Laura (2)

Cuando llegó el verano, abrasador y húmedo como todos los años, el frío de su piel me resultaba refrescante. Estar en sus brazos era como sumergirse en el mar.

Siempre la perdía con los primeros rayos del sol. Ella se deslizaba escaleras abajo sin que sus pies descalzos hicieran el más mínimo ruido. Ya lo hacía mi corazón por ella, pues latía desesperado contando los minutos hasta el siguiente anochecer.

Así que, para matar el tiempo, yo recuperaba horas de sueño por el día.

Por la tarde recorría la escalera. Así fue como descubrí a la media docena de vecinos que malvivían en aquellas cuatro paredes con escaleras sifilíticas. Poco a poco me fui incorporando a aquella curiosa comunidad que hacía las veces de familia. Doña Julia me subía, cuando se acordaba, copiosos platos de comida. Cuando no, yo vagabundeaba por los tejados cercanos a ver qué encontraba. La calle, con perdón, me parecía demasiado peligrosa.

Los niños de la familia del segundo tercera siempre me retraban a jugar al escondite. Eran muy buenos escondiéndose. Nunca fui capaz de encontrarlos y sólo cuando llegó mi último día en el edificio, con mis pies apunto de cruzar el umbral, comprendí cuál era su truco.

A medianoche, puntual como siempre, llegaba Laura con su pijama blanco y sus pies descalzos y nos amábamos como si no fuera a llegar nunca el mañana.

Pero llegaba, ya lo creo que llegaba.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: