Archive for the ‘Relatos’ Category

El misterio (6)

27 febrero, 2021

La dama era de buena cuna, era obvio, pensó el doctor.

-¿Dijo esha qual ega su dolensia? -preguntó en su mezcla de accentos que era ya parte de su disfraz.

-Silenciosa como una tumba al respecto.

No importa, se dijo el médico. Apenas se hubo sentado detrás de su enorme escritorio, empezó a ojear el papeleo como si realmente estuviera ocupado con algún tema verdaderamente importante. El esqueleto que estaba en una esquina -el de un gato cuidadosamente manipulado- y varios volúmenes gruesos de medicina en latín y griego contribuian a dar una atmósfera bizarra a aquella ingente cantidad de madera sobre cuatro patas dignas de un templo barroco.

La dama hizo una entrada de lo más teatral (“Mierda, es aún más mentirosa que yo”, se dijo el médico), y, con los ojos casi clavados en el suelo, empezó a hablar.

-Mi querido doctor -suspiró con los labios temblorosos y los ojos humedecidos-, yo…

-Un momiento… -replicó él- Deje que mi criado me sirva el fino, y luego, una ves se marche, podriemos hablar en prifado…

-Oh, por supuesto – dijo la dama mientras tomaba asiento. Tan pronto se cerró la puerta, comenzó con su lamento.

-Ne-necesito suss servicios, doctor – se pasó la lengua por los labios, pero el doctor lo ignoró (otro gallo hubiera cantado si no estuviera trabajando…-, pero él nunca aceptaba un coño como pago-, mis circunstancias son extraordinarias, se lo aseguro.

-¿Cuáles son sus síntomas” -estaba seguro que se parecerían a los suyos, o a serian una variante. No se le pasaba por la cabeza poder curarla de su enfermedad del amor, y menos con sus hábitos, seguramente tan simialres al suyo.

-¿Mis síntomas? -replicó perpleja-. No, doctor, yo no esoty enferma. Es… mi hija.

-¿Triajo a su hija consigo, mi estimada señoga? -preguntó, notando como se le endurecía el… interés por su drama.

-No, está en casa. No le he dicho que venía. Su fama me hace confiar, pues usted curó a la criada de una conocida mía…

“Oh mierda… en fin… tendremos que esperar”.

-Entiendo, entiendo oui, ja, yes -la verdad es que el buen doctor no tenía ni idea de quién podía tratarse. Había vendido liberalmente su medicamente anti-enfermedades, que no era más que algunas hierbas mezcladas con alcohol, o sus famosas pastillas, que eran una mezcla de harina, laxante e ibuprofeno; algunas veces incorporaba su propio semen a las pociones, si podía aguantar el sufrimiento que el proceso de obtenerlo comportaba… que sus tratamientos resultaran un éxito no dejaba de sorprenderla-. Así que la criada se encuentria miucho mejor, ¿ja?

-Sí, sí, pero el problema de mi hija es de una naturaleza… más… delicada.

“Coño…”

-¿Oh?

-Su marido es un bruto y un animal que no para de acosarla para que se quede embarazado, pero por más que lo intentan, ella se quedaq en estado…

“¡Bravo, bravo! ¡Otro coño al que visitar!”

-… mi hija es muy religiosa y no quiso casarse, pero el matrimonio era una oportunidad demasiado buena para perderla, y ahora esto, este problema que no quiere ni squiera discutir conmigo, su madre -terminó, haciendo pucheros.

“La madre del… una beata meapilas… la cagamos”.

-Iusted cree que su hija querriá hablar con un doctor, un extriaño? -preguintó el doctor, bebiendo un gran trago de su copa.

-No lo había pensado…

-Le sugiero un plian… -empezó el doctor, acariciándo su barba con cuidado, pues no estaba seguro de cuánta cola había usado para pegarsela esa mañana-. Mi espiosa estaría encantiada de haserle una visita y disctuir del problemia con su hija de yusted. Si, ja, oui comomepicanloscojones, dígale a su hija que mi espiosa iriá a visitiarla.

-Es usted un hacedor de milagros -dijo la dama, dejando un pequeño fajo de billetes en la mesa, lo que hizo que el esfínter del doctor se aflojara inoportuna y sonoramente. El resto cuando termine, más un plus si se reconcilian – el esfinter se reconocilio una vez más con el sonido de la caja registradora que el buen doctor tenia en la cabeza.

-Ja, ja, oui, ye. Digale a su hija de usted que mi espiosa tendría, tal vez, quie exiaminagla, ¿ja?

-Por supuesto -dijo la dama-. Y muchas gracias, doctor.

-Gracias a usted, mi estimada señioga.

El misterio (5)

25 febrero, 2021

Años atrás, en una consulta médica.

-Un cliente para usted, doctor – dijo Enrique mientras asomaba su cabeza por el breve resquicio de la puerta. El doctor, que no estaba del mejor de sus humores aquel día, lanzó un libro contra su criado, que sin embargo alcanzó la puerta y cayó al suelo, quedando abiertas sus páginas al azar.

El famoso doctor juró para sus adentros mientras observaba el libro caído en el suelo, de donde tendría que recogerlo. Y para ello tendría que levantarse, lo que era una mala idea, pues la cabeza comenzaría a darle vueltas mientras la resaca, implacable, le ajustaría de nuevo cuentas. Y es que hoy era peor que nunca. A veces bebía y bebía y al día siguiente estaba igual que el anterior, sin sombra de malestar alguno. A veces se podía pasar así algunas semanas, pero últimamente apenas lograba aparte el dolor con el trabajo o más bebida. Ni podía descansar en la cabeza debido al terrible dolor que trepanaba su cráneo. La debilidad era lo que más le molestaba, incluso más que las doloridas manos, los dolores de las articulaciones y la impotencia ocasional. Fuera lo que fuera, no eran piedras en los riñones.

-Doctor… -repitió Enrique abriendo con cuidado la puerta – la dama se empieza a empancientar. Toda joyas y sedas, ya sabe como son…

-Vete a tomar por el culo -replicó el doctor mientras agarraba su copa sólo para descubrir que ya la había vaciado antes. “Voy a tener que comprarme una copa más grande” – Dile que no estoy en casa…

Cierra la boca y hazla entrar.

-¿Le digo eso, doctor?

Te curaré si lo haces.

-Seguro… -replicó el doctor, con la cara más pálida que la leche- Seguro.

-¿Seguro qué, doctor?

Libre del mal, pero entrégamela primero.

-Seguro, Henry, que no le importará esperar un poco a un maestro de la medicina como yo – replicó mientras se ponía en pie, notado como la desorientación habitual desaparecía debido a la excitación que corría por sus venas. En esos momentos de enfermedad, el único remedio posible parecía ser el actuar ante los pacientes y fingir que era el médico que en realidad no era, el extraordinario patólogo y especialista en todo tipo de males extraños. Nadie en su sano juicio podría imaginarse quién era en realidad. Tras casi un mes de mascarada, el dolor había vuelto y aunque el placer inicial de jugar a ser un doctor de verdad lo había distraído de sus dolores, estos habían vuelto a castigarle con saña. Repartir sabiduría y recetas habían dejado de ser una diversión para convertirse en algo parecido a una trabajo.

El misterio (4)

23 febrero, 2021

José había cogido la costumbre de ir cada día a pasar un rato a la Vivlioteca de la calle de les Guilleries, donde, ante un plato de queso, jamón y un vinito, charlaba de cosas varias con otros aficionados a arreglar el mundo. Hiciese viento o lloviera, nunca fallaba a su cita, por muy lleno que estuviera el local, lo que no era demasiado frecuente. El viejo Fernando era un asistante a ratos perdidos de la tertulia. Algunas de sus opiniones, un tanto osadas para la gente, le habían convertido en un personaje famoso, en todo el sentido de la palabra, tanto el bueno como el malo. Acostumbraba a sentarse en un rincón con un vaso de ron en la mano y no tocaba la comida ni aunque se lo pidieran. Cuando se marchaba, con cinco vasos en el coleto, sus amigos siempre se quedaban maravillados que fuera capaz de caminar en línea recta, aunque en la dirección opuesta a su casa.

Una noche, hacia las nueve, cuando José comenzaba a despedirse tras haberse pasado más rato del habitual, estalló un pequeño terremoto cuando uno de los clientes del bar cayó fulminado al suelo. Rápidamente llamaron a una ambulancia y uno de los asistentes sugirió llamar al doctor Molins, que era vecino del local. Fernando, que estaba sentado con su habitual melancolía alcohólica tras despacharse tres vasos de ron, súbitamente alzó la vista y pareció serenarse de repente. Su voz se tornó firme y su dicción clara y directa.

-Perdone usted, ¿ha dicho el doctor Molins?

-Sí, el doctor Guillem Molins. ¿Lo conoce?

-No creo que puedan haber dos personas con el mismo nombre y apellido, así que supongo que sí, que es el caso, que lo conozco. ¿Qué edad tiene?

-Es un poco más joven que usted, pero no mucho. Aún no tiene ninguna cana en la cabeza.

-Pues es más viejo -replicó Fernando-. Me lleva algunos años. Es la ventaja de no tener conciencia alguna.

Los que le rodeaban en la mesa le observaron con fijeza. Incluso José se olvidó de la hora y se sentó de nuevo, sorprendido. Había algo en el tono de la voz de Fernando y en súbito cambio que le resultaba alarmante, igual que al resto de los tertulianos. Era obvio que el tal doctor no le caía bien, y todos sentían una inmensa curiosidad al respecto.

El misterio (1)

16 febrero, 2021

Cuando pasaba la patrulla por la calle y dejaba atrás el portal, todos los vecinos procedían a encerrarse a cal y canto en sus casas. Algunos montaban pequeñas barricadas ante la puerta, tal era su temor. Así se sentían más seguros, pero no lo estaban.

