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La Guerra de Sucesión (32)

19 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -16-

El 21 de agosto Poal comenzó una maniobra para atraer el grueso de las fuerzas que protegían el anillo de asedio para introducir un millar de hombres en Barcelona. Con ello esperaba ganar tiempo para reunir más efectivo, necesarios para lanzar una verdadera ofensiva. Pero el intento fracasó al encontrarse los caminos de entrada en la capital bloqueados por el enemigo. Al no ser posible la ofensiva, ésta se suspendió para reclutar nuevos efectivos.

Para esto, debían alejarse de Barcelona, y, al hacerlo, fueron atacados por Montemar y Vallejo. Poal, interesado en no perder efectivos, esquivó el ataque. El reclutamiento fue exitoso, i Poal se dispuso a atacar Manresa, cosa que hizo a principios de septiembre, pero tuvo que retirarse cuando estaba a punto de tomarla, por la llegada de 10.000 soldados borbónicos. Por su parte, el coronel Vidal continuaba sus operaciones, esta vez por el Priorat, hasta que cayó mortalmente herido en los asaltos del castillo de Falset, el 29 de agosto. Su sucesor, Lluís de Magrinyà, continuó sus éxitos.

Para cuando se consiguieron reunir suficientes efectivos para atacar el cordón de asedio, hacia el 8 de septiembre, ya era tarde. Tras los sucesos del 11 de septiembre, los esfuerzos cesaron, por carecer de cualquier esperanza de victoria. Se calcula que, en los 14 meses de esta guerra exterior, los borbónicos sufrieron 12000 bajas.

En la ciudad seguía el bombardeo artillero incansablemente, al que replicaban los defensores con dureza, pero sin poder impedir que las brechas se ensancharan cada vez más, de manera que por el lado que Barcelona daba al Besòs, la ciudad estaba abierta. Mientras, la guerra de minas y contraminas proseguía. Los borbónicos tenían una mina formidable casi lista hacia finales de agosto, capaz de hundir el baluarte del Portal Nou y el trozo de muralla adyacente. El general Basset, jefe de ingenieros, intentó encontrar y destruir la mina, usando galerías de observación, quedando el capitán Francesc Baixeres al frente de esta tarea. El 30 de agosto localizaron la mina, y la atacaron, consiguiendo poner en fuga a los minadores borbónicos y tapar las galerías.

Cabe citar, asimismo, que los defensores tenían minas de importancia como parte de sus defensas, como la que corría bajo la brecha real, dispuesta a estallar cuando atacara el enemigo.

A las once de la mañana del 3 de septiembre, Berwick intimidó a la plaza para que se rindiera, ante la inminencia del asalto general. Reunida la Junta de Guerra y los Consellers de la Generalitat, se discutió acaloradamente que hacer, pues mientras que habían partidarios de rechazar la oferta inmediatamente, como Salvador Feliu de la Penya, otros se oponían, debido al lamentable estado de las defensas, como Casanova, conseller en cap, que recordó a los presentes que la reserva de pólvora duraría únicamente para dos o tres días de fuego normal. Por ello, y dadas las circunstancia, propuso que no se perdía nada dialogando con Berwick y dándole largas. Así fue comunicado a Berwick, mientras continuaba el fuego a lo largo de todo el frente.

Al día siguiente, desde las 4 de la tarde, se discutió que hacer al respecto, interviniendo los seis consellers -Casanova, Feliu de la Penya, Sans, Vidal, Llaurador y Ferrer-, los diputados -salvo los miembros eclesiásticos inhibidos y el Diputado Militar, que seguía bajo arresto-; el presidente y protector del Brazo Militar, Lanuza; el portavoz y gobernador del Princiapdo, Torrelles, y su lugarteniente, Antoni de Saiol i Quarteroni, y los miembros de los Braços con cargos en la Junta. En total, 30 personas. Se enfrentaron dos tesis principales: la de rechazar la oferta de negociar con el enemigo y seguir innmutablmente la resistencia, por un lado, y la de pedir un armisticio de 12 días para estudiar y negociar posibles términos, tesis más inteligente y sensata, y que podía dar un merecido descanso a la ciudad y a la guarnición, a la par que daría tiempo al marqués de Poal y sus esfuerzos, junto al esperado convoy de Mallorca. Sin embargo, el ardor se impuso sobre la reflexión, y por 26 votos a favor y 4 en contra, entre ellos Casanova, se rechazó la petición de armisticio provisional.

Comunicadas el resultado de las deliberaciones, Villaroel lamentó su resultado, por no tener en cuenta el aspecto militar de la situación. En consecuencia, dado que consideraba cualquier prolongación de la lucha como innecesaria y un sacrifico inútil y efímero, presenta la dimisión, manteniendo el mando únicamente hasta la llegada del convoy de Mallorca, que se esperaba que llegaran inmediatamente, integrado por dos fragatas, en una de las cuales embarcaría el general y su família. Casanova, que coincide en su punto de vista con Villaroel, al considerarse un mero administrador de la voluntad popular, se mantiene en su cargo.

Por otra parte, una vez se informa a Berwick del rechazo del ultimatum, se reemprende el fuego, mientras el mariscal espera a que las circunstancia metereológicas -llovía en aquellos días- permita lanzar el asalto definitivo, mientras mantiene el fuego, al que la artillería de la plaza, sin casi pólvora, apenas replica. El día 9 llega el convoy mallorquín, con su cargamento de pólvora, que alivia la situación. Para satisfacer el ardor religioso que se manifiesta, se encomienda la defensa de la ciudad a la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad. Y con el proposito de demostrar al enemigo que el ardor combativo no se ha perdido, se efectúa una salida nocturna con unos 300 hombres, sufriendo 24 bajas y causando entre 60 y 145 al enemigo. Entre el 7 y el 10 llegan nuevos refuerzos al campo de asedio: ocho batallones, con lo que elevan los efectivos de Berwick a 42.000 hombres.

Entre las 11 y las 12 del mediodía del día 10 se efectúa el cambio de guardia en la plaza, entrando al mando de día el general Josep Bellver. Llovía intensamente en esos momentos. Bellver repasó las posiciones, y, observando las del enemigo, llegó a la conclusión de que aquella misma noche o a la mañana siguiente llegaría el asalto enemigo. Y así era. Berwick lo tenía todo listo, con la gran masa de tropa lista para el asalto y los almacenes llenos para cualquier contingencia.

Sólo había que esperar a la hora decisiva.

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La Guerra de Sucesión (31)

18 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -15-

Tras la terrible mortandad de los asaltos y perder 2600 soldados en tres días -en total 4800 desde la apertura de la brecha-, Berwick se replanteó la táctica a seguir. Como escribe a Luis XIV, reconoce que los defensores se defienden desesperadamente, y que hay que proseguir con cuidado para reducir bajas. Pero tenía que enfrentarse a un grave problema: la exasperación de sus oficiales, encendidos por los fracasos sufridos y que querían quitarse la espina. Sin embargo, Berwick sabía que otro fracaso podría transformar esta rabia en una profunda depresión. Por ello decide activar el fuego artillero con nuevas baterías, praticar nuevas voladuras de minas y abrir mayores brechas que permita que las tropas asaltantes entren en formación de batalla. Y cabe decir que lo logró eficazmente.

La lucha recupera, pues, las características anteriores. Las obras de trinchera se reducen a multiplicar y perfeccionar los caminos de salida, instalar nuevas baterías, reforzar las existentes e insistir en los trabajos de mina, mientras el fuego artillero cobra mayor importancia y un gran vigor, y va destrozando las murallas, donde las brechas crecen y se agigantan. La plaza no cede, y sus cañones replican arrasando las baterías enemigas recién emplazadas, guiado su fuego por Francesc Costa, apoyado por Francesc Rovira, a la par que desatan un fuego devastador sobre las trincheras enemigas, sobre las que estallan sus granadas en altura, como reconoce el vizconde de Puerto, técnica dificilísima y considerada, en la época, reservada a auténticos especialistas.

Pese a todo, la sangría continúa y con ella la agonía de la ciudad. La guarnición sufre bajas que ya no puede recuperar, lo que obliga a llamar a filas a niños de 14 años y a viejos, mientras las bombas continúan arruinando la ciudad, y ascienden las muertes por inanición. Enfermedades como la disenteria y la anemia arrasan y la cifra de muertes no causadas por el fuego enemigo alcanza cuotas aterradoras. Incluso entonces, pese al bloque naval, no faltan patrones de las Baleares que se arriesgan a llevar a puerto provisiones, esfuerzo que se mantendrá hasta el final, pese a que las pocas provisiones no resulten suficientes.

En el exterior, continuaba la lucha para intentar socorrer a Barcelona. Si la situación de la capital no hubiera sido tan grave, este aspecto de la lucha podría haber alterado el curso de la guerra, pues los felipistas comenzaban a perder el control del país. El general Moragues se había puesto en camino desde Sort para reunirse con el marqués de Poal, a quien también se le iba a unir Ermengol Anill. En esta ultima fase de la guerra Amill parecía enloquecido por la represión que había presenciado, que incluía algunas ejecuciones de prisioneros catalanes. y había comenzado a perder los estribos. Cerca de Esparraguera destrozó a un escuadrón de caballería, perteneciente a las fuerzas de Montemar. Quizás teniendo en cuenta los excesos de éste en el Lluçanès, ejecutó a los 44 prisioneros que hizo, colgando luego al colaboracionista Roig. Entonces marchó hacia el Lluçanès, a donde llegaban ya las fuerzas de Moragues.

Bracamonte estaba en aquella comarca, con un fuerte destacamento de 3000 hombres, protegiendo un gran convoy camino de Vic a Berga. Pese al tamaño de sus fuerzas, cayó en una emboscada que preparó el marqués de Poal, sufriendo un considerable castigo. Apenas escapado de Poal, cayó en otra trampa, esta vez de Moragues, que dejó al destacamento borbónico fuera de combate. Apenas Bracamonte consiguió reunir sus efectivos -habiendo sufrido un millar de bajas- comenzó a ser hostigado por Amill.

Dejando a Moragues para que vigilara a Bracamonte, que comenzó a recibir refuerzos, Poal y Amill comenzaron a avanzar en socorro de Barcelona. Mientras, rebrotaban las sublevaciones, como en el Alto Urgell, donde Tuixén se convirtió en el centro de la rebelión. Camino de Barcelona, el marqués y Amill encontraron el camino bloqueado por 2000 soldados de infantería y 1500 de caballería, pertenecientes a destacamentos de Montemar, Vallejo y González, decididos a cerrarles el paso. Poal y Amill reunían bastantes efectivos, que incluía una cierta cantidad de tropa montada, del regimiento de Sant Jaume y de la caballería irregular de Amill -partidas de Busquests, Brichfeus, Torres, Segarra i Massagur-. Sin estar, por una vez, en demasiada inferioridad numerica, Poal se decidió por el ataque.

La victoria fue considerable, y sólo la falta de munición impidió al marqués conseguir un éxito mayor. A cambio de 40 bajas, Poal derrotó al enemigo y le persiguió hasta Sabadell, sufriendo los felipistas 650 bajas. Reagrupados en Olesa, Poal y Amill se prepararon para avanzar, pero para entonces el marques de Thoy había formado una línea defensiva entre Rubí y Martorell, i fue a entrevistarse con Berwick. Éste, que se había convencido del fracaso del sistema de columnas volantes a las que Poal no tenía problemas para derrotar por separado, ordenó a sus fuerzas mantenerse a la defensiva, intentando mantener a Poal alejado de Barcelona por el poco tiempo que necesitaba para tomar la capital.

La Guerra de Sucesión Española (30)

18 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -14-

El asalto del baluarte de Santa Clara -2ª parte-

Con el amanecer, Villaroel y Bellver, que continuaban de servicio continuo, visitaron el baluarte, examinando las posiciones enemigas y mejorando las propias, reemplazando las tropas agotadas por más frescas. Tomaron posiciones, a las órdenes de Joan Llinàs, segundo coronel del regimiento de Sant Narcís 300 hombres de las compañías de Notarios Públicos Reales (capitán Carlos Oliver i Bataller), la de Zapateros (Josep de Bòria i Gualba) y lo que quedaba de la de Estudiantes de Leyes.

Llinàs cayó herido al poco rato de su llegada, siendo reemplazado por el teniente coronel Pau Tomeu. Hacia las ocho de la mañana decayó un poco el fuego, aprovechando los catalanes para preparar su contraataque, colocando cañones cargados con metralla en puntos estratégicos, mientras 23 fusileros escogidos se instalaban en la torre de Sant Joan, hasta ahora desocupada y que dominaba la parte del baluarte ocupada por los asaltantes.

A las once fue relevada la fuerza borbónica, que estaba tan agotada como los defensores. Esta nueva fuerza estaba al mando del teniente general Caylus, el mariscal de campo Luque y los brigadieres Castro y Balincourt. Estaba integrada por cinco batallones de Guardias Españoles y Valones, dos de Guerchy y tres de Normandie, junto a seis compañías adicionales de granaderos, 300 jinetes y 2000 zapadores. En total, unos 8000 hombres.

Con la luz del día mejoró la puntería, mientras los catalanes mantenían sin hacer fuego con los cañones cargados de metralla, los fusileros de San Juan y una hilera de tiradores desplegados desde la cortina de Ribera. El asalto fue preparado cuidadosamente. Una fuerza de 150 hombres al mando de Tomeu atacarían por el extremo derecho, la dirección más peligrosa, por hallarse entre dos fuegos. Por el centro avanzarían 200 fusileros y campesinos -payeses- de San Martín, mandados por el valenciano Josep Ortiz. Desde el portal de Sant Daniel atacarían 250 hombres de la Coronela liderados por el capitán Josep Bòria i Gualba. Por el valle atacarían 500 fusileros y gente de la Coronela, con una reserva de 300 más.

A las 12 comenzó el asalto, con los cañones descargando su metralla sobre las líneas enemigas, con efectos devastadores, en especial los 2 disparados desde Santa Clara y los 2 de la cortina de Ribera, que pillaron de flanco a los soldados felipistas. Desde la cortina abrieron fuego los tiradores, con terribles efectos, haciendo lo mismo los tiradores de la torre de Sant Joan. Segundos después comenzaba el asalto.

El contraataque fue un gran éxito. Tomeu barrió a las castigadas defensas que se le oponían, y avanzó presionando en medio de un terrible cuerpo a cuerpo. Bòria asalta las otras dos barricadas y la caseta, pese a un fuego terrible de la parte menos castigada de los efectivos borbónicos. La lucha fue encarnizada, feroz, y distrajo a éstos del ataque de Ortiz. El bravo valenciano consiguió tomar sus objetivos, es decir, la brecha por donde llegaban refuerzos. Los borbónicos, diezmados, empezaron a replegarse como podían, mientras el ataque por el valle barría y ponía en fuga a las tropas enemigas allí desplegadas.

El valle ahora era un conjunto de barricadas construídas por los zapadores franceses y de pilas de cadáveres. Pese a dominar los catalanes las caras del baluarte, algunas compañias borbónicas llegaron al valle por los túneles de bajada, que, sin llegar al baluarte, intentaron rehacer en parte el destruido reducto que habian creado los zapadores, para usarlo como punto de partida para un nuevo asalto. Esto era muy peligroso, pues si lo lograban y llegaba la noche con otra vez el valle invadido por los felipistas, un nuevo asalto sería sencillo. Por ello, se tuvo que atacar de nuevo la posición. El regimiento de Desamparats se lanzó con su coronel a la cabeza, pillando por sorpresa al enemigo, que no advirtieron el avance enemigo hasta que los valencianos cagaron desde una distancia de unos cien metros.

La lucha cuerpo a cuerpo por el baluarte fue durísimo, con tremendos combates y asaltos a la bayoneta calada, que acabó con la retirada de los borbónicos, llevando la persecución de éstos a que se combatiera en los túneles y en algunas trincheras. Antes de retirarse, los valencianos quemaron el reducto.

La batalla del baluarte de Santa Clara duró más de 16 horas de lucha feroz, rabiosa, que dejó a ambos combatientes con una impresión de horror profundo, especialmente en los derrotados. En un espacio de dimensiones reducidas se había producido una carnicería que superaba a las famosas batallas de Brihuega y Almenara. Se calcula que unos 800 defensores murieron y unos 900 fueron heridos, lo que dejaba a la guarnición en un estado desesperado. Por parte borbónica, las bajas se elevaron a 530 muertos y 1.040 heridos.

La Guerra de Sucesión Española (29)

17 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -13-

El asalto del baluarte de Santa Clara -1ª parte-

El ataque comenzó a las 10 de la noche del dia 13, con el brigadier Sauneboeuf mandando la vanguardia del ataque borbónico, con doce compañías de granaderos -1500 hombres-, más 80 soldados provistos de largas picas que les precedían. La primera descarga de los defensores segó cruelmente las filas de los piqueros, pero el avance mantuvo su empuje, aunque sin forzar la cumbre del baluarte, sufriendo muchas bajas los atacantes en los combates y repitiñendose los asaltos. Exasperados por la resistencia encarnizada, los brigadieres Carbon y Torrecusa, que estaban en las trincheras, se lanzaron al ataque, con 200 piqueros y 14 compañías de granaderos. La misma presión humana llevó a los asaltantes a la primera barricada defensora, que cedió en algunos puntos.

Para entonces habían llegado refuerzos para los defensores -30 soldados y 40 fusileros, y se estaban intentado consolidar los puntos amenazados. Cerca de una hora y media de combate al arma blanca permitieron a los asaltantes tomar la parte frontal del baluarte, en cuya lucha calló el capitán Masdeu, uno de los resistentes más destacados. Los borbónicos tenían, pues, el control de las dos primeras barricadas, y las usaron para protegerse del fuego catalán. Entonces los jefes borbónicos, demostrando en la acción un coraje personal muy elogiable, continuaron el ataque sin dar tiempo a los defensores para reponerse, encontrando, sin embargo, una obstinada resistencia. Hicieron falta tres asaltos para establecer nuevos progresos, intentado penetrar en el pasadizo que llevaba al Portal de San Daniel, pero fracasaron por la resistencia de la primera barricada que cubría este camino. Mientras tanto, los zapadores borbónicos reforzaban las barricadas de la brecha y las alargaban, avanzando también para formar barricadas en el flanco derecho.

En estos momentos, informado Villaroel del ataque, envió al general Bellver con refuerzos: tres compañías (una del regimiento del Roser, otra del de la Concepció y los granaderos de Santa Eulalia), aumentadas hasta 150 hombres, que contraatacaron rápidamente, avanzado el ala izquierda catalana hasta las barricadas enemigas, en medio de una violentísima lucha, para ser rechazada. En el lado izquierdo, Francesc de Vedruns, uno de los héroes de la vigilia anterior, lideró una carga delirante contra fuerzas muy superiores, a las que rechazó del extremo de la trinchera, atacando a continuación la cara derecha del baluarte, con el propósito de cortar a los felipistas que estaban en el flanco. Los combates a la bayoneta adquirieron tintes dramáticos, de naturaleza rabiosísima, con Vedruns abriéndose paso. Finalmente, el flujo de refuerzos borbónicos detuvo su avance, herido el mismo Vedruns y con graves perdidas en ambos bandos.

Hacia la una llegaron refuerzos a Santa Clara: 300 hombres al mando del teniente coronel Ferran Comes, del regimiento de la Concepción. Comes decidió esperar al alba para lanzar nuevos contraataques, mientras mantenían al enemigo a raya. Los borbónicos no podían meter más tropas en la zona que dominaba, y los refuerzos habían dejado, por tanto, de entrar. Pero sus barricadas eran lo suficientemente fuertes para rechazar un ataque nocturno. Sólo con la luz del día, que permitiría coordinar la preparación de fuego, era posible el ataque. Mientras se preparaba el ataque, los defensores instalaron una batería de morteros, que desafiaban el bombardeo incesante borbónico sobre el emplazamiento, que costó la vida a algunos de los mejores artilleros de la plaza (Francesc Antoni Fàbia, Bartomeu Febrés y Bartomeu Nicolau Furí).

Los cuidadosos planes de Comes fueron frustrados por la impaciencia de algunos de los oficiales agregados a su unidad, y, fingiendo haber recibido una orden directa de Villaroel, asaltaron las posiciones del enemigo, en una lucha violentisima. Comes, que no quiso abandonarlos a su suerte, se les unió con algunos soldados más, pero fueron rechazados de las barricadas, aunque se hicieron con el control de una caseta, que los borbónicos se apresuraron a querer recuperar. Después de media hora de encarnizados combates, el contraataque borbónico fue rechazado, dejando gravísimas perdidas en ambos bandos. Un ataque catalán simultáneo contra el valle también fracasó. Villaroel y Bellver entonces decidieron lanzar un nuevo contraataque, que reprodujo la ferocidad de los anteriores, regresando los combates al arma blanca, y que fracasó de manera sangrienta. Finalizaba así el ultimo intento de recuperar el terreno perdido en aquella noche de sangre, y los defensores comenzaron a reforzar sus posiciones.

Entonces, una explosión sacudió la parte baja del baluarte controlada por los defensores, debido a un accidente, resultando muertos o malheridos 70 catalanes. La explosión también afectó, en menor medida, a las tropas borbónicas. Dicha explosión causó un considerable pánico, pues unos y otros creyeron que sus rivales hacían explotar minas, y soldados de uno y otro bando huyeron, restableciéndose la calma con no poco esfuerzo.

Entonces llegaron las primeras luces del nuevo día.

La Guerra de Sucesión Española (28)

16 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -12-

Berwick, tras el fracaso sangriento del doble asalto, quedó impresionado por el revés, por lo que comenzó a planear un nuevo asalto, teniendo en cuenta las lecciones aprendidas.

-El frente de ataque había sido muy estrecho, lo que contribuyó a la carnicería.

-Las fuerzas de élite habían quedado diezmadas y al menos doce compañías había quedado incapacitadas para combatir por varias semanas, a lo que cabe sumar las perdidas sufridas entre la oficialidad.

A todo esto había que añadir la “injuria” de ver como la milicia de la Coronela, considerada inferior, había llevado el peso de la defensa y rechazado el ataque de las aguerridas fuerzas de asalto, con especial enfasis en el inconcebible éxito de los Estudiantes de Leyes en Santa Clara, aplastando a un numero superior de granaderos, que eran de los más selectos. Berwick no podía renunciar al ataque, sin embargo. Sabiendo que los oficiales ardían de rabia, había que repetir el ataque, procurando no repetir la matanza. Para ello expugnaría los dos baluartes sucesivamente, y pasaría más tarde al asalto por la gran brecha. Por ello, los zapadores volverían a trabajar contra el Portal Nuevo, y tomaría, en un ataque nocturno, el baluarte de Santa Clara.

Villaroel, que suponía que iba a pasar esto, optó por consolidar las defensas, recorriendo la linea para observar la marcha de los trabajos. Para reemplazar a Jordi de la Bastida en el mando de Santa Clara se escogió al teniente coronel Pere de Padilla, que se había distinguido en los combates de Montjuich. Mientras tanto, bajo un formidable bombardeo artillero, los ingenieros de Berwick continuaban sus trabajos, a la par que formaban un camino parapetado hacia la base del deslizamiento del portal de Santa Clara, no sin un coste, pues los zapadores que trabajaban en este sector sufrieron 41 soldados muertos y 5 oficiales y 95 soldados heridos.

En la noche del 13 tendría lugar el asalto. La guardia de trinchera entrante estaba al mando del teniente general Tilly, el mariscal de campo Ribadeo y los brigadieres Carbon y Sauneboeuf, con los siguientes efectivos:

– un batallón del regimiento de Murcia
– uno batallón del regimiento de Porvenza
– dos batallones del regimiento de Artois
– dos batallones del regimiento de La Couronne
– dos batallones del regimiento de La Marche
– dos batallones del regimiento de L’Ile de France

acompañados por el refuerzo acostumbrado de seis compañías de granaderos, 300 jinetes y 2000 zapadores. En total, 8200 hombres. Para apoyarles estaba la guardia del día 12, del teniente general Dillon, detallada con anterioridad, en torno a unos 7000 hombres.

A las 10 de la noche comenzó el asalto.

La Guerra de Sucesión Española (27)

15 octubre, 2017

El primer asalto (12 de agosto)- Baluarte del Portal Nou (Nuevo)

La mina que estalló bajo este baluarte no causó muchas victimas, por las precauciones adoptadas. Mientras se recuperaban, el brigadier Reves ya hacía pasar por la brecha a quince compañías de granaderos, que, pese a encajar una descarga de los defensores, lograron poner pie en el baluarte antes de que pudieran recargar. Ocuparon dos tercios del frontal del baluarte y arrollaron la barricada que corría delante de gola del baluarte. Ante la afluencia de granaderos, los defensores tuvieron que retirarse. La gente de la Coronela recibió al enemigo con un nutrido fuego, por lo que los asaltantes tuvieron que retirarse a esperar refuerzos.

Los refuerzos, mientras tanto, llenaban el valle, repleto de soldados y zapadores. Villaroel había previsto esto, y, además de colocar cuatro cañones provistos de metralla en el baluarte de San Pere, había dispuesto que fueran disparados sucesivamente, de manera que cuando finalizara de disparar la cuarta pieza, la primera pudiera mantener el fuego, intercalando algunos segundos el fuego de cada pieza, haciendo el camino intransitable. Así pues, tras una carnicería durante los primeros minutos, la afluencia de efectivos borbónicos por el valle se interrumpió, llegando escasos efectivos al portal. Para dificultar más la empresa, 60 fusileros salieron del portal de San Pere para simular un ataque contra el ala derecha enemiga.

Mientras, en el baluarte del Portal Nou la situación de los felipistas empeoraba. Los refuerzos, segados por el mortífero fuego ya citado, no podían avanzar, y los granaderos eran frenados por la gran barricada, quedando limitados a mantener sus posiciones, cosa harto complicada, pues estaban cubiertos por el fuego procedente del baluarte de Sant Pere, que les batía de flanco, de modo que apenas un puñado de supervivientes se mantenía a duras penas.

Reves intentó solventar el problema lanzando más soldados, de los que sólo unas pocas docenas llegaron a la posición. Entonces, Villaroel, con dos compañías sueltas, 250 soldados del teniente coronel Paisà, junto a las compañías de la Coronela, desencadenó un contraataque sobre el baluarte, que fue barrido, escapando muy pocos supervivientes.

El ataque había fracasado cruentamente, y bien a la vista de Berwick, que contemplaba la acción desde las baterías de la derecha de la segunda paralela.

El primer asalto (12 de agosto)- Baluarte de Santa Clara

Lanzado simultáneamente, lideraba este ataque el brigadier vizconde de Puerto, con cinco compañías de granaderos, seguidos por otras cinco al mando del marqués de Ordoño. El primer asalto fue rechazado completamente, pero el vizconde, hombre de gran valor personal y uno de los militares más famosos de su época, repetí el asalto, consiguiendo penetrar en el baluarte, tomando las primeras defensas, pero quedando frenado por el fuego defensor. Por la fuerza de este asalto quedó el capitán Bastero y a otros quince defensores aislados en la punta del baluarte, teniendo que abandonarlo a la carrera y retirarse al baluarte de Levante.

La parte ocupada por los asaltantes era relativamente grande y segura, sin grandes fuegos de flanco. Lentamente, en medio de una lucha violentísima, los felipistas avanzaron, llegando los refuerzos con menos pérdidas que en el caso ya narrado. En estos combates cayó herido de muerte el heroico teniente coronel Jordi de la Bastida, comandante del baluarte. El general Bellver, que ya había mobilizado tropas para socorrer a los defensores, entró en acción enseguida. Mientras tantos, los borbónicos consolidaban las defensas de las posiciones tomadas y esperaban la llegada de refuerzos, los cuales, visto que los ataques de diversión no eran de temer, eran objeto de un fuego mortífero ahora bajo las primeras luces del día.

Los estudiantes de Leyes, entonces, lanzaron un rabioso ataque a la bayoneta, asaltando las barricadas felipistas y entablando un mortal combate cuerpo a cuerpo, de una dureza extraordinaria contra los granaderos, que eran de los regimientos de La Reine y de Courte, luchando con una ventaja de 5 a 1. Cuando llegaron refuerzos catalanes, de la mano del teniente coronel Eudald Mas i Duran, los granaderos ya habían sido exterminados, retirándose los escasos supervivientes bajo un intenso fuego.

El vizconde del Puerto, que, pese a estar herido en un pie, quería repetir el ataque, sin creerse aún la carnicería sufridad, y la esta preparando jutno al teniente general Dillon cuando Berwick ordenó suspender la acción.

También por Santa Clara, pues, había fracasado la acción.

En total, las perdidas catalanas de este día fueron 78 muertos y 118 heridos. Las borbónicas, según la relación del teniente general Acuña, perdieron algo más de 900 soldados entre muertos y heridos.

Sirva esta breve narración para rendir homenaje a los héroes desconocidos de ambos bandos que tan bravamente lucharon y murieron el 12 de agosto de 1714.

La Guerra de Sucesión Española (26)

15 octubre, 2017

El primer asalto (12 de agosto)

Hacia las dos de la tarde del 11 de agosto comenzaron los preparativos para el asalto, que fueron observados por los defensores. Como era obvio, parecía que el ataque principal tendría lugar sobre la denominada brecha real o mayor, la de la gran cortina entre el Portal Nou y Santa Clara, por donde podía pasar una compañía de frente.

Berwick, sin embargo, no estaba decidido a intentarlo por esta zona, pues veía claramente que costaría muchisímas bajas, y que la segunda linea transversal sería un obstáculo considerable. Además, los atacantes recibirían el fuego de flanco, y por la espalda al avanzar, de Santa Clara y del Portal Nou. Esto llevó al mariscal a plantearse, como primera fase del asalto, la conquista de estos dos baluartes, lo que facilitaría el asalto de la cortina y la evacuación, por tanto, de la travesera.

En el asalto intervinieron las tropas que formaban la guardia saliente del día 11

-a la que siguiendo los usos de la época, se le concedía el honor de participar en el asalto, considerando que durante su servicio había quedado la plaza lista para el asalto- Estaban al mando del teniente general Ceva Grimaldi, italiano, el mariscal de campo Damas y los brigadieres Reves y vizconde de Puerto, a saber:

– tres batallones del regimiento de Córdoba
– un batallón del regimiento de Salamanca
– tres batallones del regimiento de Courten
– dos batallones del regimiento de Sanzay
– tres batallones del regimiento de La Reine.

A estas unidades cabe añadir seis compañías de granaderos, 300 soldados de caballería y 2000 zapadores.

Junto a estas fuerzas estaban la guardia entrante del día 12, a las ordenes del teniente general Dillon, el mariscal de campo Antonio del Castillo y los brigadieres marqueses de Torrecusa y de Ordoño. Sus efectivos eran:

– un batallón del regimiento de Guadalajara
– un batallón del regimiento de Bourk (irlandeses mercenarios)
– dos batallones del regimiento de Artois
– un batallón del regimiento de Danois
– dos batallones del regimiento de Orleans
– un batallón del regimiento de Talleyrand

con idéntico refuerzo de granaderos, jinetes y zapadores al de la guardia del día 11.

Los granaderos serían la fuerza de choque para dominar los baluartes, seguidos por la infantería y los zapadores, mientras la caballería bloquearía la llegada de refuerzos o cargas de flancos contra las columnas asaltantes, que, en total, sumaban 16000 hombres, más de la tercera parte de los efectivos del ejército de asedio.

Para distraer a los defensores, se efectuarían ataques de diversión contra la brecha real y el baluarte de Levante.

Los efectivos catalanes eran bien escasos. En el baluarte del Portal Nou, al mando del coronel Gregorio de Saavedra y Portugal, la guarnición estaba integrada por dos compañías de la Coronela, la de Sastres y la de Guerreros, más un refuerzo de 25 jinetes a pie. En total, 219 hombres. El baluarte de Santa Clara, al mando del teniente coronel Jordi de la Bastida, estaba defendido por tres compañías de la Coronela (la de los Algodoneros, la de los Espaderos y la de los Estudiantes de Leyes), con un total de unos 250 hombres, incluídos 35 jinetes a pie.

En la línea transversal y en el convento de Sant Agustí estaban diferentes grupos de reserva, integrado por un cuerpo de 250 hombres, de los regimiento de Santa Eulàlia y del Roser; otro de 150 y un tercero de 200. Las compañías sueltas de voluntarios de Antoni Badia y Jaume Mestres situaban el total de la reservas a poco menos de 700 hombres.

A comienzo del 12 de agosto, de acuerdo con el plan previsto, estalló la mina del Portal Nou, y los granaderos se lanzaron al ataque. Daba comienzo el doble asalto.

La Guerra de Sucesión Española (25)

14 octubre, 2017

Los primeros asaltos a Barcelona (1 de agosto- 10 de septiembre 1714)

Una vez dominado el camino cubierto y trazada la tercera paralela, los asaltantes se dedicaron a perfeccionarla y guarnecerla con una nueva línea de baterías, 9, que reunían 50 piezas en total -lo que elevaba el conjunto de las piezas disponibles a 158, concentradas en un frente de un kilómetro-, que entraron en acción los días siguientes. Con la proximidad de las líneas, la fusilería no perdonaba ningún despiste, mientras el calor del verano caía infernalmente sobre las trincheras de ambos bandos, en los que se respiraba un ambiente sofocante.

Entonces, un nuevo peligro amenazó la plaza: las minas. Los ingenieros borbónicos proyectaron colocarlas bajo los baluartes de Santa Clara y del Portal Nuevo, encontrando problemas por culpa del terreno en el primero, pero menos en el segundo. Los asediados se dieron cuenta en seguida, y se lanzó un audaz golpe de mano contra la bocamina en la mañana del día 3, arruinando las obras realizadas. Este resultado animó a una repetición a mayor escala, que dañó considerables extensiones de parapetos y trincheras.

El ataque contra las baterías de Jesús y Capuchinos

Seguía mientras tanto el trabajo de los defensores en la linea transversal, siempre con gran lentitud, por la falta de mano de obra y medios, además del fuego de flanco de las baterías de Capuchinos, que causaba largas interrupciones por su intensidad. Por ello, se decidió atacar estas baterías.

El 5 de agosto, poco ants del alba, se lanzó el ataque, al mando del coronel de coraceros Pere Vinyals. Dejando una reserva de caballería al mando del teniente coronel Josep Comes, del regimiento de Sant Jordi, se destacaron fusileros al mando del coronel Ortiz, el teniente coronel Macip y de los sargentos mayores Carbonell y Fagella.

Aproximandose sin ser advertidos, esperaron a que abriera el día. Justo cuando clareaba abrieron fuego las baterías, y, disparada la primera salva, cayeron sobre ellas los asaltantes, que barrieron la posición con sus bayonetas. Los fusileros entonces clavaron los cañones y quemaron las plataformas de madera de las piezas, para luego retirarse en buen orden a pesar de la persecución enemiga.

La lucha al pie de las murallas.

Mientras los zapadores borbónicos recomenzaban las galerías contra el Portal Nou y rehacían los reductos dañados, la lucha al pie de las murallas proseguía con la misma intensidad ya vista. Como el fuego desde Capuchinos se reanudó y el trabajo en la línea transversal se frenó, comenzó a construirse una segunda en la retaguardia de aquel sector, en el límite del huerto de Passa-Pertot.

Ahora el peso de la defensa recaía en la milicia de la Coronela, que, con la ultima mobilización había cubierto de sobras las bajas sufridas, pese a lo cual los fusileros y los contigentes regulares se encontraban muy diezmados, por la falta de efectivos. Para reforzar la defensa ante el asalto que consideraba inminente, se decidió, en consejo de guerra del día 8, instalar una especie de ametralladoras rudimentarios, de la cual apenas tenemos información, salvo que era unos instrumentos denominados organos que disparaban a la vez 5, 7, 10 y 14 disparos de mosquete.

A partir del 9 de agosto, la gran travesera estaba lo suficientemente avanzada para que un batallón de la Coronela pudiera tomar posiciones, pese a que aún faltaba completarla. Mientras, el fuego artillero no decaía, y las brechas eran enormes, siendo amplísima en la cortina principal. Había otra en el baluarte de Sant Clara y otras en la cortina y el baluarte de Levante, siendo el del Portal Nou un ruina. El valle ya no era un obstáculo, cubierto en parte por los escombros, que facilitaban su ascenso.

El 10 de agosto Villaroel dispuso personalmente 4 cañones cargados de metralla en el baluarte de Sant Pere, por la parte que miraba al Portal Nou, en vistas al asalto. Advertidos de la finalización de la inmediata voladura de la mina contra el Portal Nou y el ataque subsiguiente, comenzaron a tomarse medidas para defender la parte amenazada, quedando Bellver a cargo de la defensa, después de que su antecesor, el general Sans Miquel, fuera herido.

Pronto llegarían los asaltos…

La Guerra de Sucesión Española (24)

13 octubre, 2017

En el exterior de Barcelona, la situación era más insostenible que nunca para los guerrilleros, pues ya no llegaban ni dinero in municiones desde Barcelona. El hambre también jugaba su papel, dispersando los efectivos. Incapaces de combatir y sin poder reclutar nuevos efectivos, rodeadas por los destacamentos borbónicos, las guerrillas poco podían hacer, salvo eludir al enemigo y esperar tiempos mejores, mientras los borbónicos restablecían el orden con una dureza terrible. A pesar de todo, se lograron lanzar algunos ataques exitosos, como el de Amill contra una columna de 1500 soldados franceses que iban camino de Barcelona, y que fue desbaratada por los voluntarios de Amill.

En Barcelona, el 30 de julio comenzaron a abrirse brechas en la muralla, cuando unos 40 metros de cortina se derrumbaron por el bombardeo. El incesante bombardeo deshacía las defensas con gran eficacia. Por su parte, los zapadores no hacían menos que la artillería. Desde la segunda paralela ya habían avanzado, reforzando y doblando el zig-zag clásico, hacia los ángulos del camino cubierto correspondientes a los dos baluartes, llegando a una decena de metros del Portal Nou y a una veintena del de Santa Clara. La plaza no tenía efectivos para disputar el camino cubierto. El cuerpo a cuerpo era inmediato, y la inferioridad numérica obligaría a retirarse a los defensores, por bien que fuera la cosa.

Villarroel, viendo el avance de las zapas, ordenó ocupar el camino cubierto para la noche del día 30, no dudando en visitar en cuatro ocasiones las lineas defensivas para animar a la tropa. El objetivo era una defensa flexible, para castigar el máximo daño al enemigo sin sufrir demasiadas perdidas. Los borbónicos, por su parte, se disponían a tomar esa misma noche el camino cubierto, por lo que una columna, con el brigadier suizo Courten y otra con el brigadier Desmarets asaltaron la posición, uno en la parte del Portal Nou i el otro de Santa Clara.

