Posts Tagged ‘conde de Rochester’

John Wilmot, conde de Rochester (7)

1 marzo, 2018

Carlos II movió los hilos para que el almirante Edward Montagu, primer conde de Sandwich, tomara a Rochester bajo su ala y el 15 de julio de 1665 nuestro protagonista se embarcó en el buque insignia, el Revenge. Quizás esta fuera una prueba de que el rey había perdonado su error anterior. Este acto se volvería una característica permanente de la relación entre el monarca y su súbdito.

La expedición inglesa partió para atacar por sorpresa a la flota holandesa anclada en Bergen, Noruega, con los resultados decepcionantes ya comentados, pero todas las fuentes de ala época están de acuerdo en describir el valor que Rochester derrochó en la batalla. También parece cierto que sus creciente escepticismo sobre cuestiones religiosas aparecen en este periodo, como demuestra su conversación final con Burnet. Por desgracia para él, sus esperanzas de beneficios materiales de esta empresa no se iba a materializar.

Antes de que comenzara el combate, Rochester y otros dos caballeros voluntarios, discutieron sobre si había vida después de la muerte a raíz de que uno de ellos tuviera una premonición sobre su propia muerte. Para solucionar su duda, Rochester y John Windham acordaron que, si uno de los dos moría, visitaría al superviviente para informarle sobre su estado futuro. Edward Montagu, que acertó al intuir su propia muerte en batalla, se negó a formar parte del pacto. En el transcurso de la misma, una bala de cañón alcanzaría a Montagu y a Windham el 2 de agosto. Windham murió instantáneamente, Montagu una hora más tarde. Rochester le explicó esta historia a Burnet en su lecho de muerte, añadiendo al no retornar Windham para cumplir su parte del pacto, Rochester se sintió profundamente burlado en su búsqueda de respuestas sobrenatuarles, aunque el presentimiento de Montagu le impresionó e hizo pensar que el alma poseía “una sagacidad natural”.

Estos pensamientos no aparecen en la larga carta que escribió a su madre al día siguiente del combate. Le proporcionó un detallado relato del plan de batalla diseñado por Sir Thomas Teddeman, y describió asimismo el entusiasmo de los marineros por el botín. Al finalizar la carta, Rochester menciona que “Mr Mountegue & Thom: Windhams brother were both killed with one shott just by mee, but God Almyghty was pleased to preserve mee from any kind of hurt” (“El señor Montague y el hermano de Thomas Windham murieron ambos de un disparo justo a mi lado, pero el Señor Todopoderoso tuvo a bien librarme de todo mal”). Parece preocupado en estas líneas por mostrar a su madre una cierta piedad convencional. Se abstiene de mencionar su propio coraje ne combate, eso sí. El relato de Burnet afirma que Rochester arriesgó valientemente su vida en la defensa de su país, sin mención alguna a sus excesos. Quizás Burnet estaba en lo cierto al suponer que Rochester se reformó durante esta época, hasta que su retorno a la vida cortesana le devolvió a “un violento amor por el placer y una tendencia a la alegría extravagante. Una le llevaba a grandes sensualidades; la otra a muchas aventuras y excesos”.

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John Wilmot, conde de Rochester (6)

24 febrero, 2018

La denominada carta de Saint-Evrémond describe a Rochester en su primera aparición en la corte como un hombre sutil, de fuerte inteligencia y muy bien educado, además de ser modesto por naturaleza y dominar tanto los clásicos como los escritores de su época, tanto ingleses como franceses como italianos. Su conversación, añade la carta, era cautivadora e imposible de seguirla sin admiración y goce, e incluso sin amar a su autor.

