Archive for the ‘historia’ Category

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (10)

17 diciembre, 2017

Cuando Pierre Mac Orlan penetró en el Barrio Chino sufrió una decepción. Era el mismo día en el que se inauguraba la Exhibición Universal y lo encontró desierto. Al respecto escribió posteriormente “la policía había vaciado literalmente el barrio como precaución, y el motivo no era otro que la gran cantidad de personalidades extranjeras reunidas en ese momento en la ciudad”.

En su novela más famosa, La bandera (1931), evocad un Barrio Chino rebosante de una pobreza espantosa, guarida y lugar de fiesta para extranjeros, que sólo se animaba al llegar a puerto un crucero y podían las prostitutas ganar algún dinero. Describió a La Criolla como un salón de baile de aire portuario, donde las peleas y trifulcas eran algo frecuente, describiendo como, durante una de ellas, los fusileros de marina de un crucero tuvieron que acudir al local a reducir a tres marinos borrachos pertenecientes a la tripulación del navío. Como comenta en su libro Filles d’amour et ports d’Europe (1932), para Mac Orlan “el barrio chino era una imagen casi perfecta de un infierno sur-europeo”.

Pero la Exposición Universal de 1929 cambió la vida comercial de la calle Cid y su entorno. Sus tabernas de mala muerte se convirtieron de repente en parajes pintorescamente elegantes y en negocios suculentos. La Criolla, Can Sagristán y la taberna de Antonio Ayala, llamada ahora Bar Chino se beneficiaron de este cambio, como así lo hizo la prostitución. Los especuladores hicieron grandes negocios y el dinero corría a raudales. Se abrieron nuevos establecimientos, como La Taurina y Los Gabrieles. Éste último era una taberna flamenca con decoración cubista, mientras que la primera era un destartalado colmado anadaluz que se convertiría en un mito al haber actuado en ella una jovencísima Carmen Amaya. Pero el centro de la actividad giraba en torno a La Criolla, donde nunca se paraba la fiesta. Pero Can Sacristán era todavía más canalla que La Criolla. Allí acudían los homosexuales que se prostituían en la calle Cid, además de obreros, anarquistas, sindicalistas, marineros, traficantes, prostitutas, juerguistas y curiosos. Entre ellos estaba María Guerrero, la Reina del Barrio Chino.

Era el espectáculo de la miseria

La fama internacional de La Criolla lo convirtió en un punto de visita indiscutible. La Asociación de Atracción de Forasteros lo recomienda en un folletín de 1932. Lo cierto es que era un lugar de visita obligatorio para todo barcelonés de clase media o alta. Pero a su alrededor un mundo tenebroso crecía: la trata de blancas.

Barcelona se había convertido en el centro del tráfico de mujeres del Mediterráneo. Hasta los años 30, la explotación de las prostitutas había sido casi “artesanal” pero, a partir de entonces con la llegada de grupos organizados, como los “talcovianos”, apodo por el cual eran conocidos los judíos de orígen polaco, y los franceses e italianos organizaron una amplia de trata de blancas por el que se traían a Barcelona mujeres de todas partes y de la misma ciudad se “exportaban” españolas para que se prostituyeran en otros países. La policía, superada en esos años por la violencia causado por los atentados anarquistas y el pistolerismo, apenas puede hacer nada para frenar este tráfico humano

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La Criolla: esplendor del Barrio Chino (9)

15 diciembre, 2017

Con vistas a la Exhibición de 1929, La Criolla experimentó a partir de 1927 una serie de reformas, reconstruyéndose por completo el salón principal y dotando al local de un aire exótico y salvaje. La novedad más significativa fue el rótulo de neón situado en la fachada que anunciaba el nombre del establecimiento. La última obra fue la extensión de una aceras a lo largo de toda su extensión cuyo permiso se solicitó en enero de 1929.

Pronto comenzó a aparecer publicidad en la prensa que hacía referencia al “Gran Bar Dancing La Criolla”. La calle Cid, siempre mal iluminada, adquiría una luminosidad con toques irreales al caer la noche gracias a los neones de La Criolla. La gente se aficionó a visitar el Barrio Chino. La Criolla, Can Sacristán y Villa Rosa adquirieron gran fama y notoriedad. La aristocracia, la burguesía y los nuevos ricos acudieron con gran apetito a esta nueva diversión, tal y como recoge Josep Maria de Segarra en su Vida Privada. Queda constancia de la expedición que el escritor emprendiera, comenzando en la calle Arc del Teatre y llegando a la calle Cid a través de la calle Peracamps.

Domènec de Bellmunt, pseudónimo del periodista Domènec Pallerola, escribió una visión más descarnada de La Criolla, denunciando taxativamente la miseria de esta Barcelona extraoficial, denunciando la explotación de las prostitutas y las míseras condiciones de vida imperantes en la zona.

No había una sola La Criolla, como no había un solo Barrio Chino. Todo dependía del día, de la hora y de la persona que lo visitara. Si para Paco Madrid, el creador del término “Barrio Chino”, La Criolla era un dancing club fantástico dotado de una extraña armonía porque sus clientes eran “buena gente”, que convertían el local en un “lugar de apacible regocijo”, para el periodista malagueño Francisco Caravaca, “el café de La Criolla” era “madriguera de sujetos de la peor catadura” y el local estaba “chillonamente ornamentado”, lleno de humo y el griterío de centenares de gargantas enronquecidas por el alcohol.

Fue entonces cuando Pierre Marc Orlan visitó el Barrio Chino.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (8)

13 diciembre, 2017

El mercado de la cocaína de la calle Cid estuvo en pleno apogeo hasta 1926, cuando la policía empezó una cruzada contra las drogas. Al año siguiente, se abrió el primer juzgado especial para instruir todos los sumarios relativos al tráfico de estupefacientes. Lo que logró la persecución policial fue aumentar los precios al encarecer el suministro y la distribución y, ante el constante aumento de la demanda, que se adulterara con bicarbonato de sodio o ácido bórico.

Los homosexuales, que ya estaban perseguidos, lo fueron todavía más al convertirse muchos de ellos en traficantes, de manera que el nuevo código penal de 1928, además de penalizar severamente el tráfico de drogas, reintrodujo la sodomía como delito. La policía podía actuar de oficio, sin denuncia previa, como en el caso de Antonio, un vecino de la calle Cid de 62 años, que fue detenido en su domicilio particular junto a dos homosexuales, siendo los tres detenidos y juzgados por escándalo público.

Mientras, la fama de La Criolla había trascendido los límites del Raval y los barceloneses se morían de curiosidad por comprobar su leyenda y su morbo. A pesar de la violencia que presidía la calle Cid, el local estaba siempre abarrotado, y Pepe y los encargados se las apañaban para mantener el orden, aunque no siempre lo conseguían. Por estas fechas fue cuando se empezó a planear el derribo del cuartel de Atarazanas y de la reforma del barrio que recibía su nombre.

La Exhibición Universal de 1929 convirtió al Barrio Chino, sin chinos, de Barcelona en una “zona prohibida”, que encerraba todos los peligros, podedumbres y vicios de una ciudad moderna y lanzó a la fama a La Criolla. Reformado en 1928, justo a tiempo para la Exhibición, el local se iba a convertir en el símbolo de la noche barcelonesa, moderna y transgresora. Su tremendo éxito alcanzó al resto de la calle Cid, de manera que el bar situado en el número 14 se convirtió en el Bar Chino, con un salón de baile. Casa Sacristán, en el 7, fue reformada y decorada con estatuas y símbolos chinos. Se abrieron nuevos locales, como La Taurina, en el 12bis, un café cantante flamenco; o el bar de Magdalena Comas, en el 6.

Pero nada alteró su aspecto barriobajero, de zoco marroquí, sucio y maloliente.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (7)

11 diciembre, 2017

La Criolla se convirtió en un local emblemático del Barrio Chino, lo que no era nada fácil en aquella barriada tan complicada. Era un lugar en el que la gente se volvía violenta con una copa de más. Para eso contrataron a José Marquez Soria, nacido en Almería, de 45 años de edad, que se convirtió en el encargado del local. Con sus palabras, sus puños y un palo que guardaba detrás de la barra se ocupó de mantener la paz. Veterano de estas lides, no tardó en hacerse un nombre y de ganarse el respeto de la concurrencia.

La prostitución siguió marcando el curso de la vida en la calle Cid. Las peleas entre los chulos, entre estos y sus pupilas y entre ellas mismas se volvieron moneda común. Gui Befesse, periodista y topógrafo de la mala vida, definió el mundillo de esta calle así: “En la calle Cid, centro de la crápula con prostíbulos de cariátides jalbegadas y floripondiadas en los quicios, refugio de ese submundo de mecheras, rateros, carteristas, espadistas y demás fauna del delito, del vicio y del infortunio (…) se halla instalada La Criolla, salón de baile en el que hay hombres afeminados con las caras pintadas y las manos pulidas como si fuesen damiselas. (…). La Criolla es el puente que une a la gente de abajo con la de arriba. Nosotros creíamos encontrar un antro lleno de gente del hampa e invertidos; pero hemos visto, además, a un público selecto y a ese sector de la sociedad que se denomina gente honrada”. El relato sigue y alcanza la sima del desenfreno cuando Befesse dice ser testigo de cómo un matrimonio de un palco, tras hacerse falsamente ambos los ofendidos, terminan por entrar en el reservado con un grupo de homosexuales que les ofrecían un rato de entretenimiento.

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Flor de otoño, transformista y anarquista

Otro mito fue María de la Paz Guerrero Molina, la llamada La Reina del Raval. Hija de una familia de militares de Palma de Mallorca, políglota, pianista, educada en la cristiandad, María prefería prostituirse en la calle Cid a saber por qué ignotas razones. De ella hablé un poco hace un tiempo

Barcos fantasmas: el Lady Lovibond

10 diciembre, 2017

Se dice que la goleta de tres palos Lady Lovibond embarrancó en los arenales Goodwin, cerca de la cosa de Kent, en el sudeste de Inglaterra, el 13 de febrero y que reaparece cada cincuenta años.

Pero, para empezar, no hay registro contemporáneo a los hechos que registre tal evento.

La leyenda dice que el barco estaba navegando el 13 de febrero porque su capitán (según la fuente el nombre varía de Simon Reed a Simon Peel) se acababa de casar y estaba celebran tal feliz evento con un crucero. Según las fuentes, el barco puso proa a Oporto, Portugal. Pese a la superstición eterna de los marineros de que tener una mujer a bordo da mala suerte, el capitán decidió desafiar al destino llevando a su esposa Annetta con él.

Según la leyenda, el primer oficial, John Rivers, había sido también pretendiente de la novia y no llevaba bien lo sucedido. Así que, mientras los recién casados celebraban su boda en su camarote, Rivers golpeó al tiomonel y se hizo con el control del barco, estrellándolo contra los traicioneros arenas Goodwin, muriendo todos los que iban a bordo del desafortunado bajel.

El primer avistamiento del Lady Lovibond tuvo lugar el 13 de febrero de 1798, siendo observado por dos barcos, el Edenbridge, capitaneado por James Westlake, y un pesquero. Su aparición en 1848 hizo que los marinos locales se creyeran que de verdad habían ocurrido un desastre y lanzaron sus botes para rescatar a los supervivientes. El capitán Bull Prestwick afirmó haberlo visto en 1948, afirmando que parecía un buque de verdad pero con un extraño brillo verdoso. En 1998 no hubo avistamiento.

Lo cierto es que los arenales de Goodwin son una zona fértil para los buques fantasmas, pues, aparte del Lady Lovibond y de ser la localización de la legendaria isla de Lomea, otros dos barcos se hundieron en la zona, el buque de pasajeros SS Montrose, y un navío de guerra identificado como el Shrewsbury.

Dos investigadores, George Behe y Michael Goss, concluyeron que no hay fuentes primarias que mencionen al Lady Lovibond antes de que apareciera en un articulo de 1924 en el Daily Chronicle. En mi opinión, y dada la similitud de la historia con alguna otra y que, al día siguiente, fuera San Valentín, no me sorprendería que toda esta historia fuera el producto de la mente de un periodista de gran imaginación.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (6)

8 diciembre, 2017

La calle Cid se convirtió en el principal punto de venta y distribución de cocaína de toda Barcelona. La policía apenas podía hacer nada contra esto porque los depósitos donde se almacenaba la droga porque los traficantes usaban los escondites más inverosímiles.

La cocaína entraba a través del puerto. Al principio provenía de “perdidas” o “desvíos” de pequeñas partes de cargamentos destinados para uso médico o farmacéutico, pero no tardó en comenzar a ser importada directamente. Los tripulantes de los barcos la vendían a 1,50 o 2 pesetas el gramo a los intermediarios, que luego la revendían a 5 o 6 a los vendedores callejeros, que se la proporcionaban a los clientes por 12,50 el gramo.

Paralelamente a este proceso se dio el aumento de homosexuales en la prostitución de la zona, lo que daba a la calle Cid un mayor aire transgresor y prohibido. La mayoría de estos prostitutos tenían entre 16 y 20pocos años. Aunque imitaban el comportamiento de sus competidoras femeninas, no se vestían como mujeres. Su punto de reunión era Casa Sacristán, exhibiéndose en la acera que llevaba hasta la calle Migdia. Los precios variaban dependiendo del cliente y del servicio, que incluía menage a trois y los llamados “cuadros en vivo”, es decir, escenas pornográficas.

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Portal de Santa Madrona

A principios de los años 20 encontramos cuatro burdeles en la calle Portal de Santa Madrona, en los números 18 y 22 (conocidos como El Manquet), 24 y 26. Todos ellos estaban situados en casas de planta baja y un piso o dos. Dada la cercanía del cuartel de Atarazanas, para mantener las formas se entraba en ellos a través de un portales colindantes, donde se situaban por turnos las pupilas y las madames. Estaban abiertos las 24 horas y los precios oscilaban entre 2 y 3 pesetas.

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La entrada del 22 de Santa Madrona, Cal Manquet

El más famoso de todos era El Manquet. Su dueño era Rafael Seva Paulí, El Manquet, hombre cuya fama desbordó el barrio. Nacido en Valencia, se había trasladado de joven a Barcelona, trabajando de palanganero en el burdel por su defecto físico y se convirtió en dueño del mismo al casarse con la dueña, Josefa Piñol.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (5)

7 diciembre, 2017

La historia terminó por repetirse e igual que las industrias habían abandonado el lugar, los burdeles fueron reemplazados a partir de 1925 por tabernas, bodegones y bares. Pero la prostitución no desapareció, sino que se adaptó a la nueva situación o se refugió en las calles Mina, Perecamps o Portal de Santa Madrona.

Es ente periodo cuando comienza la historia de La Criolla, cuando Antonio Sacristán Collado, propietario junto a Valentí Gabarró Prat del inmueble del número 10 de la calle Cid, que reconvirtieron el antiguo burdel en un bar con sala de baile regentado por María Busquets.