A las nueve de la noche comenzó el enfrentamiento. Los destacamentos de asalto fueron barridos por tres veces cuando salían de sus trincheras, pero finalmente los granaderos lograron penetrar en los ángulos del camino cubierto. A continuación se retiraron los defensores, con solo 20 bajas, por más de 400 enemigas. La operación había sido un relativo éxito. Pero, de todos modos, los borbónicos ya estaban en los ángulos del camino abierto y podían comenzar la tercera paralela. Apenas 60 metros separaban a los dos contendientes.

El asalto ya era posible

La Guerra de Sucesión Española (23)

12 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -8-

El ataque a la primera paralela (13 de julio)

Llegada la ocasión, se reunieron 2000 hombres para lanzar el ataque, de los que 600 formaron parte de la unidad de choque, divididos entre tres cuerpos y mandados por el generales Martí y Ramón y el coronel Torres i Eiximeno; junto a estos, dos cuerpos en segunda línea, con el general Bellver y el brigadier Moragull, entre los cuales se situó el propio Villaroel con la caballería, para profundizar las penetraciones. El objetivo principal era destruir la trinchera (cabe decir que aunque la destruyeran, sería un éxito de corta duración).

A las 12.30 del 13 de julio, a plena luz del día, comenzó el ataque, con éxito variable. Mientras que Ramón, que fue herido en el combate, se encontró con dificultades insuperables, en el centro los valencianos cargaron con dureza, perdiendo a su teniente coronel, Tomàs d’Anglesola. Moragull, que mandaba las fuerzas de apoyo en este sector, estuvo muy lento, dejando a la vanguardia descubierta, que no pudo profundizar. Por su parte en la derecha el ataque desbordó a los defensores, tomándose una gran extensión de trinchera, en una lucha durísima, en la que hallaron la muerte el marques de las Navas, coronel del regimiento de Santa Eulàlia y el capitán Rovira, de los granaderos del Roser, héroe del combate de los Capuchinos. La caballería, por su parte, flanqueó por el mar la trinchera, pero entonces llegaron los grandes refuerzos enemigos y tocó retirarse. Las bajas fueron elevadas.

Desde el punto de vista táctico, la operación era un fracaso. Aunque la hubieran logrado dañar, contando como contaba Berwick con cinco brigadas de ingenieros, el daño no hubiera sido permanente. Las bajas de los atacantes fueron 125, mientras que los borbónicos perdieron 19 oficiales y 282 soldados, además de 335 heridos. Así, en este caso, los catalanes salían ganando, de no ser por las considerables perdidas entre los oficiales ya mencionadas.

Cabe citar que Moragull, que tan descorazonadoramente actuó este día, desertó 3 días después, junto al general Martí.

Una vez abierta la trinchera, el ritmo de los trabajos se retrasó levemente, pues los zapadores debían ir con más cuidado y sin descubrirse. Pero había hombres de sobra, por lo que las obras seguían día y noche. Se avanzaba de manera implacable e inexorable.

Entonces Berwick cometió un error. Cesó los contactos y las prácticas humanitarias con los asediados, denegaádoles información sobre los oficiales desaparecidos en el combate. No perdía nada dejando que familiares y amigos supieran que sus deudos no habían muerto. Sin embargo, esto fue denegado y se hizo saber que los próximos emisarios que fueran enviados a las lineas felipistas no serían respetados. Si Berwick pretendía de esta manera, tan diferente de como se habían conducido los militares franceses, intimidar a los catalanes para que se rindiera inmediatamente, consiguió, de hecho, reforzar su desesperación y determinación, cosa que, irónicamente, él mismo había temido que pudiera ser causado por la severidad de Felipe V.

Así se decidió, el 14 de julio, adoptar una defensa a ultranza. No es que el mando se hiciera ilusiones sobre la capacidad defensiva de la plaza. De hecho, conocedores que las murallas no resistirían, se ordenó la construcción de una línea atrincherada detrás de los muros, destinada a compensar en parte la perdida de la muralla y para impedir una infiltración masiva en la ciudad.

El 16 de julio los felipistas tenían ya abierta la segunda línea paralela, a media distancia de la primera y del camino cubierto, comenzando a instalar las baterías detrás, al día siguiente. Mientras, el general Basset, encargado de construir la línea atrincherada tras los muros, emplazó 24 morteros a lo largo de las murallas amenazadas, lanzando estos un fuego muy violento. Pero, gracias a las precauciones del sistema Vauban, era muy difícil dañar aquel sistema. De todos modos, los artilleros catalanes demostraron su pericia y su excepcional preparación, causando una media de entre 40 y 50 bajas diarias ente los zapadores, como las mismas fuentes felipistas reconocen. Cierto es que los borbónicos no ahorraban peligros a sus tropas, pues la materia prima, la humana, sobraba. El 23 de julio llegaron nueve batallones franceses de refuerzo, unos 4500 hombres, mientras daba comienzo a la instalación de las baterías de la segunda paralela.

El bombardeo comenzó a las 5.30 del 25 de julio, disparando las trece baterías reunidas, con un total de 84 cañones y 24 morteros. Primero el huracán de fuego se abatió sobre los barrios de Sant Agustí y de la Mercè, para luego, una vez centrado el tiro, castigar la parte superior de la muralla. Cabe decir que Berwick no fue partidario del bombardeo indiscriminado de la ciudad, a diferencia de Populi.

Bajo aquel fuego infernal, la artillería catalana continuó replicando al bombardeo, a pesar de las bajas sufridas. Los cañones se reponían con relativa facilidad, pero no así los artilleros. Entonces, una vez más, salvaron la situación los Dalmau, enviando un refuerzo de 200 hombres de sus naves, con experiencia artillera. Basset, reclamado por las necesidades artilleras, dejó a Pere Vinyals, coronel de coraceros, la construcción de la línea defensiva transversal, que sufría terriblemente por el fuego procedente de Capuchinos.


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