Archive for the ‘Caliente’ Category

Ilusión (9)

9 febrero, 2019

Continuación de https://wp.me/p5Qvf-1z7

Las horas que siguieron a mi primera vez con Sonia estuvieron dedicadas a mi hermano. No paraba de pensar en él, en si podría mirarla a la cara cuando le viera la próxima vez, tras haberle traicionado con su novia. Pero todavía es más cierto que lo que realmente ocupaba mis pensamientos era el volver a verla a ella, esta vez entre los brazos de él. En fin, una tortura.

Pero no pasó nada, salvo que la ternura de Sonia hacia mí pareció volverse más franca. Así que cuando, tiempo después, ella nos comunicó a mi hermano y a mí que nos habían invitado a una fiesta, muy distinguida y también muy pagana, que tendría lugar durante la primera semana de junio en un palacio cerca del Eure, a unos cien kilómetros de París, y en la que no faltarían “ni bebida, ni música, ni camas, ni mujeres”. Además, añadió, sólo se invitaban a personas que fueran a dar la talla, cosa de la que ambos tomamos nota mientras, al menos yo, tragábamos saliva.

Nuestras fiestas se fueron acortando, pues ambos, por un lado, se tenían que presentar a sus respectivos exámenes y yo a los míos y, por otro, que se veían en la habitación de Sonia. El invierno se fue apagando y los días alargando. El aire, más templado, nos traía la promesa de la primavera.

Así fue como, una noche, nos fuimos a pasear los tres por los jardines del Luxemburgo y nos cruzamos con una chica de belleza excepcional…

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Ilusión (8)

2 febrero, 2019

En esos momentos tenía la certeza de que mi polla no iba a dejar de crecer y endurecerse. Me tumbé a su lado en la cama y comencé a acariciarla por todas partes sin atreverme a llegar a su sexo, porque yo creía que ella no lo deseaba (qué idiota puedo llegar a ser a veces). De repente, con una especie de llave de judo, me hizo tumbarme sobre ella, pecho contra pecho, con la mirada fija en mí. De repente, con un gesto ondulatorio de su espalda y sus caderas, abrió su sexo rosado, mientras yo, apoyado en codos y rodillas, me quedaba oscilando sobre ella, como un puente de cuerda sobre el abismo. De repente, con un golpe repentino, sus piernas se cruzaron en mi espalda y me atraía hacia adelante, de manera que me clavé en ella con un gran suspiro de alivio.

Así me ahorró Sonia los titubeos de mi inexperiencia y que me asombrara la precisión de su gimnasia sexual.

El sexo se convirtió, a partir de ese instante durante aquella tarde, en un intercambio tan fluido como rítmico en el que nuestros sexos se acariciaban mútuamente. Tal vez sea mi orgullo inexperto el que habla, pero estoy seguro de que lo que hicimos aquella tarde no fue la mecánica repetitiva de la simple cópula.

En aquel instante, la conciencia de que estaba haciendo el amor con Sonia sobrepasaba a todo, incluso al hecho en sí, de manera que me olvidé de la rabia que me producía el no estar suficientemente armado para penetrarla más profundamente. Tal vez eso fue debido a que ella comenzó a gemir al momento. Ella gozaba, sobre todo debido a la voluptuosidad de nuestra unión. Sólo una vez su voz osciló entre aquellos gemidos modulados y el silencio intercalado de suspiros:

-Cariño, ¡que gorda la tienes!

Y yo, que me creía poco dotada para tales menesteres, estallé de gozo al escuchar eso, pues esas cosas, obviamente, halagan el amor propio y estimulan la pasión, da manera que, unos instantes después, llegué a creer que mi polla era todavía más gorda. Más gorda y más larga a medida que se acercaba el paroxismo final, de manera que llegó a dolerme incluso, o al menos eso recuerdo, mientras nuestros sexos hacían un ruido similar al de los besos, cada vez más acelerado, mientras mis manos sobaban sus senos y sus uñas se clavaban en mis nalgas sin doler.

Cuando le murmuré, medio roto:

-Sonia, ¿puedo correrme?

La intensidad de sus respuesta, que llegó sacudida por un estremecimiento, me sorprendió:

-¡Sí, mi amor, por fasvor, lléname con tu leche!

No pude resistirme más. Lanzándome hacia adelante, como si quisiera penetrarla más profundamente, la embestí con vehemencia hasta que un gran estallido sonoro, que coincidió con mi orgasmo, nos dejó mudos del susto. La cama, estrecha, para una sola persona, había chocado contra la pared por mis zarandeos, y, durante un instante, nos quedamos quietos, exhaustos, sin aliento. Al final nos echamos a reír.

