La Guerra de Sucesión Española (21)

10 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -6-

El sitio en las formas del mariscal duque de Berwick

Berwick llegó el 6 de julio de 1714, encontrándose con Populi, que se marchó poco después. Con él traía 10 batallones franceses que completaban los refuerzos enviados por Luix XIV. En este momento, las tropas de asedio sumaban 70 batallones, 40 de ellos franceses, y 37 escuadrones de caballería, de los cuales un 25% eran franceses. Entre las tropas de Felipe V cabe incluir a valones, sicilianos y napolitanos. En total, 37.000 hombres, a los que cabe sumar las tropas que al mando de Fiennes, Carafa, Gandolfo, Thoy, Valdecañas y Montemar, aseguraban el exterior, lo que hace un total de 86.000 efectivos.

Con Berwick llegaban excelentes oficiales, como d’Asfeld, Dillon, de Geofreville, Cilly, Muzet, de la Croix, Gavaret, Maulevrier, de Bourg y otros muchos. El cuerpo de ingenieros, que tendría ahora el destacado papel de hacer rendir la plaza, estaba mandando por el teniente general Dupuy-Vauban, primo hermano del famoso Vauban. Encontramos, asimismo, los más gloriosos regimientos entre las tropas francesas enviadas por Luis: Normandie -3 batallones-, Vieille Marine -3 batallones-, Anjou -2 batallones-, La Reine -3 batallones-, La Couronne -2 batallones-, Orleans -2 batallones-, Royal Artillerie -1 batallón-, La Marche -2 batallones-, Ile de France -2 batallones- i Ponthieu -2 batallones-, además de dos regimientos de mercenarios suizos, Courten y Castelart, con tres batallones cada uno.

A su lado el ejército español parece un conjunto más gris, pese a contar con figuras de probadas valía como los tenientes generales Juan de Acuña, Diego de Istúriz, Ceva Grimaldi -italiano- y los valones Carlos de Montmorency, conde de Mérode y marqués de la Vère; los mariscales de campo Ribadeo, del Castillo, Araciel, Luque, el italiano Vicentello, el flamenco conde de Esterre y el conde de Lecheraine, valón.

El tren de artillería contaba con 87 cañones y 33 morteros de gran calibre, que son los que realmente contaban para el asedio, además de abundancia de piezas medias y ligeras, además de contar con ingentes cantidades de munición

Frente a las tremendas fuerzas de Berwick, los efectivos catalanes presentaban un contraste elocuente.

Regimiento de la Diputación: 70 soldados
Regimiento de la Concepción: 275 soldados
Regimiento de Santa Eulalia: 140 soldados
Regimiento del Roser: 120 soldados
Regimiento de Sant Narcís: 180 soldados
Regimiento de los Desamparados: 200 soldados
total: 985 soldados regulares.

Artillería e ingenieros: 100 soldados regulares.

Regimiento de Sant Jordi: 170 soldados regulares de caballería
Regimiento de Sant Miquel: 150 soldados regulares de caballería
Regimiento de la Fe: 60 soldados regulares de caballería
total: 380 soldados regulares de caballería

Fusileros y voluntarios: 400 soldados
Milicia de la Coronela y agregados: 3500 soldados
total: 3900 soldados

Total de la Guarnición: 5365 soldados.

En esta correlación de fuerzas ya no encontramos referencias ni a los húsares ni a la compañías de húngaros y napolitanos, quizás asimilados en la reorganización de fuerzas, como podemos ver con los voluntarios aragoneses, que son asimilados en los regimientos de fusileros de Sant Vicenç Ferrer, Sant Miquel, Muñoz y Ribera d’Ebre. A estos debemos citar los efectivos del ejército exterior, que eran unos 4.100 hombres, sumando la guarnición de Cardona, que no estaba escasa de municiones y se sostenía con un cuidadoso racionamiento de los alimentos.

Cabe añadir, que, al intensificarse el bloqueo desde febrero, las reservas de municiones y pólvora eran discretas, pero de poca duración si el asedio se prolongaba, siendo insuficiente para la artillería pesada. En lo referente a los alimentos, la situación era desastrosa, y en Barcelona se pasaba hambre.

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La Guerra de Sucesión Española (20)

9 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -5-

En el exterior de Barcelona, la guerra ardía de manera terrible. Las columnas de Poal y las guerrilleras seguían manteniendo una lucha extraordinaria, con una voluntad de combatir que asombra, agrupándose y disolviendose las columnas dependiendo de los recursos de sus jefes, con una tenacidad remarcable teniendo en cuenta la formidable fortaleza del enemigo, llegando, hacia el final de la guerra, a tener tantos soldados en el país como familias.

Habíamos dejado la guerra a primeros de mayo, cuando Poal recibía ayuda de Barcelona, por lo que el marqués retomaba el combate con el grueso de sus fuerzas, avanzando hacia Barcelona para atacar el cordón de asedio, idea que obsesiona a Poal. Si bien los efectivos disponibles no eran suficientes, su calidad y solidez habían mejorado mucho, como demostraba el ataque contra Manresa, que había dejado a la guarnición encerrada, y con 80 muertos y heridos, además de 60 prisioneros.

Entonces, el brigadier Gonzalez aumentó su presión, y, al frente de mil hombres, atacó en Mura a Poal, que le destrozó. González, que estuvo a punto de morir, perdió 100 soldados y tuvo que retirarse en desorden, siendo perseguido hasta Terrassa. La peligrosidad del marqués fue confirmada con una nueva victoria en Esparreguera, donde un destacamento borbónico de 500 hombres fue derrotado, sufriendo 300 bajas, incluídas dos compañías valones completas. Para entonces, los efectivos de Poal sumaban 1250 infantes y 146 jinetes, más 300 soldados y una compañía de caballería en Masquefa y en los castillos de Orpí, Castellbell y Sant Martí Sarroca. Por su parte, Adjutori Segarra i el Panxadet, reunidos con Francesc Nebot, reunían 400 hombres, más dos destacamentos de unos 200 voluntarios en Bagà i en el Lluçanés. En total, 2576 hombres.

A estos, cabría sumar la partida guerrillera de Francesc Bach de Roda, hijo del guerrillero ejecutado, tan dedicado a la guerrilla como a las acciones bandoleras por la falta de medios económicos, cosa que le era censurada desde Barcelona. También debemos incluir al general Josep Moragues, recuperado ya, que con 300 hombres dominaba el Pallars, mientras que el coronel Antoni Vidal resistía en las montañas de Prades y lanzaba ataques contras las guarniciones enemigas, aniquilando la de Tivissa -85 hombres- el primero de marzo. Poco después se le sumaría la partida de Arniches, sumando 800 hombres a pie y 80 a caballo, que se enfrentaron al marqués de Lede, salido de Tarragona con 2000 soldados de a pie y 800 caballos. Tras diversas fintas, el combate tuvo lugar en Vilarodona, el 5 de abril, con los catalanes atrincherados en las casas y rechazando un furioso ataque de Lede, que perdió 400 hombres. Poco después sería el coronel Bustamante el batido en una terrible emboscada en la que dejó 200 bajas.

Los campos franquistas (7)

9 octubre, 2017

8. El final de las operaciones militares.

La denominada “ofensiva final” se dejó en manos de las Grandes Unidades dónde establecer los campos de prisioneros, lo que supuso el descontrol final y el fracaso de las aspiraciones de control de la ICCP. Se crearon 60 nuevos campos de internamiento en la retaguardia franquista. España pronto se convirtió en algo más que “una enorme prisión”, como se dijo en su día. Por unos pocos meses, España fue un inmenso campo de concentración.

La España republicana fue derrotada sin demasiada lucha mientras sus últimos defensores protagonizaban una desbandada hacia Alicante. Finalizada la guerra, Franco incorporó 140.000 prisioneros más a las filas de los depurados por la Nueva España, lo que hizo que la dinámica clasificatoria se prolongara hasta 1942, como mínimo. Ese año, clausurados en su inmensa mayoría los campos franquistas, los últimos prisioneros de 1939 liquidaron su “deuda” con la España de Franco, pagada con trabajos forzados. Otros murieron fusilados, muchos más dieron con sus huesos en la cárcel y varios miles fueron puestos en libertad provisional y sometidos a la vigilancia más implacable, la de sus propios vecinos.

El final de la guerra trajo, durante el último año de conflicto, la amplificación de la función represiva de los campos. El sistema concentracionario fue reestructura, y con él la ICCP. Se cerraron los campos de Deusto, Albacete, Alcalá, Aranda de Duero, las Isabelas, las Agustinas, Alcoy, Denia, Monovar, Figueras, Murgia, Corbán, el monasterio de la Santa Espina, Camposancos, Lavacolla y Padrón y, tras el final de las hostilidades, se comenzó a enviar a los prisioneros a sus localidades de origen para que cumplieran, una vez depurados, la “mili de Franco” en los Batallones de Trabajadores. No sería hasta 1942 cuando se disolvería la ICCP dentro de la Dirección General de Servicios del Ministerio del Ejército. Su desmantelamiento rápido fue imposible. Los condicionantes internacionales, junto con el retorno de exiliados y de refugiados, hizo que se pasara de los campos en tiempo de guerra civil a los campos en tiempos de guerra mundial.

¿Qué quedó de los campos de concentración franquistas? Miles de represaliados y el silencio, la mentira y la ocultación que el régimen victorioso impuso a buena parte de su población.

La Guerra de Sucesión Española (19)

8 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -4-

Hasta la llegada de Berwick el 6 de julio, la batalla estuvo centrada en el bombardeo y las contrareplicas. Asimismo, hubieron las ya habituales escaramuzas de las patrullas, que alcanzarían una intensidad y violencia nunca vista, como la del 21 de mayo, en la que se voló la casa de Magí Mercader, para que no fuera ocupada por los felipistas, los cuales lanzaron tres asaltos, todos ellos rechazados, contra el convento de Jesús, que, tras la caída de Capuchinos, estaba en una situación insostenible. Por ello fue también volado y evacuado.

A mediados de junio los franceses propusieron un intercambio de prisioneros, la mayoría de ellos caídos en las operaciones de patrulla. Durante las negociaciones se dio el siguiente dialogo entre el almirante Ducasse y el sargento mayor del regimiento de Sant Narcís, Pau Tomeu, a cosa de la insensatez de seguir resistiendo por una causa perdida, a lo que Tomeu replicó:

Caballero, sea buena o mala la resolución de mantenernos fieles al emperador ya no tiene remedio. Si es buena, el cielo nos protegerá, y si sucumbimos, la posteridad nos compadecerá y alabará nuestra constancia. Si es mala, no la mejoraría, por cierto, el hecho de rendirnos a los españoles, de manera que adelante con ello (“pit i fora”, en el original): si la fortuna no nos favorece, moriremos sepultados en las ruinas de nuestra patria“.

A esto replicó Ducasse que era una pena que tan bella ciudad se arruinara y que tan valientes ciudadanos se expusieran a una desgracia tan segura como inminente. Un malestar similar fue mostrado por el marqués de Guerchy, comandante supremo de las fuerzas auxiliares al servicio de Felipe V, que, el día 6, escribía: “Continuamos el bombardeo. Hoy hemos acabado el sexto millar de bombas y estos desgraciados no aflojan, pese a esto, en su determinación”.

Al demostrarse que el bombardeo no era suficiente para debilitar el espíritu de la defensa, se ordenó a Populi, a principios de junio, que lanzara un ataque en toda regla, tras recordarle las fuerzas de las que disponía -20.000 hombres efectivos para la operación, que “aún cuando no se considere muy poderoso ejército, se puede contemplar a lo menos suficiente para la empresa, teniendo presente la calidad de la Plaza y la gente que la guarnece“, tal y como rezaban las ordenes recibidas-.

Populi, sabiendo que no podía conservar su mando, recibe ordenes de que actúe a fondo y prepare el terreno a otro, pues se sabe que Luis de Francia ha enviado al famoso Berwick, junto con nuevos refuerzos, a España. Se ordena, pues, que se confeccionen un plan de expugnación acelerada. Verboom desarrolla un plan magnifico, desde el punto de vista militar, pero Populi no tiene tiempo de llevarlo a cabo. El 26 de junio, cuando el bombardeo ya dura más de un mes, llegan los primeros refuerzos, precediendo la llegada de Berwick. Desde este momento, la suerte del Principado está decidida, pues Luis no escatimará esfuerzos para conseguirlo.

Los Campos Franquistas (6)

8 octubre, 2017

7. El fin del experimento social

La primera mitad de 1938 marcó el corolario del experimento social franquista de los campos de concentración. Un estudio llevado a cabo por las mismas autoridades nacionales reveló resultados aterradores: un campo como el del palacio de la Magdalena (Santander) estaba ocupado en un 266% de su capacidad, y el de Murgia en un 253%. El cuartel de infantería de Santoña, con capacidad para 1.500 prisioneros, tenía 2.300 ocupantes. Salvo tres campos que contaban con espacio libre. Los demás tenían una media de ocupación que iba del 140% al 230%. Para empeorarlo todo, a comienzos de 1939, con el desmoronamiento del frente catalán, el número de prisioneros aumentaría, estando 277.103 prisioneros bajo el control del ICCP en campos de concentración y otros 90.000 en los Batallones de Trabajadores.

Reus y Tarragona serían los primeros campos permanentes de clasificación para la campaña catalana, seguidos por Barbastro (en Huesca), Lleida, Cervera y Manresa. Ante el agotamiento de los campos extremeños, se concentraron los prisioneros en Huelva y el cuartel de infantería de La Aurora, en Málaga, con 2000 y 3000, respectivamente. Ese mismo mes comenzaría el traslado de prisioneros a Sevilla, Écija, Rota, Betanzos, Huelva, Santa María de Oya, Padrón y Málaga, y el de personal desde Zaragoza a los campos provisionales de Camposantos, Toro, Valencia de San Juan, Zamora, Puebla de Carmiñal, Trujillo y Figueras-Castropol. Sobre tales disposiciones pesaba la toma de Barcelona.

La caída de Cataluña dejó en manos de Franco 180.000 prisioneros en los campos de Barcelona: Horta, El Cánem y otros centros provisionales. Tal cantidad de prisioneros hizo que se renunciaran a clasificarlos e identificarlos, de manera que fueron trasladados a otros para tal menester, repartiéndolos por toda la Península. Para aliviar la congestión de los campos se envió a los “dudosos” a sus localidades de orígen, donde eran condenados a penas que iban de cuatro meses al año de trabajos forzados en los batallones de “penados”. Larga era la sombra de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939, que se hallaba detrás de esto proceso.

La Guerra de Sucesión Española (18)

7 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -3-

Con la presión ejercida sobre Populi, y dispuesto a conseguir algún logro, intensificó en mayo el asedio, recibiendo grandes envíos de munición, enviadas, en su mayor parte, por los arsenales de Brest y Tolón. En este esfuerzo, logró su único éxito militar que consideraba a su alcance: la conquista del convento de Capuchinos.

Era ésta una de las posiciones exteriores de la plaza, destinada a retardar los ataques directos. Estaba aislada, débil y mal situada. No podía resistir un ataque frontal. Así comenzaron a construirse trincheras para acercarse a la posición, dejando claro que se trataba de un ataque clásico. Por tanto, se optó por mejorar la defensa de la posición para permitir que la resistencia se prolongara hasta el ultimo momento, asegurando la retirada de sus defensores. Si había que cederlo, que fuera a un gran coste.

Y así se hizo, con el ingeniero Llorenç Velarde al frente de los trabajos, que incluyeron una batería, que fue instalada en el huerto del convento, pese al constante bombardeo felipista. El 17 de mayo, durante una salida de los defensores para probar las defensas enemigas, hallarían la muerte el coronel Moliner i Rau, valiente oficial que ya ha sido citado con anterioridad. Vista la inminencia del ataque, se reforzaron las tropas de Capuchinos, que se elevaron a 300 hombres, al mando de Domenèc Guarnier.

El asalto tuvo lugar al atardecer del día 17, tras un considerable bombardeo artillero. El asalto fue masivo, con fuerzas españolas, valonas y francesas, contando con 1800 hombres en la primera oleada, 1000 zapadores en la segunda, con 300 jinetes para flanquear la posición. Los oficiales al mando era el mariscal conde de Esterra, flamenco, pariente de Montmorency; el mariscal conde de Lecheraine y el brigadier barón de Torcy, de noble familia flamenca.

La defensa se adaptó al plan dispuesto y ofreció una resistencia violentísima, rechazando por tres veces el asalto enemigo. A la cuarta, con el convento rodeado, los asaltantes penetreron el huerto y asaltaron el edificio, sin escatimar las perdidas. Guarnier había caído en combate, y fue reemplazado por Josep Dalmau, sargento mayor del regimiento de la Ciudad, que emprendió la maniobra de repliegue, intentando evitar bajas. A la bayoneta, comenzó la retirada, cayendo el alferez Tramante, de los voluntarios valencianos, mientras el regimiento del Roser, cargando con gran violencia, para dar tiempo a la retirada. Finalmente, la retirada se completo con éxito, sufriendo los defensores 71 bajas, entre muertos y heridos, contra 468 soldados y 17 oficiales felipistas, según consta en los registros borbónicos. Entre los muertos se encontraba Torcy.

El Gran Bombardeo

La caída de Capuchinos era realmente negativa para la plaza, pues permitiría a Populi acercar más sus cañones, reforzados ahora por el excelente material francés, que comenzaron a guarnecer las trincheras enemigas. El 22 de mayo 21 grandes morteros abrieron fuego sobre la ciudad, sumándose 9 morteros más y 6 cañones al día siguiente. Algunas bombas cayeron sobre el mar, con lo que la ciudad estaba cubierta de punta a punta. El pánico inicial fue considerable, mientras Populi ordenaba batir los barrios más alejados, de manera que hasta por Atarazanas caía un fuego considerable.

El objetivo de este bombardeo era aterrorizar a la ciudad, destruir su moral mediante este bombardeo implacable, que fue reforzado por nuevas baterías y mantenido hasta el 7 de julio. Durante seis semanas Barcelona sufrió un bombardeo infernal, sin apenas descanso, salvo en los días de lluvia o para reponer los daños causados por el fuego de contrabatería de la plaza, pues Basset no se rindió nunca.

La artillería catalana fue recolocada, mateniéndose los morteros del Portal Nou y desplegando 30 piezas entre los baluartes de San Pere y de Tallers, con lo que se replicó al fuego enemigo, sin que éste lograra acallarlo, pese los intentos. De todos modos, los cañones felipistas que se destruían eran rápidamente reemplazados, y el bombardeo proseguía, de manera tenaz, con grandes bajas por ambos bandos y tremenda destrucción en la plaza. Pese a todo, los barceloneses se acabaron por acostumbrar al bombardeo, como hicieron los londinenses en 1940 o la de los habitantes de Leningrado durante el gran asedio de la ciudad.

Mientras se daba el martilleo artillero, los habntaates de la ciudad se alejaban de esta, instalándose en el Arenal -donde está hoy en día la Barceloneta-, y en las playas de San Bertrán, al pie de Montjuich, sectores que estaban fuera del tiro enemigo, para desespero de Populi, que exigió al almirante Ducasse que barriera con el fuego de sus naves las playas. Ducasse respondió que en toda su carrera jamás se había encontrado en un caso similar, y que tenía que escuchar antes a sus oficiales, que se encargaron a obedecer esta orden tan brutal. También es cierto que Ducasse, para cumplir esta orden, hubiera debido acercarse a la ciudad, poniendo a sus naves al alcance de las baterías defensores, cosa que siempre evitó el almirante francés.

Así pues, el bombardeo siguió contra una ciudad vacía, en el que sólo actuaban las patrullas de seguridad y las escuadras anti incendios.

Los Campos Franquistas (5)

7 octubre, 2017

5. “Necesarios para la victoria”.

Si las consecuencias de la guerra civil española fue el triunfo de unos españoles sobre otros, los campos de trabajo y de prisioneros fueron la “escuela”. Allí, los prisioneros republicanos comenzaron a aprender lo que era ser derrotado.

La caída del frente norte trajo como consecuencia inmediata el final de los intentos de reformar el sistema concentracionario. A partir de 1938 es palpable el aumento de las tendencias totalitarias en el trato a los prisioneros, y no ya por la inquietante presencia de agentes de la GESTAPO en San Pedro de Cardeña -donde eran internados los brigadistas internacionales desde 1938- o las investigaciones sobre “psiquismo marxista” o sobre la pureza de la raza hispánica realizadas por el Gabinete de Investigaciones Psicológicas de Vallejo Nájera; también por el endurecimiento de las condiciones de internamiento en los campos y los programas de educación ideológica, moral y religiosa aplicados a los cautivos.

Los problemas y retrasos causados por la clasificación de los prisioneros del norte primero y luego los de Aragón y Catalunya determinaron el mantenimiento del ICCP como referente de la gestión administrativa de los prisioneros. Por ello, en 1938 se estableció la red de competencias sobre los prisioneros de guerra que se mantuvo hasta el final de la guerra. campos de evacuación, lazaretos, de clasificación, de prisioneros “Ad” y “B”, para internacionales, para inválidos, además de un proyecto para menores de edad. Como la ICCP mantuvo el control sobre la mayoría de esos campos, este hecho les dotó de una cierta estabilidad.

Sin embargo, las pretensiones de crear “campos de trabajo” fracasaron, a pesar del respaldo de Serrano Suñer. Como “campos de trabajo” podemos sólo entender en algunos momentos los recintos donde se albergaron los Batallones de Trabajadores, las escuadras de las Regiones Devastadas, o, ya en la posguerra, Colonias Penitenciarias Militarizadas y Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores. El fracaso de la ICCP de crear y administrar estos “campos de trabajo” fue que las necesidades militares se impusieron y en los campos de concentración primaron la arbitrariedad y la provisionalidad sustentados por unos principios inamovibles.

Los Campos Franquistas (4)

6 octubre, 2017

4. La burocracia del terror (3)

Una de las primeras acciones de Martín Pinillos fue asegurarse de centralizar todas las funciones relacionadas con los prisioneros de guerra e impedir que existieran campos organizados por unidades militares u otras entidades. Para ello, en julio se reescribió la Orden General de Clasificación, de manera que tanto los “dudosos” como los “desafectos sin responsabilidades criminales” también pasarían a engrosar las filas de los Batallones de Trabajo

La ICCP de Martín Pinillos se ocupó directamente de los 50.000 prisioneros republicanos capturados en Santander. Para ello se establecieron cuatro campos en Santoña (el penal del Dueso, el Instituto Manzanero, el Cuartel de Infantería y el fuerte de San Cristobal, alojando unos 1.200 prisioneros), cuatro en Santander (la plaza de toros, los Campos de Futbol, las Caballerizas del Palacio de la Magdalena y el Seminario de Corbán, donde se internaron a unos 12.000 prisioneros), además de diversos edificios en Castro-Urdiales, donde fueron a parar unos 10.000 prisioneros; y en Laredo -donde se usaron escuelas y casas privadas para alojar a unos 9.000 prisioneros-. Hacia comienzos de agosto, cuando ya funcionaban los campos de Cedeira, Ferrol, Muros, Rianjo, Camposancos (en Galicia), el Caserío de Osio, Jaca, Haro y Valencia de Don Juan, así como las redes de traslado de prisioneros hacia otros campos, la población prisionera se elevaba a 70.000 hombres.

Esta sobrepoblación causó pronto el bloqueo burocrático y administrativo a pesar de las continuas ampliaciones de los campos de concentración (en agosto se añaden el del monasterio de la Santa Espina, en Valladolid; y los de Medina de Rioseco, Palencia y Palma de Malloca) y de las comisiones asentadas en los campos de clasificación. Todo empeoraría con el cierre del frente del Norte con la caída de Gijon y cristalizaría con la creación de nuevos campos en Asturias, en Llanes, Celorio, Gijón, Avilés, Candás, Oviedo (La Cadellada), Luarca, Andes, Infiesto, Pola de Sierro para alojar 30.000 prisioneros; y en Galicia los de Ribadeo, Santa María de Oya y Celanova, con un total de 10.000 prisioneros.

Según la propaganda nacional, un 55% de los prisioneros de 1937 eran afectos al régimen, un 15% dudosos, un 13% desafectos sin responsabilidades criminales, un 9% culpables de delitos politicos, un 2% culpables de delitos de sangre y anticlericalismo, y un 6% estaba sin clasificar. Huelga decir que tamaña adicción al Movimiento resulte dudosa. Se calcula que, de todos los 106.822 prisioneros clasificados por las Comisiones en todo 1937, casi un 30% eran afectos dudosos o desafectos sin responsabilidades criminales. Esto, sin embargo, no les libró de pasar por los capos de la ICCP, aunque sí del sumarísimo consejo de guerra habitual en estas lides.

A finales de año, en la retaguardia franquista, operaban 65 Batallones de Trabajadores, explotando a 34.000 prisioneros de guerra e integrandoles en la economía de guerra que, en realidad, era una esclavitud laboral que recuerda a los trabajadores franceses y polacos usados por los nazis durante la 2a Guerra Mundial.

La Guerra de Sucesión Española (17)

6 octubre, 2017

Operaciones militares en 1714 -2-

En el Solsonès, pese a que mandaba las fuerzas felipistas el general Vallejo, experto en las operaciones guerrilleras, y contar este con notables efectivos, la situación no fue nada favorable a las tropas borbónicas, que se encontraron con graves problemas de comunicaciones y numerosas emboscadas. Antes de nada, Vallejo intentó salvar a Palomino, el de la fama europea, enviando dos columnas, al mando del catalán Marimon y del brigader Escalera. Miramon se encontró con lel marqués de Poal, que le rechazó, de tal manera que Miramón tuvo que retirarse para unirse a Escalera en Sallent, villa que, una vez reunidos, quemaron antes de marcharse. Vallejo, reforzado por las dos columnas, consiguió expulsar a los rebeldes de las cercanías de Solsona y fue a socorrer Oliaba, donde resistía el brigadier Areizaga. Rescatado éste in extremis, se tuvo que abandonar la localidad, pues no era segura. Tras esto, Vallejo se dedicó a realizar operaciones de limpieza por la comarca, desde la Ribera Salada a Ponts, Manresa y la carretera de Berga.

Privado de la participación de Vallejo y deshecho totalmente Cano en Arbúcies, Bracamonte continuó encerrado en Vic con todas las fuerzas que había salvado, hasta que llegó el marqués de Montemar, que venía con su columna de arrasar Caldes de Montbui. Una vez logrado esto, se pidió a Fiennes que enviara tropas, pero el francés se mostró muy reticente, por temor a que pudiera necesitarlas después, aunque, después de mucha insistencia, aceptó enviar columnas volantes a Olot i a l’Esquirol, para tranquilizar a Bracamonte. Montemar, entonces, marchó hacia San Hipòliot de Voltrega, que estaba en manos de los rebeldes.

Advertidos del avance felipista, los rebeldes comenzaron a atrincherarse en el santuario de la Gleva y a buscar refuerzos. Consiguió detenerse el avance de Montemar brevemente, pero no se consiguió evitar el avance del marqués, que en su camino arrasó Torelló y dispersó a los rebeldes. Mientras, Vallejo fue recuperando el control de la zona y avanzó hacia Berga, mientras el Lluçanès era inexorablemente recuperado, tras una represión implacable por parte de Montemar, que quemó Prats, San Feliu Sasserra y Oristà. Con una represión tan implacable se recuperó el control del Lluçanès y se acabó con la resistencia.

Mientras tanto, la situación en Barcelona había mejorado, gracias a la ruptura del bloqueo naval y a la reducción de efectivos entre las tropas que asediaban la plaza. A pesar de todo, la actividad de las patrullas y el cañoneo no cesaron. Al conocerse las noticias de la revuelta, a partir del día 10, comenzó a discutirse que se hacía al respecto. Se intentó atraer a Populi a que atacara, pero el comandante felipista no cayó en la trampa.

Se decidió, mientras tanto, ayudar a la revuelta, en la medida de las posibilidades de la plaza. El plan inicial era apoderarse de Mataró con una acción combinada del regimiento de Amill y los rebeldes. El traslado de tropas valonas de Alella a Mataró impidió este movimiento. Pero eso no detuvo los intentos de reforzar la rebelión. Amill nuevamente participó, cuando a finales de enero desembarca con sus fusileros entre Arenys y Canet, enlazando con los guerrilleros que mandaba Esteve de la Creu. Al día siguiente capturaron Sant Pol y rechazaron espectacularmente un ataque borbónico contra Sant Iscle.

Continuando con estas operaciones, se forzó el cordón de bloqueo cuando 200 jinetes del regimiento de Sant Jaume salieron de Barcelona y se dirigieron a Montcada, donde hicieron huir a los defensores, después de lo cual marcharon a Castellterçol. Se reunieron entones con Amill, coincidiendo que días antes los borbónicos habían recuperado Sant Pol y que habían derrotado antes a Amill en Villamajor.

Continuaron las operaciones para ayudar a los rebeldes, pero la llegada de poderosas columnas borbónicas impidieron que se pudieran lograr mayores éxitos. Pese a todo, el bando felipista no acababa de recuperar el control. Por ello Fiennes envió refuerzos a Vic, mientras Thoy consolidaba el dominio de la parte occidental del país. Mientras, los combates seguían en el Lluçanes. Entonces la falta de municiones comenzó a notarse entre las columnas catalanas de Poal y Amill, que ya sumaban unos 900 hombres, y que eran perseguidos por 10.000 soldados borbónicos. Vista la situación, Poal opta por la retirada, dividiendo a sus tropas en tres columnas.

A todo esto, se restableció el bloqueo naval de Barcelona a principios de febrero, con la llegada de 35 naves felipistas. Una vez 24 de estas naves se marcharon, Sebastián Dalmau, coronel de caballería pero ducho en acciones marineras, organizó un ataque fulminante contra el resto de la formación enemiga, que fue completamente capturada. Así, pese al regreso de los buques, incluso con la llegada de refuerzos franceses, no logró imponer un verdadero bloqueo naval.

Mientras tanto, en tierra, las operaciones continuaban reducidos a fuego artillero y escaramuzas de las patrullas. A partir de abril comenzó a considerar Felipe reemplazar a Populi, visto su incapacidad de acabar con la resistencia catalana. Sabedor de esto, y con las tropas que habían combatido a la rebelión de vuelta más refuerzos de artillería, Populi decidió hacer meritos para mantener el cargo, y el 3 de abril comenzó a bombardear Barcelona, primero con seis morteros instalados en el Clot, que empezaron a disparar a las 8 de la mañana. Hasta entonces, la artillería borbónica sólo había batido las murallas y los edificios inmediatos, pero ahora el fuego se dirigía al interior de la ciudad, al centro, para aterrorizar a los ciudadanos. Sin embargo, los barceloneses de la época no eran demasiado impresionables.

La reacción fue inmediata. Villaroel, comandante de la plaza, y Basset, comandante de la artillería, llevaron cuatro cañones a la Creu de Sant Francesc y comenzaron el día 4 a efectuar un eficaz fuego de contrabatería de manera que el día 9 la batería del Clot quedó reducida al silencio.

En el exterior, tras la orden de Poal de retirarse, sus tropas lo hicieron divididas en tres columnas, para evitar un gran choque por la falta de municiones. Consiguieron, con sus hábiles maniobras, atar numerosas tropas borbónicas en su persecución, librándose alguna escaramuza, como la del 14 de abril, en la que murió el traidor Riera de Vallfogona, el delator de Bach de Roda. Reunidos Amill y Poal, junto con alguna ayuda enviada desde Barcelona, se intentó atraer la atención enemiga lejos de la ciudad condal.

Los campos franquistas (3)

5 octubre, 2017

3. La burocracia del terror (2)

Respecto a los dudosos, irónicamente, no había espacio para la duda. Las órdenes oficiales proclamaban que “todos somos necesarios para la victoria”, así que fueron condenados a trabajos forzados. No se podía demostrar ni su inocencia ni su culpabilidad por lo que dieron con sus huesos en los Batallones de Trabajo, que se nutrieron de estos prisioneros y que fueron coordinados por la Junta de Movilización, Instrucción y Recuperación del ejército franquista.

Por si fuera poco, el tiempo servido en estos batallones no era descontado de la pena final. Mientras se instruía su caso, los integrantes de estos batallones fueron, simplemente, obra de mano esclava. A mediados de 1937 ya funcionaban tres de estos batallones, embrión de las varias docenas de unidades similares que existirían hasta bien entrado 1942.

Este trabajo forzoso fue autorizado mediante un curioso giro jurídico. En mayo de 1937 el decreto número 281 de la España nacional concede el derecho de trabajo a los prisioneros de guerra (no a los presos comunes, ojo), forma legal que encubre la explotación de estos infortunados seres humanos. Así, con la parafernalia habitual en los comunicados y leyes franquistas, repletas de su bondad y magnanimidad, además de la insistencia en la necesidad de “regenerar” a los provisionalmente clasificados de manera negativa, se justifica legalmente la solución al apremiante problema representado por tan enorme cantidad de prisioneros de guerra.

Así, este “derecho” al trabajo justificaría el sistema concentracionario y sus campos, utilizados para gestionar, reeducar y humillar a medio millón de prisioneros de guerra. En 1937 la zona norte fue la más poblada, con los campos de Estella (Casa Blanca y el monasterio de Irache) en Navarra, la universidad de Deusto en Bilbao, tras la toma de la ciudad en junio, Pamplona, Aranda de Duero, Logroño, Burgos (el campo del monasterio de San Pedro de Cardeña) fueron el resultado del desplazamiento de las operaciones al norte.

Otro resultado fue el incremento del trabajo de las Comisiones Clasificadoras, que desde junio de 1973 comienza a organizar Batallones de Trabajadores -creados en los campos de San Gregorio (Zaragoza) y Soria- y la creación de nuevos campos, como los de Badajoz, Mérida, Cáceres o Talavera de la Reina.

Así, el 29 de junio de 1937, 11.000 prisioneros ya internados pasan a depende de la Inspección de campos de Concentración, al mando del coronel Luis de Martín Pinillos y Blanco de Bustamante, que, apenas ocupado el puesto, ordena crear los campos de Lerma y Aranda de Duero y la asunción del mando de los de Cáceres (Las Arenas y la plaza de toros), Plasencia, Trujillo, Badajoz (el Cuartel de la Bomba), de los campos asturianos de Figueras, Ortigueira y Canero, la prisión provincial de Salamanca, en Córdoba y del campo de San Marcos, en León.

Así se pasa de la fase provisional a la de estabilización y crecimiento.


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