Unos vecinos rezaban (a Dios, a Buda o a Alá) en sus camas, en sus sillones, en sus sillas o de pie, mirando con miedo a través de las persianas o las cortinas de sus ventanas. Otros se devanaban los sesos intentando penetrar el misterio y construían, como cada noche, alambricadas teorías sobre lo que estaba pasando. Algunos otros simplemente se iban a la cama, aunque no fuera a dormir.

Mañana sería otro día.

Al cabo de unos instantes, comenzaban a escucharse los sonidos. El retumbar de una puerta que se cerraba sin que nadie la hubiera abierto primero. El sonido de unos pasos por el pasillo y que luego subían por las escaleras que seguían estando solitarias a aquellas horas, sólo llenas del eco de los pasos que nadie daba. Eran perfectamente perceptibles los sonidos de la mano que se sujetaba en su trabajoso ascenso, dejando unas marcas que luego nadie veía al día siguiente a la luz del sol. Las luces se encendían y se apagaban para volverse a encender, cada vez más débiles. Entonces con cada paso se escuchaba el sonido de algo afilado rozando las baldosas y algo que arañaba las barandilla.

Y, de repente, todo eso cesaba.

La crisis (11)

8 febrero, 2021

Un día, algo más de una semana después de la expedición a la bilbioteca, estando José de vigilancia, vio algo curioso. Un grupo de exploradores se preparaba para una de sus batidas nocturnas. En los últimos días se había notado una mayor actividad entre los caminantes y abundaban los informes sobre individuos muy violentos entre ellos.

José estaba apoyado en la barricada, mirando hacia la calle, con los prismáticos en la mano. Estaba vacía, con las hojas y las rambas de alún arbol acumulándose en las aceras del otro lado de la calle. Le faltaba aún media hora para terminar su turno y estaba aburrido, como el resto de sus compañeros. Por suerte, dos de ellos acababan de dar empezar su turno y estaban frescos y de buen humor, lo que levantó un poco los ánimos. De repente llegaron los exploradores, y lo que empezaron a hacer dos de ellos les llamó la atención a todo.

-¡Oh venga, Josemá! -dijo uno de ellos, joven y muy delgado- ¡Eso apesta!

El tal Josema había sacado una bolsita de su mochila y había comenzado a esparcir un liquido nauseabundo por su ropa. Otro explorador le imitó unos instantes después.

-Tú dirás lo que quieras -replicó Josema, una vez terminó con su tarea-, pero los caminantes no me ven cuando llevo esto puesto.

-¡Lo que tú digas, pero no te me acerques!

¿Qué se había puesto? Lo que fuera, ¿le hacía invisible? José no tuvo tiempo de preguntar, porque los exploradores se marcharon a toda velocidad, aprovechando los pocos coches aparcados, sin ruedas y con los cristales rotos, como cobertura, antes de salir corriendo hacia la puerta más cercana.

Camino de casa, con la bolsa de la cena en la mano, continuó dándole vueltas al asunto. Se le dijo a Elena cuando llegaron, pero ella no estaba esa noche de humor para reflexiones. La cola en el supermercado había sido eterna, y las discusiones de la gente -las mismas de siempre por los mismos asuntos de siempre- la habían irritado. Peor aún, el racionamiento parecía haber empeorado, porque había vuelto con la bolsa media vacía, y eso la terminaba de sulfurar. Peter, su mascota, los miraba desde el sofá, con el morro entre las patas y sin mover la cola. Debía de olerse el enfado de su ama y optaba por mantener un perfil bajo. Sólo comenzó a mover la cola cuando vio a José por pel pasillo con su plato de comida. Ella venía detrás, aún un poco seria, pero al ver a Peter mover la cola como un ventilador y sacar dos palmos de lengua al ver su cena sonrió.

Mientras Peter comía ruidosamente a un lado, ellos sentaron en la mesa a cenar.

-Hoy el que ha hecho el menú debía de tener los ojos vendados.

En la mesa se reunían tres bols de comida china (principalmente arroz tres delicias y un pescado rebozado con salsa que José dudaba francamente que fuera chino, sino más bien un plato autóctono con salsa china) y unos cuantos kebabs, además de un surtido de naranjas y plátanos, algunos de los cuales mostaban un cierto tono negruzco en la piel.

-Me ha llenado la bolsa, y con eso me vale -dijo José, encogiéndose de hombros.

-Me han recortado otra vez el cupo de gasolina. A este paso voy a tener que dejar la moto y hacer el recorrido en bicicleta.

-Se te pondrán fuertes las piernas -exclamó José pensativo. “Y el culete…”.

-Ya estás pensando en lo de siempre -la voz de Elena le bajó de sus nubes lujuriosas.

-Pues no.

-Ya… ¿y esa sonrisa?

-Es porque he recuperado el olfato, creo -“mierda, acadbo de mentirle, se va a poner como una moto”-, un tío swe estaba poniendo una mierda que olía a muerto revenido antes de ir de exploración, y joder que sí la he olido.

Elena lo miró perpleja.

-Que estamos cenando…

-Ya, ya, pero es que es de lo más curioso. Decía el tío que así no le huelen los caminantes.