Agotados pero felices, nos quedamos tumbados entre las sábanas manchadas de sudor y de semen, mirándonos como dos tortolitos. Por fin podía contemplar el cuerpo desnudo de Sonia sin tener la urgencia de tenerlo. Tenía un cuerpo admirable, muy bello, todo plenitud y armonía, y yo me sentía intimidado por su madurez. Ella fumaba, pensativa, esperando a que yo hablara, pero no me salían las palabras.

Ella me observaba tranquila mientras yo divagaba, diciendo que todo había sido maravilloso, que no me acababa de creer que ella hubiera querido hacer el amor conmigo, que me hubiera escogido en lugar de a cualquier otro…

-Tienes razón, podría haber elegido a cualquiera y sin que nadie se enterara, pero quise que fuera así, de esta manera.

-¿Por qué, Sonia?

-Porque era el mal menor. Desde que nos besamos el otro día lo supe, que era el mal menor. Pero cuando has llegado y he visto tu deseo… todo ha dejado de importar. Lo único que he sabido es que deseaba acostarme contigo.

Supongo que ella advirtió mi confusión, porque añadió:

-Ahora pensarás que soy un monstruo. Pero es que las mujeres no somos figuras etéreas y puras. Nos gusta que nos amen, nos gusta que nos follen. Nos gusta que nos llenen el corazón, pero también el sexo. Si mi deseo hubiera estado saciado, tu deseo no me habría interesado. La felicidad nos vuelve egoístas.

Nos besamos y, mientras yo decidía qué hacer a continuación, ella tomó mi miembro, ante lo cual mi verga se reanimó. La rodeó con sus dedos y, mirándome a los ojos con una cariñosa seriedad, se arrodilló en el suelo y se puso mi polla en su boca. Estuve a punto de dejar de respirar de la impresión.

Bajo el roce de su lengua, la presión intermitente de sus dientes, la dulzura de la lengua y el límite delicioso de su paladar, más el fuelle de su boca, creo que perdí el control y me corrí mucho antes de lo que ella pensaba. Sonia, para mi sorpresa, no soltó su presa y me mantuvo dentro de su boca durante un largo rato. Luego, con los ojos cerrados, se dejó caer sobre la cama, mientras yo, que no salía de mi asombro, la contemplaba en silencio.

Al final me atreví, y rompí mi inmovilidad. Comencé a acariciar su sexo, deliciosamente húmedo, y, milagrosamente, volví a excitarme. Sonia, la notar que la penetraba de nuevo, lanzó un suspiro de facilidad y me dejó hacer sin abrir los ojos, cediéndome la iniciativa en esta ocasión.

Ilusión (7)

25 enero, 2019

Aquella tarde, a las cuatro en punto, yo estaba llamando a la puerta de la casa de Sonia. Ella me hizo entrar y cerró la puerta. La notaba diferente, tal vez porque estaba acostumbrada a verla en el marco de nuestras reuniones familiares. Tal vez porque entonces se maquillaba de una manera y ahora, con un maquillaje más ligero y el pelo recogido en dos coletas, estaba diferente por completo.

Su ropa la hacía parecer en blanco y negro: una blusa blanca, un jersey negro y una pantalón de terciopelo del mismo color. Entré en el apartamento que, en realidad, era una habitación muy grande a la que había dejado marca con su carácter, sin sobrecargarla con decoración, muebles y cuadros. La simpleza de la decoración, por otra parte, quedaba rota por un relieve erótico, típico de los templos hindúes, que parecía un poco fuera de lugar allí.

Al entrar me ofreció su mejilla con un gesto asuene. Apenas me dirigió unas pocas palabras mientras colgaba mi abrigo en el perchero que estaba al lado de la puerta de entrada, mientras yo observaba la casa. La habitación estaba rota en un rincón por una cortina que, como descubrí luego, separaba el baño del resto de la vivienda.

Ella se sentó en la cama y yo, sin saber qué hacer, me quedé de pie delante de ella, mirándola. Tras dudar un instante, me senté a su lado justo cuando ella se levantaba y se disculpaba por no tener nada de beber que ofrecerme. Con gestos poco naturales encendió un cigarrillo y, mientras yo me avergonzaba por no haberle llevado nada, ni siquiera una flor, ella regresó a la cama y se sentó a mi lado. Yo, con un nudo en la garganta y muriéndome de la vergüenza, le confesé mi desliz a Sonia, ante lo que ella sonrió levemente y apoyó la cabeza en mi hombro.

Dudando y sin saber qué hacer, le pasé el brazo alrededor de sus hombros y le apreté un poco contra mí, cruzando mentalmente los dedos para que ella no me rechazara. Como debe ser ya obvio, yo no tenía muy claro qué hacía allí ni estaba muy seguro de cuál era mi propósito en aquel lugar.

Cada vez más extrañado por su comportamiento, tan diferente de su habitual seguridad en sí misma, susurré su nombre, que obró como un sortilegio, pues el color pareció volver a sus mejillas y sus ojos brillaron con una luz nueva cuando levantó la mirada y la clavó en mis pupilas asombradas. Soltó el cigarrillo, que no tengo ni idea de dónde fue a parar, y acerco sus labios a los míos. La basé con toda mi alma y, por la fuerza de mi “asalto”, los dos caímos sobre la cama, donde comencé a intentar tocarla, a pesar del grosor del jersey, que, por cierto, me parecía tremendamente áspero y desagradable. Era como intentar acariciar una pelota de cáñamo.

Ella notó mi problema y se puso a reír. Se incorporó quitándose el jersey al precio de dejar su melena muy alborotada, y fue entonces mi turno de ponerme a reír. Bajo la blusa, su pecho subía y bajaba, y pude observar que no llevaba nada debajo, como de costumbre. Cuando ella alzó sus brazos para atusarse el pelo, yo palpé sus pechos por encima de la blusa.

Sabía que pronto los vería desnudos, pero no podía esperar a empezar a tocarlos. Tiempo tendría para comprobar su tamaño exacto, su color, su calor y su peso, pero en ese momento necesitaba tocarla. Así que comencé a desabrochar los botones con su ayuda, mientras intentaba disimular mi excitación. A partir de Sonia, para mí siempre es un momento único cuando una mujer me muestra sus senos. Pero en ese momento la pregunta que yo insistentemente me hacia era ¿podría mirarla a los ojos con sus tetas en mis manos?

Cuando al final estuvimos los dos desnudos, de pie, el uno frente al otro, descalzos sobre el suelo, temblando un poco a pesar de la estufa, mis ojos no se separaban de su pechos salvo para mirar su pubis, increíblemente negro. Hubiera querido mirarla durante toda la eternidad, pero ella me tomó del sexo, enhiesto, y me llevó a la cama con una naturalidad perfecta, carente de toda vulgaridad mientras mi corazón latía con gran violencia en mi pecho…

Pienso

22 enero, 2019

Pienso en tu sexo,
luego, existo,
cuando toco tu botón
de carne.

Toco tu botón,
y suena el timbre
del fruto maduro
que es tu goce.

Y en las aguas
bravías de tus orgasmos
navega mi bajel
con su único mástil enhiesto.

Ilusión (5)

19 enero, 2019

Algunas noches después, volvimos a tener una velada prolongada en la que los tres bebimos más de la cuenta, en especial mi hermano, que se emborrachó de tal manera que tuvimos que llevarle entre los dos a la habitación. Una vez allí se negó a que lo metiéramos en la cama y nos hizo salir. En al puerta me cogió del brazo y haciendo un gran esfuerzo para articular lo que me quería decir, me pidió:

-Acompaña a Sonia a su casa, por favor.

Así lo hice. Enfundados en nuestros abrigos salimos a las gélidas calles bajo un manto de estrellas. Aferrada a mi brazo, Sonia no abría la boca y yo, por mi parte, no acertaba a encontrar nada que decir que mereciera la pena. Yo estaba alegre y aterrorizado, pues por fin me había quedado a solas con ella, y ese mero hecho me hacía sentirme a la merced de su voluntad y me llena de pavor, de manera que el más mínimo gesto de ella, incluso cuando exhalaba su aliento en un suspiro, me ponía en alerta.

Quiso encender un cigarrillo, de manera que nos paramos cara a cara para que yo le hiciera de parapeto contra el viento. Una vez encendido el pitillo, me miró con su rostro bañado por la tenue luz de la llama, que confería a sus ojos un brillo especial. A decir, no estoy seguro de esto, ni siquiera si cuando exhalaba el humo sonreía. Pero lo cierto es que me lo parecía. Así que, apenas se hubo quitado el cigarrillo de los labios, la fiebre se apoderó de mí y la besé.

Mi lengua buscaba la suya mientras mi brazo izquierdo rodeaba su cintura y la acercaba a mí y mi mano derecha se peleaba con los botones de su abrigo y partía, febril, al encuentro de sus senos. Y, pese a todo, los dos estábamos increíblemente tranquilos mientras el beso se prolongaba en lo que parecía una eternidad y yo acariciaba suavemente ora un pecho, ora el otro.

