asentamientos. Esto provocó numerosos problemas entre el Ayuntamiento de Barcelona y el de los municipios, que desconocían los detalles del plan Cerdà. Asimismo, los precios en Barcelona eran más alto que en las afueras.

Las anexiones provocaron protestas que alcanzaron su clímax el 7 de abril de 1889, cuando 40.000 personas se concentraron en una gran manifestación que partió del ayuntamiento de Sant Martí de Provençals, en el distrito del Clot, hacia la sede del Gobierno Civil en el Pla de Palau. Sería en vano. A partir de 1897 los antiguos municipios se convirtieron en distritos de Barcelona, que, con pocas variaciones, han llegado hasta nuestros días.

Tras la anexión Barcelona pasó de tener 175,000 habitantes a medio millón. Así se pusieron las bases de la gran área metropolitana actual.


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