La Criolla no fue el único bar abierto en la calle Cid durante esta etapa, pues, casi simultáneamente, Sacristán establecía en los bajos de la posa de su propiedad del número 7 de la misma calle otro que sería conocido como el Bar Nou o Can Sacristán. Fue en octubre de ese año, por cierto, cuando Paco Madrid publicó en el semanario El Escándalo su artículo titulado “Los bajos fondos de Barcelona” donde se acuñó el termino “Barrio Chino” como referencia a una zona marginal del distrito V, como entonces era conocido el Raval. Los límites del Barrio Chino imaginado por Paco Madrid quedaban delimitados por la calle Cid y las adyacentes, incluyendo un trozo de la calle Mina y otro de la calle Trentaclaus, quedando delimitada por el Paralelo y la calle Migdia. Quedaban fuera calles tradicionalmente conflictivas como Arc del Teatre, Cirés, Migdia o de L’Est.

La Criolla, según Paco Madrid, era un bar nuevo y grande situado en una calle horrible y atestada. Además de baile y bebida, el nuevo local tenía un encanto secreto para algunos clientes: era un centro de venta de cocaína, llamada mandanga en el argot del barrio, y mandanga chachi si era de muy buena calidad.

El otro protagonista del cambio, Can Sacristán, estaba en la acera de enfrente de La Criolla, y se había convertido de una vulgar taberna a un bar con la atmósfera de un salón de puerto inglés. Cosa nada extraña, la cocaína también corría por ese establecimiento.

La casa del muerto (I)

5 diciembre, 2017

Cuando se mudaron al viejo caserón, pensaron que les había tocado el premio gordo. Situada en la parte alta de Barcelona, aquella mansión parecía sacada de la historia de Blancanieves. Su peculiar torre, con ese acabado casi arabesco, les encantaba.

Juan y Graciella no eran la pareja al uso. Él, un ex-artista bohemio, rondaba los cincuenta años, tenía un poco de barriga, una larga barba negra como la noche y una falta de fe en todo que resultaba molesta para todos, empezando por él mismo. Ella, casi treinta años más joven, no era la típica adolescente que se lo creía todo. La luz que brillaba en sus ojos siempre era un punto mortecina, aunque quedaba disimulada por su constante alegría, que en ocasiones Juan encontraba agotadora.

Aquella tarde de sábado Graciella se despertó tarde y de mal humor. Juan llevaba varias horas de pie y estaba preparando el desayuno, a pesar de lo incongruente de la hora. Para dos almas como las suyas, el tiempo parecía carecer de importancia. Ella entró en la cocina de mal humor- Sólo llevaba puesto unas bragas negras y una camisa blanca que caía a plomo sobre sus perforados pechos, pequeños y blancos. Su pelo negro flotaba alrededor de la cabeza como una corona revuelta, suave y enredada.

Era la última de una sucesión de novias jovencísimas que se había encontrado en lugares de lo más variopinto, como un concierto de rock satánico, una sesión de espiritismo o, como en el caso de Graciella, en una feria en la que ella empezó a leerle la mano y terminó comiéndole la polla en la parte trasera de la tienda.

-Tus malditos ruidos -dijo ella, con cara de sueño-. Me has despertado a una hora de mierda.

-Tal vez porque era la hora de mierda de levantarse de una puta vez -le dijo él, sin mirarla-. ¿No se te había ocurrido pensar eso?

Ella se inclinó ante la nevera en busca de algo que beber. Él sonrió ampliamente ante la manera que los elásticos de las braguitas se apretaban contra sus nalgas y quedó, por unos instantes, hipnotizado. Entonces recordó porqué le gustaba liarse con muchachas, por la adoración que recibía y, sobre todo, por el sexo atlético, con sus cuerpos flexible y, algunos, tatuados, y su entusiasmo por lo diferente, lo exótico y por joder en cualquier rincón.

Juan estaba tan fascinado mirando el culo de Gabrielle y babeando a la vez que tanto esfuerzo se cobró su coste. De repente se acordó del desayuno cuando un olor acre procedente de la sartén le dijo que se le habían quemado los huevos y las salchichas.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (4)

4 diciembre, 2017

Los centros fabriles más importantes estaban desapareciendo a marchas forzadas y siendo reemplazados por viviendas y tabernas. Una de ellas fue La Mina, que abrió sus puertas en 1902 y se convirtió en uno de los lugares más infames del Raval y de los más célebres entre las gentes del hampa. En el mismo patio en el que se hallaba La Mina, el ayuntamiento de Barcelona abrió el primer albergue nocturno, destinado sólo a hombres.

El titular de La Mina era un tal Pedro Matarrodona que la anunciaba como bodega, taberna y casa de comidas. La taberna se levantó sobre lo que había sido la fábrica de jabón y bujías esteáricas de Rocamora Hermanos y, antes de los Rocamora, la casa fábrica de Antonio Cabanellas, asimismo dedicada a la fabricación de jabón desde al menos 1846.

El albergue nocturno abrió sus puertas el 30 de diciembre de 1904. Disponía de 75 camas repartidas en dos salas en cuyo centro se hallaban dos estufas para caldearlas durante el duro invierno. Para poder pasar la noche se tenían que pagar 15 céntimos y se podía reservar la misma cama para la siguiente noche por 20. El horario de acceso era de 8 a 11 de la noche y el de salida de 5 a 8 de la mañana. A pesar del personal asignado, de las normas y de la buena voluntad, el albergue se acabó convirtiendo en un foco de inseguridad y suciedad.

Por entonces, la única fábrica que seguía en pie era la de Pascuet Hermanos, situado en el número 10, hasta que fue destruida en un incendio el 7 de febrero de 1908. Sólo sobrevivió su fachada principal. El solar resultante se dedicó a la construcción de viviendas.

Todo esto conllevó que aun vecindario cada vez más numeroso en la zona de la calle Cid y alrededores que convivía con criminales, mendigos, prostitutas, militares y marineros en la zona más lumpen de la Barcelona burguesa, convirtiéndose con rapidez en un foco de marginalidad y delincuencia. En el centro de este caos Antonio Sacristán inauguraba, en 1917, la Posada de los Marineros, situada en el 7 de la calle Cid, esquina con Peracamps. No fue tarea fácil. Ante las frecuentes peleas, los clientes borrachos y/o violentos, Antonio tuvo que emplear la fuerza bruta para mantener su autoridad, y tanto él como sus empleados tuvieron que dejar las cosas muy claras muy pronto. Antonio, además de la determinación, también carecía de escrúpulos, como demuestra el hecho de que contratara a dos sicarios para que asesinaran a un tendero, Pascual Peral. Su intención era controlar la calle, y lo logró.

Aunque la prostitución había aumentado su presencia en las calles Cid, Mina, Peracamps, y Berenguer, el cambio más notable era en el Portal de Santa Madrona, donde cuatro burdeles ocuparon el lugar dejado por las cervecerías que cerraban. La antigua fábrica de los Hermanos Pascuet, la del 10 de la calle Cid, siguió el mismo camino y en sus bajos Alex Tort abrió una nueva mancebía que pronto se hizo notable por emplear a menores de edad. A finales de abril de 1921 la policía encontró en el establecimiento a tres chicas de edades comprendidas entre los 15 y los 18 años. La propiedad estaba a nombre de Valentí Gabarró.

Con el aumento de la oferta sexual y de tabernas se incrementó tanto el tránsito de público como el número de delitos, y una oleada de atracos se adueñó de la vía en los primeros años veinte. Sin duda alguna, lo que marcó el destino de la calle Cid fue el tráfico de drogas. Desde la Primera Guerra Mundial el consumo de la morfina y la cocaína se había puesto de moda entre todas las capas sociales y daba grandes beneficios a los traficantes. Las autoridades no metieron baza en el asunto hasta 1924, comenzando con las primeras redadas que, con el tiempo, se volverían clásicas.