-Ya… y tú te lo has creído…

-Pues…

-Ay, suerte que te quiero por tu cuerpo, y no por tu seso…

-Dale…

Siguiendo cenando con una sonrisa y varias bromas en los labios. Peter, que terminó su cena en un plis plas, se volvió a ellos, orejas tiesas, esperando el postre.

La crisis (10)

6 febrero, 2021

Con una mezcla de miedo y curiosidad, José se estiró en el suelo, al lado de Juan, otro de los voluntarios. Con ellos estaba Braulio, un policía con cara de pocos amigos pero muy amable. La biblioteca era bien visible a simple vista y, tras sus amplios cristales, se podían ver una gran cantidad de gente en movimiento. Cuando le llegó el turno de mirar con los prismáticos pudo confirmar lo que había oído: donde quiere que mirara, tanto en la planta baja como en la superior, los caminantes iban y venían sin rumbo fijo. No eran la muchedumbre que se había imaginado pero, aún así, eran muchos más de lo que le gustaba ver.

¿Por qué estaban ahí?, se preguntó. ¿Por qué no salían del edificio? “Los libros tienen que ser muy buenos para que se queden dentro”,  bromeó consigo mismo. Al cabo de unos instantes encontró la respuesta a su duda, y no le tranquilizó saberlo. Una enorme barricada bloqueaba la puerta principal.

-Una barricada… -dijo, con la boca súbitamente seca por la respuesta.

-Sí… -fue la respuesta de Braulio, cuyo rostro mostraba una seriedad poco tranquilizadora-. Quedaos aquí, voy a comprobar algo.

Medio a rastras, medio agachado (“parece un explorador comanche”, se dijo José, acordándose, no sabría decir porqué, de Burt Lancaster interpretando al indio Massai en ‘Apache), Braulio se deslizó a lo largo del parque para desaparecer entre los vehículos detenidos en el semáforo. Regresó con cara de asco y, cáustico, comentó brevemente “no es buena idea ir por ahí” antes de retomar su camino por el lado contrario, en dirección a Travessera de Dalt. Allí los vehículos eran unos pocos menos y alejados, ahcia el interior de la una vez gran arteria de la ciudad.

-Están atrapados ahí dentro -exclamó Juan al cabo de un rato.

-Mejor ahí dentro que con nosotros aquí fuera.

-Me imagino -prosiguió Juan al cabo de unos intantes, acariciándose el mentón- que Braulio ha ido a mirar las salidas de emergencia. Si tienen, posiblemente también las bloquearon, imagino.

-Eso es lo que me preocupa. Si bloquearon todas las entradas, a menos que los caminantes vuelen o atraviesen las paredes, nadie pudo entrar ahí, ¿no?

-Exacto.

-Y si están todos infectados…

-Alguien de dentro entró enfermo sin que nadie se diera cuenta. No debía de tener los síntomas.

-Estaría en la primera fase.

El retorno de Braulio cortó la conversación.

-Hay una puerta abierta en la parte trasera.

De repente lo vieron. Era un mole de casi dos metros de alto con unas docenas de kilos de carne y grasa, barbudo, calvo y podrido. De la boca le caía una saliva negruzca que provocó un considerable asco aterrorzado a los tres exploradores. Era como una especie de angel del infierno que hubiera perdido su Harley. A su lado otro caminante, algo más bajo y delgado, vestido con unos pantalones negros, camisa gris y corbata roja. El gigante lleva unos tejanos roídos y una camisa blanca de manga corta. Levantó su brazo y, señalando calle abajo, para asombro y terror de los tres exploradores, habló:

-Ccccccccccciuuuuuuuuuuuuuuuudaddddddddddddddddddddddddd.

El otro asintió con la cabeza y se pusieron a caminar, arrastrando los pies. Más caminantes fueron saliendo, lenta y torpemente detrás de ellos. Uno tropezó con una farola y salió disparado hacia atrás, dando varias vueltas sobre sí mismo. Cuando dejó de girarr, retomó su camino, esta vez en dirección contraria, hasta quedarse detenido frente a la barricada de la entrada. Aunque no podían ver más que su espalda, José se lo imaginó mirando con expresión sorprendida el obstáculo que no le permitía entrar.

-Te llamaré Homer -susurró.

Sus compañeros le miraron perplejos y él se encogió de hombros. Mientras tanto, el grupo encabezado por el gigante barbudo emprendió su camino, calle abajo. Al llegar ante la barricada del Carrer Gran de Gràcia se desviaron hacia su derecha y enfilaron la avenida Riera de Cassoles, que era demasiado ancha para poder cerrarla con los medios disponibles.

-Es una partida de caza -exclamó José, que puso cara de que se le había aparecido el Espíritu Santo.

Sus dos compañeros le miraron y asintieron lentamente. Luego, reemprendieron el camino de regreso, en dirección contraria al grupo de caminantes. Durante todo el camino de vuelta José no dejó de darle vueltas a una idea. El barbudo había hablado.