Atractivo, inteligente y escaso de medios Rochester usaría su ingenio para encontrar una novia que le asegurara su posición. Estando todavía en Oxfrod se le había concedido una pensión de 500 libras, aunque la generosidad de Carlos II se veía contrarrestada por la inseguridad del pago de la cantidad, que también era diferente de la citada. Cualquier análisis de la obra y la vida de Rochester quedaría incompleto si ignorara la influencia que su precariedad economía tuvo sobre nuestro protagonista. Siempre dependería de otros, pues sus ingresos eran pequeños y aunque logro casarse con una heredera, su acceso a la fortuna de ella era escaso. Rochester se comportaba con Carlos II como un esclavo frente a su amo en ocasiones y, en otras, como un hijo rebele frente a su padre. No tuvo influencia alguna sobre la política del país. Como demuestra Basil Greenslade en su ensayo “Affairs of State” (Asuntos de Estado, publicado en 1982), al morir, su padre no le dejó influencia política alguna. Había sido un soldado, no un poderoso terrateniente, por lo que su hijo convirtió la corte y el teatro en sus campos de batalla. Sus escritos revelan un gran interés en el poder de las mujeres para influir y su desprecio por las políticas de la corte. Su única fuente de independencia parece ser su intelecto. Pero, dado los tiempos en los que vivía, tenía que seguir la conducta regida por la sociedad y los poderosos dictados del honor.

Cuando secuestra a su futura esposa, Elizabeth Malet, hacía poco de su presentación en la corte, teniendo lugar, tal y como reproduce Samuel Pepys en su diario, el 26 de mayo de 1665, aventura que, aunque le reportaría una esposa, le haría acabar en la torre de Londres, como ya hemos visto, no siendo liberado, tras muchos ruegos al rey, hasta el 19 de junio. Por eso buscaría fortuna en la Segunda Guerra Anglo-Holandesa.

John Wilmot, conde de Rochester (5)

18 febrero, 2018

Como podemos ver, la polémica sobre Rochester se extiende sobre su misma juventud, sobre si escribió o no aquel o tal poema. Wood, por ejemplo, duda que ninguna de las composiciones que se le atribuyen durante su estancia en Oxford le pertenezca, aunque le considera “una persona extraña, con un excelente talento natural mejorado por los estudios y su familiaridad con los autores clásicos, tanto griegos como latinos, algo extraño (si no peculiar en él) entre gente de su clase“.

Thomas Hearne comenta que Giffard, el tutor personal de Rochester, dijo de su antiguo alumno que “comprendía apenas o nada el griego y sus conocimientos del latón eran escasos, por lo que es un gran error (como Burnett y Wood han cometido) afirmar que fuera un gran maestro clásico“. Tal vez este juicio se vea teñido por un cierto despecho al no convertirse en una figura de mayor importancia para la educación de Rochester (con cierto beneficio propio en tal caso). Además, Giffard también afirmó que si su buena influencia sobre el joven conde hubiera seguido, no hubiera habido lugar para exceso alguno.

También es cierto que Rochester demostró cierto interés en la química y todo lo que la rodeaba, en especial Thomas Hobbes. Su materialismo, profundamente escéptico (o ateo) impactó en Rochester, que, por otra parte, apenas se interesó por las teorías políticas de más amplio alcance que Hobbes expuso en su Leviathan (1651).

Tras Oxford, bajo la supervisión de Andrew Balfour, Rochester partió para un “gran tour”, un gran viaje por Francia e Italia el 21 de noviembre de 1661. De este periodo de la vida de Rochester, que finalizó con su regreso a Inglaterra en 1664, es poco lo que se pueda decir con seguridad. Él mismo dio unas pinceladas al respecto en su lecho de muerte a Burnet. Dijo que aprendió a hablar francés e italiano con gran fluidez y que debía mucho más a Balfour que a sus padres, pues él le animó con sus intereses literarios. Posteriormente, Balfour escribió sobre este viaje en una “Letter to a Friend” (Carta para un amigo) que permite descubrir el itinerario de Rochester. En octubre de 1664 Rochester y Balfour están en Venecia y a finales de ese mes se apunta Rochester para estudiar en la universidad de Padua, famosa, entre otras cosas, por sus profesores de anatomía y medicina, además de por la belicosidad de sus estudiantes. A finales de ese año, retornó a Inglaterra y a la corte, presentándose en el palacio de Whitehall con una carta de Henrietta, duquesa de Orleans, hermana del rey Carlos II. Según la respuesta real a su hermana, la carta fue recibida el 25 de diciembre de 1664.

No sabemos si nuestro protagonista escribió poesía durante su viaje. Todo, como tanto en su vida, es cuestión de especulación. Es posible que algunos de sus poemas de amor líricos de corte convencional y con nombre tales como Dafne, Olinda, Strephon, Phyllis y Alexis procedan de este periodo. Estos poemas, dedicado al amor no correspondido, destacan por la habilidad compositora del poeta y su confianza, usando un “lenguaje sencillo de burla y amabilidad, ausencia e inconstancia y todos los temas típicos del cortejo artificial. Son sencillos y fáciles de leer, pero tiene poco sentimiento y escaso fondo“, dirá el doctor Johnson al respecto.

En su poema “A Dialogue between Strephon and Daphne” (un diálogo entre Strephon y Dafne) podemos detectar un astringente aroma del cinimos de Rochester que transforma el orden habitual. Strephon, acusado de mentir en el amor, se ríe de la angustia de Dafne con sus aires de superioridad, algo típico de la Inglaterra de esa época, donde, mediante bromas y arrogancia, hombres y mujeres se intentaban derrotar mutuamente. Al final del poema, Dafne abandona de manera alarmante su máscara de amante abandonada y proclama, en sus dos famosos versos finales, que

Womankind more joy discovers
Making fools, than keeping lovers.

(Las mujeres encontramos mayor placer
en volveros idiotas que en manteneros como amantes)

John Wilmot, conde de Rochester (4)

14 febrero, 2018

David M. Vieth, al que se considera universalmente como autor de los estudios más profundos sobre nuestro protagonistas y la fuente más fiable sobre él, sentó el punto de vista dominante sobre todo futuro análisis del canon de Rochester: “el impetú que le impulsa parece ser la profunda desilusión de la generación que siguió a la guerra [la sucesión de guerras civiles que enfrentaron a monárquicos y los parlamentaristas desde 1642 hasta 1651], de los que Rochester fue su elocuente portavoz.” Vieth remarcó que Whibley había separado por fin la moralidad de la poesía, lo que permitía que el estudio de la obra de Rochester pudiera proseguir de acuerdo a principios más objetivos que los usados hasta ese momento; sin embargo, gran parte del interés de los investigadores y del lector ses sigue centro en los pensamientos y la personalidad del poeta, aunque la atracción por las anécdotas persista aunque con menos intensidad. Así, tras la edición de los poemas de Rochester que John Hayward publicó en 1926 y las de Johannes Prinz de 1926 y 1927, la mayoría de los estudios de los años 30 fueron de carácter biográfico. Curiosamente, todas las obras fueron escritas teniendo en cuenta los posibles problemas con la ley y la censura, de manera que obras como la escrita por Graham Green a comienzos de los años 30, Lord Rochester’s Monkey (El mono de Lord Rochester, no fue publicada hasta 1974. Prinz escribió en su edición de 1927 que Rochester era un autor “tabú”, y era cierto.

La figura dominante en la vida de Rochester había sido su puritana y piadosa madre. Su padre, Henry Wilmont, fue un extraño para su hijo, que esperaba ansiosamente noticias de su ausente progenitor, aunque no parece que se vieran demasiado. A su muerte el primer conde de Rochester dejaría un rastro en su hijo, que se vería marcado por la temeridad, inseguridad, excesos y, si Hyde está en lo cierto, una tensa relación con la religión. Sin embargo, la personalidad de John Wilmont pudo haberse desarrollado de manera independiente, lejos de cualquier influencia paterna.

El joven conde fue educado por su madre y el confesor de ésta, Francis Giffard. Luego estudió en la Burford Grammar School, en Oxfordshire, donde su educación se basó en los autores latinos. Pronto se vio esta influencia en sus oras, sobre todo en su facilidad para traducir y adaptar a los clásicos a su propio estilo. Éste es uno de los puntos de contenciones de la crítica moderna de Rochester, que están más preocupados que sus colegas del siglo XVII en determinar la originalidad de un autor. Que Rochester fuera capaz de conseguir reflejar su educación clásica y luego bañarlo en su cinismo corrosivo resulta ser una lectura auténticamente fascinante. En su siglo se consideraba que esta habilidad era un producto de la inteligencia del autor y lo mismo se aplicada al uso del lenguaje religioso y litúrgico, a los que Rochester hace frecuentes menciones.

En septiembre de 1661 Rochester se graduó en Oxford a los catorce años. Su tiempo en la universidad no parecen haber sido demasiado complicados. Había sido admitido en el Wadham College en enero de 1660, una facultad relacionada íntimamente con las emergentes ciencias experimentales, y parece ser que este ambiente influyó en él. Su tutor fue el matemático Phineas Bury, pero el más influyente fue el doctor Robert Whitehall, del Merton College, que pudo ser quien le introdujera en los placeres de la vida. Se dice que fue Whitehall quien le enseñó a emborracharse en las tabernas de Oxford, aunque ést sera una historia sin fundamento.

Durante su breve estancia en la universidad, se dice que Rochester escribió tres poemas que aparecieron en dos ediciones de poemas de Oxford: Epicedia Academiæ Oxoniensis (1660), una serie de poemas dedicados a la reina madre, Henrietta Maria, en ocasión de la muerte de su hermana María. A Rochester se le atribuye un poema en latín, “In Obitum Serenissimae Mariae Principis Arausionensis“, y otro en inglés “To Her Sacred Majesty, the Queen Mother, on the Death of Mary, Princess of Orange.” El primero llama la atención por sus comentarios médicos sobre las pústulas mortales en la mujer de una cara y luego el poema se modula en un elogio de la belleza digna de una diosa -“tota venustas”—, demasiado hermosa para la vida mortal. En el otro poema, se repasa de manera elegante las tragedias que afectaron a la viuda de Carlos I y la urge a permanecer en Inglaterra y a no regresar a Francia. Pero es en su poema Britannia Rediviva (1660), celebrando al monarca restaurado, al que llama “santuario triunfante de la virtud” (lo que, tratándose de Carlos II, se me antoja algo irónico), que Rochester sorprende por su ingenio y que hace que Charles Williams se acuerde de las metáforas alocadas de los poetas metafísicos tardíos.

Dado que en ese momento Rochester tenía 13 años, se sospecha que los poemas fueran escritos por otra persona o bajo la influencia de alguien, posiblemente uno de sus tutores, aunque otros autores, como el mismo Cowley, habían publicado sus obras siendo aún bastante jóvenes.

John Wilmot, conde de Rochester (3)

10 febrero, 2018

Además de una vida escandalosa, Rochester dejó tras de sí una considerable obra literaria. Tanto por su poesía amorosa como por su sátiras, Rochester se hizo con un espacio propio en las letras inglesas. En sus reflexiones filosóficas y religiosas, que, dada su fama libertina, podrían parecer impropias de él, se aprecia un profundo disgusto y una actitud misantrópica. Pero si por algo destacó era por sus parodias y sus indirectas, amén con la facilidad con la que improvisaba versos sobre la marcha. Por ello, no debe sorprendernos que se le considerara el mejor poeta inglés, sólo por debajo de John Dryden. Como dijo de él otro gran poeta, Andrew Marvell, “el conde de Rochester era el único inglés verdaderamente dotado para la sátira“.

Su correspondencia privada nunca ha carecido de lectores, pues era un gran corresponsal, en parte gracias a su aparente falta de cuidado a la hora de querer causar efecto y, en parte, por todo lo contrario, es decir, por su estudiada formalidad a la hora de dirigirse a su interlocutor (por ejemplo, una amante) y su divertida indulgencia con las pretensiones y las hipocresías sociales, cuando penetra sin piedad hasta el corazón mismo del comportamiento humano sin dejar, por ello, de disfrutar con su ambivalencia.

Unas veces sus obras se ven dominadas por preocupaciones morales, otras veces por cuestiones filosóficas o estéticas. Aunque sus excesos le llevaron hasta casi el abismo, fue, sin embargo, su nihilístico ateísmo lo que más alarmó y preocupó a sus contemporáneos. Por eso, el relato del obispo Gilbert Burnet sobre la supuesta reconversión de Rochester en su lecho de muerte se convirtió en un best-seller tras ser publicado en 1680 y quer sería glosado por Voltaire en sus Lettres philosophiques (1734), “Tout le monde connoit de réputation le Comte de Rochester” (Todo el mundo conoce la reputación del conde de Rochester). Voltaire añadió que se había enfatizado la pasión de Rochester por el placer, pero que él prefería conocer al genio, al gran poeta. Así quiso el escritor francés corregir mucho de lo vertido por las Mémoires de la Vie du Comte de Grammont (1713), escritas por Anthony Hamilton, cuñado de Philibert de Gramont, posiblemente al dictado del mismo conde. Esta obra recoge una gran cantidad de divertidas anécdotas, y es citada por prácticamente toda obra biográfica sobre Rochester, aunque su verosimilitud sea dudosa.

En su “Vida de los poetas” Samuel Johnson’ muestra su censura de las “locuras”, “las extravagancias” y “su manera de ser en general”, aunque res erva espacio para algunos elogias a su “mente, que, de haber estudiado podría haber llegado a la excelencia”. Sin embargo, estas y otros relatos casi contemporáneos de nuestro protagonista nos proporcionan una valiosa reconstrucción de la época, incluyendo su gusto por la exageración armoniosa y la sátira.

Alexander Pope detectó en Rochester la habilidad de adaptar a los clásicos al gusto inglés, con la copla heroica que el mismo Pope perfeccionaría. La crítica continuaría con David Hume: “the very name of Rochester is offensive to modest ears” (la mera mención de su nombre es ofensiva para la gente de bien”) y flaco favor le harían los románticos tardíos al apropiarse de su vida, no faltando las comparaciones con George Gordon, Lord Byron. En este contexto romántico, Giuseppe Verdi (que usaría dos veces obras de Byron para sus composiciones), escogería en 1835 a Rochester para su primera ópera, aunque luego transplantó la acción de la misma de la Inglaterra de la Restauración a la Italia medieval. La fuente de Verdi fue un drama francés en tres actos, Rochester, de Benjamin Antier y Théodore Nezel (1829), que epitomiza a Rochester como libertino y con terrorífico glamour describe sus actos hasta un desenlace melodramático. Mientras, el debate sobre nuestro protagonista prosigue, y en La Revue de Deux Mondes (agosto de 1857), E. D. Forgues adoptó una perspectiva que sería desarrollada por los biógrafos del siglo XX. Así, observando las sensibilidades religiosas del poeta, Forgues no vio un escéptico radical, sino un creyente desesperado (“un croyant désesperé”). Hippolyte Taine, por su parte, lo condenó en su Histoire de la Littérature Anglaise (1863) por su depravación moral.

A finales del siglo XIX, los estudiosos literarios se olvidaron de Rochester, aunque Sir Edmund Gosse lo incluyera en su selección de poetas ingleses en 1899 como el último y el mejor de los poetas de su época, aunque admitira que se comportó como un niño arrastrándose por el fango. Antes de la Primera Guerra Mundial, en la Cambridge History of English Literature (1912), Charles Whibley rechazaba el juicio de Johnson respecto a que el mejor de los poemas de Rochester fuera “On Nothing” y se decantara por su “A Satyr against Reason and Mankind“, en lo que la mayoría de los críticos modernos han estado de acuerdo.


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