Volvimos a abrocharnos los abrigos. Yo temblaba, y no era precisamente por el frío. De hecho, el gélido viento sólo servía para incrementar el estremecimiento que la boca de Sonia me había provocado. Me sentía emocionado y borracho de alegría a la vez, de manera que no dije gran cosa durante el resto del trayecto. En el edificio en el que ella vivía no había portero, aunque a esas horas seguramente ya se hubiera ido a casa de haber habido uno. Así que cuando nos sentamos en los primeros peldaños de las escaleras, volví a besarla y a tocar sus senos, esta vez con tal energía, frenesí y urgencia que ella comenzó a suspira de tal manera que temí, lo juro, que despertara a los vecinos de la escalera. Pero lo cierto es que esa posibilidad no me importaba demasiado.

Mi mano se deslizó debajo de su falda y, tras acariciar sus medias y luego su carne suave, rocé con la punta de los dedos el fino nailon de la braguita y deslicé un dedo en su sexo, que ya se había humedecido. Sus suspiros se convirtieron en jadeos cuando ella puso su mano sobre mi bragueta, ya fuera para corresponder a mis caricias o por otro motivo. Apenas su mano rozó la tela, me corrí.

Aquella noche, en mi cama, me harté de dar vueltas, insomne.

Uno de los mejores poemas sexuales de la historia.

15 enero, 2019

Lucía Martínez,
Federico García Lorca

Lucía Martínez.
Umbría de seda roja.

Tus muslos, como la tarde,
van de la luz a la sombra.
Los azabaches recónditos
oscurecen tus magnolias.

Aquí estoy, Lucía Martínez.
Vengo a consumir tu boca
y a arrastrarte del cabello
en madrugada de conchas.

Porque quiero y porque puedo.
Umbría de seda roja.

Ilusión (4)

11 enero, 2019

Una noche, Sonia estaba de un humor especialmente perverso y me acusó, delante de mi hermano, de haberla estrechado muy fuerte al bailar. Aquello me molestó mucho, y me fui, dejándolos solos, muy enfadado. Era algo que hacia de vez en cuando, porque casi nunca encontraba respuesta para los sarcasmos de ella. Sin embargo, esa noche Sonia me siguió para continuar lanzándome sus dardos mientras mi hermano se quedaba en el salón rebuscando en el mueble bar.

Sonia suavizó un poco el nivel de sus bromas y, al cabo de un rato, jugando, me puso una cereza entre los labios. En su mirada había algo diferente y me atreví a actuar de una manera que aún me resulta sorprendente. Puse mi mano derecha sobre su pecho izquierdo y lo apreté suavemente, con una seguridad aparente mayor de la que sentía. La oscuridad del rincón el que estábamos y que ella le diera la espalda a mi hermano aseguraba que él no se pudiera dar cuenta de nada de lo que estaba ocurriendo.

Sonia, que podía ver en mi rostro las señales de una alegría tan salvaje como inesperada y furtiva, hizo algo que no esperaba yo: sonrió. Y mi mano, que con tantas dudas puse en su pecho, se retiró suavemente mientras ella se alejaba para encender un cigarrillo.

Aquella noche Sonia bailó muy pegada a mi hermano, como si lo hiciera para castigarme por mi audacia. Así que me sumergí en el alcohol mientras la velada se prolongaba hasta mucho más tarde de los demás, y al final los tres habíamos bebido bastante. Se acabó el hielo, y fue a buscar más a la cocina, pero por mi estado de embriaguez, que empeoró mi torpeza habitual, hice bastante ruido cuando la bandeja se me cayó de las manos y los cubitos rodaron por el suelo.

-¡El pequeño lo está rompiendo todo!

Su voz, surgida de repente a mis espaldas, me sobresaltó. Me giré y allí estaba, mirándome con expresión maliciosa. Sin pensarlo, me lancé a por sus labios como el que intenta huir por la puerta. Su boca se fundió bajo la mía y la encontré dulce, crédula y sabrosa.

A partir de aquella noche, algo cambió irremisiblemente entre los dos. Nada hubo en sus palabras que me detuviera o hiciera pedir disculpas por mi acción. Pero ni en sus actos ni en su voz descubrí en los días siguiente rastro alguno de que recordara aquel beso. Pero por si acaso, opté por no subestimar sus pensamientos al respecto.

Ilusión (3)

30 diciembre, 2018

Casi desde el principio, Sonia comenzó a tratarme con una mezcla de ternura protectora y de ironía seductora. Y como era imposible predecir que iba a hacer a continuación, era algo complicado saber como tratarla, pues a veces era la hermana mayor que te aconseja y otras la desconocida con la que se intenta coquetear en una fiesta. Que yo apenas tuviera experiencia alguna con las mujeres fue algo que no me hizo falta confesar. De alguna manera, ella lo sabía.

Que yo fuera el hermano mayor me hizo objeto de su ternura. Y como mi hermano era el preferido de mis padres por su edad y su brillante currículum intelectual, esos gestos que ella me dedicaban eran ignorados con alivio por mis padres y mi hermano, que, de esta manera, se aligeraban de sentirse culpables por, en cierto modo, descuidarme por esa citada preferencia.

Que no es que yo fuera ni un mal estudiante ni un resentido, en absoluto, pero lo cierto es que a mis diecisiete años mi experiencia amorosa era escasa, más que nada por una cierta indolencia y no poca timidez. En fin, que yo era así. Precisamente Sonia fue la que se dio cuenta de mi tendencia a la introversión.

Durante nuestras cenas familiares, cuando mis padres se acostaban, avanzada la noche, y sólo quedaba por luz en la habitación el fuego que ardía en la chimenea, Sonia bailaba conmigo, y yo sentía un temblor delicioso al tener su maravilloso cuerpo entre mis brazos. Sentía el calor de su vientre, la finura de su cintura, el roce de sus muslos, la caricia de su mejilla contra la mía, el olor de su larga cabellera oscura que le llegaba hasta los hombros y me era difícil disimular mi excitación cuando su pecho, al apretarse contra mí iba poniéndose más y más firme. No faltaron las ocasiones en las que la ebriedad del champán u otro alcohol (o cuando ella sentía con toda su intensidad la urgencia del deseo de hacer el amor con mi hermano), la turgencia de sus senos resultaba devastadoramente turbadora para mi calenturienta mente.

El deseo que ella generaba en tales ocasiones me encendía y desesperaba a partes iguales. Era la revelación del misterio carnal de la mujer, pues yo había sido educado en el modelo antiguo en el que las mujeres no experimentaban deseo, sino que era su objeto, un objeto inerte y carente de autonomía erótica. Vamos, que para los de mi época la mujer era poco más que una bella estatua de mármol. Sonia me estaba enseñando que la mujer también desea, que su carne tiembla tanto como la del hombre, y que podía abrasar más aún que la nuestra.

Así me iba educando ella, de manera silenciosa, inadvertida y confidencialmente. Así fui descubriendo en nuestros bailes, cuando sus senos se apretaban contra mi pecho y su pubis rozaba mi pene erecto, sus silenciosas confesiones y su personalidad erótica, que aprendí también a respetar.

Era obvio que ella había despertado un gran deseo en mí, que era una tentación tremenda que mi conciencia culpable no se explicaba y que terminaba, inevitablemente, derramada sobre mis sábanas tras las descargas que mi miembro lanzaba en honor de Sonia. Y ella lo sabía, no cabía duda de ello, por las miradas que me dirigía. Y no me quedó duda cuando una vez, durante una de nuestras conversaciones, me espetó que el placer solitario masculino le parecía imperdonable cuando lo motivara el egoísmo, la pereza y el orgullo. Aún me pregunto cómo logré no ruborizarme. Para ella, a menos que se tratara de un inválido o un prisionero, ese onanismo no era otra cosa que la huida ante el amor no correspondido. El amor no había que dárselo sólo a uno mismo, sino que también había que compartirlo.

Yo pasaba las horas angustiado, temiendo el momento en que mi hermano pudiera abordarme para espetarme sus sospechas o que alguna noche no pudiera apretar a Sonia entre mis brazos porque él la acaparara por completo o porque no acudieran a nuestra cita. El esfuerzo que yo realizaba para no traicionarme resultaba agotar a veces. Así que mi paraíso era, a la vez, también mi infierno.

Microcuento

14 octubre, 2018

-Aquí te llevaré -dijo el guapo, señalando en el mapa.
-¿Por dondeeeee? -dijo la rubia, asombrada.
-Por todas partes -la silenció.

Microrgasmos (4)

18 agosto, 2018

Llevaba tan metida la raja de los shorts y le iban éstos que al agacharse a recoger los excrementos (la caca, por ser de la jet-set) de su caniche, el roce le provocó un orgasmo de tales dimensiones que empapó a la perra.


Marisol escribe

Ven a leerme.

Las Gafas Moradas

Espacio feminista para todes

NO HAY UNA RUBIA BUENA

Cosas que deberían importar, o no?

TEJIENDO LAS PALABRAS

CON LOS HILOS INVISIBLES DEL ALMA

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