Arios por la Gracia de Dios: el ideal visigótico (3)

2 diciembre, 2017

La posibilidad que los españoles pudieran ser arios o mantener alguna traza de su herencia visigótica fue abrazada con muchas ganas por algunos intelectuales pro-nazis en el seno de Falange y del gobierno, aunque no eran más que una minoría. Postulaban que, pese a la importancia de la influencia romana, e incluso la musulmana, el remanente del legado visigótico y sus rasgos genéticos imperaban en los españoles. De paso excluían a los judíos peninsulares de cualquier influencia y celebraban su expulsión en 1492 como una muestra de la pureza racial hispánica.

Ya a finales del siglo XIX, antropólogos como Federico Olóriz y Aguilera habían argumentado que las regiones más fuertes y exitosas, como Castilla, eran aquellas en las que predominaba la huella visigótica. Olóriz, en boga con las teorías antropológicas de la época, llegaría a estudiar la morfología de cráneos y esqueletos para afirmar que los españoles pertenecían a una reserva racial superior, llegando a demostrar algunos parecidos entre los cráneos de difuntos alemanes y españoles.

Entre los estudiosos que abrazaron con fervor en 1940 el pasado ario de los españoles figuraba Antonio Tovar, lingüista y experto en clásicos, futuro titular de la cátedra de Latín en la Universidad de Salamanca, que había estudiado en la Alemania de los años 30, de dónde le venían algunos giros germanófilos, y temprano propagandista de Franco. En su obra política más conocida, El Imperio de España, Tovar afirmaba que la grandeza imperial hispánica era fruto de la herencia romana y visigótica, ninguneando a los otros grupos raciales que podrían haber tenido influencias en la genética nacional. Todo ello, en opinión de Tovar, hacía necesaria una alianza con Alemania, pues los españoles habían nacido para mandar. Hacia el final de la guerra publicaría una gramática visigoda, con una nota prudentísima y acorde a los tiempos: “esta obra tiene un objetivo puramente académico”.

Otros escritores, como Juan Beneyto Pérez y Vicente Gay, afirmaba que los españoles no se habían mezclado genéticamente con los judíos, pues eran enteramente romanovisigóticos, con un ligerísimo deje andalusí.

Curiosamente, Ortega y Gasset opinaba en los años 20 que la debilidad española y la decadencia venía marcada, precisamente, por la influencia visigótica, pues este pueblo era el más débil de todas las tribus germánicas. Ricardo Burguete afirmaba, durante la primera guerra mundial, algo similar, con el añadido de creer que los bereberes habían fortalecido más a España que los bárbaros germánicos.

¿Y que opinaba José Antonio Primo de Rivera al respecto?

Primo de Rivera también había alentado la importancia de los visigodos, pero de una manera diferente a la Ortega o Burguete. En uno de sus últimos ensayos (1), escrito tres meses antes de su muerte, afirmaba que la minoría aria había liderado la Reconquista, y que este elemento germánico había hecho posible la creación de la España moderna.

Por desgracia para todos ellos, la importancia real de los visigodos en la Hispania post-romana había sido breve y más bien escasa, y los pocos miles de visigodos (cien mil entre siete millones de hispanos) que se asentaron en la península formaron en realidad una casta militar y terrateniente situada por encima de los hispanorromanos, que ni se molestaron en aprender la lengua de sus ocupantes. Ambos pueblos apenas se mezclaron, más allá de los negocios y gobierno. Su fe, arriana, les separó todavía más de sus súbditos. Al final, la invasión musulmana los disolvió entre los hispani.

Himmler enviaría varias expediciones arqueológicas de las SS a España en pos de mas piezas visigóticas, siendo una de ellas la patrocinada y subvencionada por Falange en Castiltierra.

Poco de germánicos tenían los españoles de 1940. Algunos de sus intelectuales y líderes políticos estuvieron dispuestos a abrazar una ideología tan infame como la nazi y traicionar a la verdadera tradición de su patria, la de la mezcla de razas. Por suerte, pocos hicieron caso a estos desvaríos.

(1) “Germánicos contra bereberes: quince siglos de historia de España”.


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