La crisis (9)

4 febrero, 2021

Aunque la gente iba regresando lentamente debido a los controles sanitarios y de seguridad, parecía que la vida volvía a su curso habitual. Elena, sardónica, decía que hasta que no regresara la telebasura no podría hablarse de normalidad. Lo cierto es que nadie añoraba los programas ni de la Griso ni de la Quintana, lo que llevó a muchos a pensar que la mayoría de los caminantes descerebrados que deambulaban sin rumbo por las calles eran el grueso de la masa humana que era fiel a esos programas.

El susto llegó de la manera más tonta. Pese a los retornados habitantes de la ciudad, muchas zonas de ésta permanecían vacías, por lo que los “reductos” (como se empezó a bautizar a Gracia y al resto de zonas “libres” de caminantes) empezaron a organizar misiones de “rescate” destinada a recoger comida y otros enseres de primera necesidad. Para evitar saqueos, los expedicionarios solían ser acompañados por un par de agentes del orden, aunque la excusa oficial era para protegerlos de los caminantes. Además, era una buena manera de encontrar zonas para ampliar los barrios “seguros” y alojar a los recién llegados que querían volver a sus casas situadas en zonas no seguras (zonas “apache”, en la jerga del momento”).

Uno de los grupos que habían explorado la parte norte había llegado hasta la plaza Lesseps para buscar en los supermercados y restaurantes de los alrededores. Era una zona “apache”, de manera que el grupo se acercó a ella con cautela y con todas las alertas a punto. Por eso, cuando los de la barricada de la esquina de las calles Torrent de l’Olla con Sant Salvador (el llamado Fort Comannche, por la película de 1951) vieron venir a los del grupo a todo correr y con las caras desencajadas, gritando a pleno pulmón, se llevaron tal susto que estuvieron a punto de disparar contra ellos. Por suerte, un sargento de los Mossos que hacía guardia allí mantuvo la calma e impidió el desastre con buenas palabras y un par de tortazos cuando la retórica no fue suficiente.

Costó varios minutos reunir a todo el grupo y mucho más calmarlo. No faltaba nadie, afortunadamente, pero incluso los dos soldados que habían acompañado a los exploradores parecían impresionados por lo que habían visto: una enorme colonia de “caminantes” atrapados dentro de la bilbioteca Jaume Fuster.

En los primeros días del pánico que había llevado a las ciudades a vaciarse, las bibliotecads se habían convertido en reductos imrpovisados en aquellas zonas donde las calles resultaban demasiado anchas para cerrar con barricadas. Al final habían sido desalojadas por las fuerzas del orden y sus ocupantes trasladados a uno de los numerosos campos de refugiados que habían aparecido en torno a las urbes como setas. Pero algunas habían resistido hasta el final, ya fuera por la persistencia de sus ocupantes en quedarse ahí o por la urgencia del momento que requirió usar a las contadas fuerzas policiales en asegurar otros lugares más importantes. O simplemente nadie se acordó de ellas en el caos que siguió.

José escuchó las noticias aquella misma noche, cuando, sentados en el sofá, cenaban Elena y él y ella le explicaba lo que había escuchado. En el “nuevo” mundo en el que vivían, José se había convertido en vigilante de la barricada de la calle Torrent de l’Olla con Corcega. Aquella noche, al final de su turno, había pasado por el restaturante Tokio, donde cocinaban para los vigilantes de la barricada cercana, a recoger la cena. En aquella Barcelona de los “reductos comunitarios”, todo el mundo se ayudaba, aunque nadie se llamaba a engaño: en aquella arcadia utópica no faltaban los aprovechados. Ni tampoco los justicieros exacerbados, pensó José. La policía a veces tenía más problemas con los vivos que con los caminantes.

Elena, que gracias a su moto ejercía de correo (los vales para la gasolina valían más que la comida y estaban muy codiciados en el mercado negro), estaba bastante informada y le explicó lo que le habían contado. Al parecer, los exploradores se acercaron al percibir movimiento en los ventalanes de la biblitoca. Prudentemente, habían usado los repliegues del jardín de la plaza para encontrar un punto de observación desde el que usar los prismáticos. Lo que vieron allí desató su pánico y las carreras subsiguientes. La biblioteca, siguió narrando Elena mientras picoteaba en su chop suey, estaba llena hasta los topes de caminantes, los cuales, haciendo honor a su nombre, se movían incansablemente arriba y abajo. Los exploradores juraban que habían escuchado sus gemidos, incluso. José, que parecía haber regresado a su niñez, la escuchaba con la misma atención que le prestaba a su abuela cuando le contaba un cuento de terror.

Por eso, a la mañana siguiente, se apuntó a uno de los grupos de exploración, para poder darle un vistazo de cerca a esa biblioteca. Cruzó mentalmente los dedos para que Elena no lo descubriera, porque podía imaginar muy bien su enfado si se enterara.

Así que, al día siguiente, a primera hora, estaba con sus compañeros en Fort Comanche, más nervioso por la perspectiva de la aventura inminente que por cualquier peligro que pudiera ocultar aquella bilioteca en la que, bajo ningún motivo, debía entrar ninguno de ellos.

La crisis (8)

3 febrero, 2021

El silencio de los últimos días se vio roto a media mañana. Elena y José, que aún dormían después de dormirse bastante tarde la noche pasada, se vieron despertados por los ladridos de Peter, que se había animado con el ruido fuera. Perplejo, con el flequillo sobre los ojos, José salió de la cama apartando suavemente la cara peluda que había comenzado a lamerle para convencerle de que salir de la cama era una gran idea.

Bostezando y con la boca pastosa, se acercó a las persianas y las entreabrió. Sus ojos, entornados, se abrieron como platos al ver una muchedumbre marchando por las calles, cargados con todo tipo de cosas. Por un lado de la calle bajaban los que transportaban todo tipo de objetos y por otro los que subían vacíos. Abrió la ventana del todo y se asomó para ver mejor. ¿De dónde había salido tanta gente?

-¡Oye, tú! -escuchó- ¡Sí, tú, el de la ventana!

Tardó unos instantes en encontrar a quien hablaba con él, a pesar de estar plantado en mitad de la calle. Era un hombre barbudo con unos vaqueros y una cazadora de cuero negra.

-¡Baja a echar una mano, coño! – le dijo antes de darse la vuelta y sumarse al grupo que subía.

Perplejo, se le comentó a Elena, que se estaba vistiendo a toda velocidad.

-Sí, sí, ya lo he escuchado -le dijo.

Unos minutos después, con Peter asomando el hocico por entre las persianas, arriba, en el piso, salieron a la calle los dos.

-¡Eh, vosotros! ¡Aquí hace falta ayuda!

Y de repente, sin saber muy bien cómo, se encontraron ayudando a llevar un desvencijado sofá que una vez fue de color crema hasta una pila de trastos que, al principio, parecía como una especie de hoguera de san Juán en ciernes. Luego, con el segundo viaje, vieron que se estaba extendiendo a ambos lados de la calle y que en realidad era una barricada. Los vecinos de Gracia, descubrieron luego, como los del barrio Gótico y los del Raval, habían llegado a una rápida conclusión: sus estrechas calles podían ser bloqueadas con gran facilidad, de manera que sus barrios se convirtieron, de la mañana a la noche, en pequeñas fortalezas en la semi desierta Barcelona. Así, un par o tres de días después, al atardecer del vigesimo tercer día desde el comienzo de la crisis en España, Gracia se había protegido (más o menos) contra la amenaza de los extraños seres que pululaban por sus calles y a los que algún periodista había bautizado como los caminantes, por la famosa serie de televisión.

Lo cierto es que las noticias empezaban a ser buenas. Al parecer el virus no era tan contagioso como se pensaba (aunque había ocasionado una tremenda escabechina en Asia y estaban en camino de hacer lo mismo en África). Lo que fuera dejaba a los afectados sin apenas uso de sus capacidades mentales y los convertía en fantasmas que vagaban por toda la ciudad, inasequibles al cansacio, al hambre o la sed. Algunos, de vez en cuando, eran presas de un extraño furor asesino que lo lanzaba contra todo ser vivo que tuviera cerca. Los relatos de los escasos supervivientes de los ataques no aportaban demasiadas pistas sobre las razones de esa violencia. Unas veces parecía desatarse por algún sonido que captaba su atención; otras veces tal vez por algún olor o aroma; en general, no se sabía qué había detrás de todo ello.

Como tampoco se conocía el porqué algunos de los afectados por el virus simplemente se morían y otros, tras quedar en coma, súbitamente retornaba a la vida. Con rapidez aparecieron especialistas médicos indicando que, de ninguna de las maneras, ninguno de los “caminantes” había muerto y retornado a la vida. Por los pocos casos que habían podido examinar, continuaban diciendo, entraban en un profundo coma en el que todos los signos de vida se reducían hasta ser casi inapreciables. Los que morían, muertos quedaban, insistían.

José, recordando lo sucedido con aquel muerto cerca de Fontana, tenía sus dudas, pero la tranquilidad de sus vecinos una vez se montaron las barricadas y el barrio quedó asegurado, junto con la ocasional visión de una patrulla deslizándose por fuera de las mismas, ya fuera del ejército o de la policía -un cuartel de la Guardia Civil estaba a tiro de piedra de allí-, provocaba en él y en todos los demás una extraña sensación de normalidad, a pesar de lo anormal de la situación. Así, mientras la vida retoamaba su camino y los bien protegidos convoyes con comida rellenaban los supermercados y la gente retornaba, más o menos, a sus trabajos, la vida pareció recuperar su cauce habitual, en especial cuando comenzaron a retornar los primeros barceloneses que habían huído fuera de la Ciudad Condal, cuando se cumplía aproximadamente el primer mes “de crisis”.

Fue entonces cuando se llevaron un buen susto.

La crisis (6)

31 enero, 2021

José se despertó al oler el aroma del café que llegaba desde la cocina y se desesperezó sin prisas.

En los tres días que habían pasado desde que José llegara con el corazón en la boca a casa de Elena, habían permanecido recluidos en ella. Habían salido por la mañana del sábado siguiente a comprar comida con la que llenar la nevera y se dedicaron a descansar los tres. Cuando las noticias de la televisión y los programas basura lo llenaron todo y simplemente les resultaron enervantes, la apagaron, cerraron a medias las ventanas y se fueron a la cama. Los días que siguieron quedaron marcados por la tenue luz que se filtraba entre las persianas. A los gritos y a las carreras del primer día les sucedió una calma total, casi antinatural, pero ellos les dieron la espalda al mundo y se dedicaron únicamente el uno al otro, con el permiso de Peter, que de vez en cuando se subía a la cama reclamando mimos y comida.

Conectó su móvil, que había apagado y dejando que se cargara. Le asaltaron numerosas alertas que le llenaron toda la pantalla. Incidentes extraños en tanatorios y hospitales por todo el país. Gente que hablaba de muertos volviendo a la vida y médicos rechazando semejantes afirmaciones. Al parecer, según las autoridades médicas y el gobierno, se trataba de una extraña mutación de la meningits encefálica que provocaba fiebres muy altas que llevaban a los enfermos a sufrir alucinaciones y sufrir ataques de violencia. La prevención y el diagnóstico precoz eran las mejores armas para combatir esta enfermedad. También había que contar, añadían las noticias, con la actuación de vándalos y saqueadores que, aprovechando la situación, estaban causando numerosos destrozos.

Aproximadamente hacia el décimo días las comunicaciones comenzaron a fallar. Las sobresaturadas líneas telefónicas comenzaron a poblarse de mensajes como “todos nuestros operadores están ocupados en estos momentos, por favor, vuelva a llamar más tarde”. Acceder a las webs de noticias de la CNN, la BBC o cualquier otra cadena informativa se convertía en un suplicio. Y fue entonces, al décimo día, cuando estalló el caos en Gràcia.

A pesar de estar situada en el corazón de Barcelona, Gràcia era casi un mundo en sí mismo desde que estalló la crisis. Con la gente confinada en sus casas, las calles del barrio, estrechas y flanqueadas por las altas fachas de sus edificios, se veían recorridas sólo por sus habitantes y algún vecino de las calles más cercanas de los otros barrios. El miedo hacía que la gente no quisiera estar demasiado tiempo en la calle ni siquiera cuando éstas comenzaron a poblarse de coches de policía primero y luego vehículos militares. La visión de los vehículos blindados de ruedas con un soldado empuñando una enorme ametralladora en su techo resultaba una imagen más aterradora que tranquilizadora para muchos. Así que Gràcia, y con ella el resto de la ciudad, permanecía en casa.

Al menos los que no se habían ido. Miles de barceloneses habían escapado a los pueblos cercanos o al interior con destino a segundas residencias o a casas de familiares y amigos. Algunos, como los desafortunados fugitivos que habían encontrado la muerte en la Meridiana, no llegaron a salir. Otros engrosaron las listas de desaparecidos cuando no llegaron a su destino y sus parientes y amigos, preocupados por la tardanza, llamaron a emergencias para informar de lo sucedido. Muchos siguieron haciéndolo incluso cuando sólo se podía escuchar “vuelva a llamar más tarde”.

En la tarde del décimo día, José y Elena salieron a la calle. El silencio que les recibió no les afectó lo más mínimo y, cogidos de la mano, se pusieron en camino. Elena había visto que la “Milanesa”, uno de sus restaurantes favoritos, argentino para más seña, en la calle Tordera esquina con la plaza del Raspall, estaba abierto. Había llamado por teléfono y les dijeron que sólo hacían entregas de comida a domicilio, así que encargaron un menú y salieron de paseo, con Peter en el bosillo del abrigo de José. El perro era el único que no llevaba una mascarilla puesta y, con las patas asomando por el bolsillo y la cabeza fuera, lo observaba todo mientras parecía reir de placer con la lengua fuera. Salieron de la plaza del Diamante y giraron a la derecha en la calle Verdi. A la altura de la calle de la Revolución se encontraron con otra pareja, las primeras personas que veían desde que salieron de casa, hacía diez minutos. El resto del camino fue igual de solitario y silencioso.

Mientras recogían la bolsa con su comida en el restaurante, escucharon una radio que, de algún piso de la calle Tordera, informaba a todo el mundo que quisiera escuchar:

-La globalización ha convertido a todos los países en vasos comunicantes. Como no hay recursos para darle a todo el planeta un nivel similar al del ciudadano europeo, pronto tendremos una crisis mundial, mucho peor que la del petróleo. Este virus es sólo una muestra de lo que está por…

De repente la voz cesó, lo que fue agradecido tanto por Elena como por José. Con la bolsa de la comida en la mano, se dieron media vuelta y comenzaron a desandar lo andado.

La crisis (5)

29 enero, 2021

Las noticias confusas sobre lo sucedido en la Meridiana hicieron que José saliera ese día de casa con una profunda sensación de inquietud. Se enfundó en su abrigo favorito (“si viene un zumbado a morderme se dejará los dientes en las mangas”, pensó mientras se reía entre dientes) y salió a la calle. Se había pasado los últimos tres días en casa de Elena y tenía que llenar la nevera. Revisó el móvil por si ella le había enviado algún mensaje y salió a la plaza. Verla completamente vacía le causó un desasosiego enorme, más aún que cuando Elena y él vieron las imágenes de las desiertas Ramblas. Hasta su perro levantó las orejas ante aquella singularidad inesperada.

Compró con rapidez y regresó a casa a toda velocidad, incómodo por el nerviosismo que le invadía. Intentó trabajar (“teletrabajar”, se dijo con una sonrisa sardónica) un rato, pero al cabo de unos instantes tuvo que salir de nuevo. Normalmente no le importaba estar en casa durante horas y horas sin más compañía que la música, pero ahora era diferente. Así que, cruzando los dedos para no ver a nadie, y, sobre todo, a ningún mosso d’esquadra, salió a la calle. Con dar una vuelta a la manzana se conformaba.

Ese era el plan, como se suele decir.

Empezó bien, adentrándose por la calle de Asturias. Le entristeció ver cerrada la tienda Art Hilgard, donde siempre se paraba un rato a mirar sus manualidades y de vez en cuando entraba para salir con alguna pequeña obra de arte bajo el brazo. Recordó su última compra, un cuadro de unos girasoles en blanco y negro que le regaló a una de sus vecinas (los favores es pagan, se dijo aquel día) y, perdido en sus pensamientos (otra vez se puso triste al ver uno de sus rincones favoritos cerrados, la Llibrería Alex, siguió caminando más allá del giro que tenía previsto hacer en la calle de Badia, con la que la librería casi hacía esquina.

Bajó literalmente de las nubes al ver la cola de gente que salía desde la puerta del Caprabo hasta el Carrer Gran de Gràcia y, dudoso, vaciló entre dar la vuelta allí mismo o seguir un poco más. “De perdidos al río”, se encogió de hombros, “total, siempre puedo decir que iba a comprar al super y la cola me ha quitado las ganas”. Al doblar la esquina y subir hacia la parada de metro de Fontana, vio el jaleo y, en lugar de darse la vuelta, se acercó.

Unos mossos rodeaban al cadáver y, por supuesto, no permitían que nadie se acercara, porque los pocos viandantes que había parecían tener una curiosidad mórbida respecto al cadáver. Después de tantas noticias sobre locos corriendo arriba y abajo, ver la víctima de un atropello les producía una extraña sensación de normalidad. El conductor, sentado en la puerta de su coche con las manos en la cabeza y dos mossos a ambos lados, no se sentía tan animado, obviamente. Estaba a unos diez metros cuando, de repente, el cadáver se sacudió bruscamente debajo de la lona que lo tapaba. Los mossos que estaban cerca lo miraron con cara de pasmo y los reunidos dejaron escapar un “¡oh! de sorpresa. Fue entonces cuando el sentido común de José, que ya le había dicho un par de veces que se diera la vuelta, comenzó a gritarle con todas sus fuerzas que se fuera a casa. Estaba a punto de hacer eso exactamente cuando, de repente, el muerto se incorporó, emitiendo gruñidos y ásperos cloqueos. Por cómo temblaban todos los miembros de su cuerpo, parecía que le habían dado una descarga eléctrica.

Entonces, el muerto atacó a uno de los policías con todas las ganas, tirándolo al suelo. Sus compañeros, que intentaban comprender aún la visión de un muerto incorporándose a la vida de nuevo, tardaron un poco en reaccionar, hasta que el muerto la emprendió a dentelladas con el agente y éste, que apenas podía contener a aquella bestia humana (o lo que fuera), pedía ayuda a gritos. Varios hombres se abalanzaron sobre el atacante mientras la calle se llenaba de gritos y la gente salía corriendo. José, para no verse arrollado, se abrazó con todas sus fuerzas a una farola. De paso, así se aguantaba de pie, porque el tembleque de sus piernas amenazaba con tirarlo al suelo.

Uno de los policías acercó su arma reglamentaria a la cabeza del atacante y apretó el gatillo. El estallido resonó en la calle como un cañonazo. El cadáver se derrumbó y José notó que sus piernas dejaban de temblarle. “Coño, qué hambre tengo”, pensó, sorprendido de sí mismo. El agente atacado, cuya mejilla sangraba por un bocado recibido, extendió la mano para que le ayudaran a levantarse cuando, para pasmo de José y del par de viandantes que todavía se quedaban, su compañero de la pistola le reventó la cabeza con un disparo a quemarropa. Sus compañeros le miraron con los ojos muy abiertos.

-¡Qué coj… – empezó a decir uno.

-Estuve en la Meridiana -contestó el de la pistola, como si eso lo explicara todo.

Como si eso activara un mecanismo, los otros policías comenzaron a reaccionar y a moverse. Sacaron un par de lona de la furgoneta y comenzaron a tender otro perímetro. José, que ya había visto suficiente, se desasió de su farola y regresó, a toda velocidad, a la calle por la que había venido, más volando que caminando, rumbo de la casa de Elena, sin poder pensar en nada que no fuera estar con ella.


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