Posts Tagged ‘España’

La quiebra económica española, 1a parte

20 febrero, 2019

Cuando a principios del siglo XIX se empieza construir un estado moderno, España tenía sus finanzas en manos de ineptos e instituciones financieras inútiles. El Imperio había lastrado a España dejando en manos de nobleza e iglesia sus rentas, las Cortes habían visto sus poderes ser reducidos inexorablemente, la burocracia funcionaba a base de prebendas y sobornos, el mercado interno estaba fragmentado, no existía un banco común ni una moneda única. Como comenta el historiador Josep Fontana, el Imperio permitió que España “actuara como una gran potencia durante tres siglos sin necesidad de abordar reformas serias (como las que tuvieron tras la revolución inglesa del siglo XVII o la francesa de finales del siglo XVIII)“, de manera que llegó “al siglo XIX en bancarrota, habiendo acumulado en sus últimos años de guerras internacionales deudas que no pudo pagar“.

Tras perder las colonias España siguió siendo insolvente. Al carecer de un sistema tributario eficiente, el gasto público se pagó emitiendo deuda, que nunca se pudo devolver, a lo que siguieron una serie de crisis formales, de manera que la mala fama financiera de España fue creciendo y redundando en más crisis, que dieron más mala fama, que ocasionaron más crisis, en un círculo vicioso irrompible.

Tras perder las colonias, España continuó siendo pobre e indigente, lo que, por una parte, impide que se pueda construir un Estado moderno, y por otro, lastra la economía financiera española, que, además, sufre de un atraso endémico durante todo el siglo XIX y la mayor parte del XX. La naturaleza agraria de la “riqueza” española lastró el escaso desarrollo industrial, concentrado en la periferia del país, ocasionando que España tuviera una economía subdesarrollada, típica de cualquier manual de economía.

España, a diferencia de Gran Bretaña (otra vez), nunca supo reemplazar la base agraria tradicional por otra industrial, como apunta el historiador económico Jordi Nadal. España empezó tempranamente, en 1830 y 1840, a industrializarse tímidamente, pero en vano, por el lastre ya mencionado. España estuvo cerca de cumplir algunas de las condiciones esenciales entre 1840 y 1870, pero no llegó a alzar el vuelo, citando a Albert Carreras y a W. W. Rostow. Nuevamente, la agricultura fue una de las causas de este fracaso, por su falta de modernización (complicada por las sucesivas reformas y expropiaciones varias), la falta de una salida al extranjero y los problemas políticos nacionales.

Así, este atraso económico dejó, a principios del siglo XIX, a la Hacienda española en un estado de insolvencia, tal y como señalan Carreras y Tafunell, de manera que el Estado no estuvo en disposición de poder asumir unos gastos que aseguraran su supervivencia política. Como consecuencia de la Gran Depresión, de la Guerra Civil (1936-1939) y de la autarquía impuesta por la dictadura franquista y el consiguiente aislamiento internacional, los niveles de renta no aumentaron en 25 años. Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia recuperaron sus niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial en 10 años.

(continuará)

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Los maestros republicanos

31 julio, 2018

La II República puso en marcha uno de los proyectos educativos más avanzados e importantes de Europa. Sus ejecutores, los maestros de la República. Por enseñar, el franquismo los persiguió, encarceló y fusiló.

La Institución Libre de Enseñanza. Una educación pública, laica y en libertad, en una España analfabeta. Era lo que se propuso la República: enseñar a leer a un pueblo ávido por aprender.

Había que formar a ciudadanos nuevos porque, según Marcelino Domingo, “La República heredó una tierra poblada de hombres rotos”. Además, carencia de escuelas, de maestros. Había 32.680 escuelas y un millón de niños y niñas sin escolarizar, edificios precarios.

Durante el bienio azañista, la reforma educativa renovó la enseñanza primaria, se construyeron escuelas, se crearon miles de puestos para maestros, se permitió la escuela mixta. En el 31, lea tasa de alfabetización era del 15%. En 1936, antes de la guerra, del 26%. n 1930, la tasa de escolarización femenina era del 53% en niñas de 5 a 14 años. En 1934 era del 66%.

La Segunda República se propuso convertir a los súbditos en ciudadanos. Pero estalló la “guerra civil” y los sublevados, no dudaron en comenzar a señalar a los que consideraba “enemigos de la patria”, y especialmente a los maestros republicanos.

¿Por qué se lanzó esta persecución? “Se les consideraba responsables de haber inoculado en la sociedad y en las mentes juveniles el virus republicano. Los maestros estaban muy posicionados políticamente, eran progresistas y de talante reivindicativo”, explica el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Salamanca Francisco de Luis Martín, autor de La FETE en la Guerra Civil española.

Hay otras razones. La segunda, de carácter preventivo. Si no se acababa de raíz con aquellos maestros de espíritu republicano, al nuevo régimen se le iría de las manos la política nacionalcatolicista que pretendía imponer. Y el profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Francisco Morente Valero apunta una tercera: sencillamente había que aplicar un castigo ejemplarizante a los intelectuales en general, que quitara las ganas a cualquier otro de repetir aquel modelo de vida.

Y lo consiguieron. El miedo más terrible se instaló en las escuelas y en las familias de los maestros. Los que no murieron fusilados tras el levantamiento militar pasaron en su exilio interior la más terrible purga profesional. Morente Valero ha contado hasta 60.000 maestros depurados en su tesis titulada La Depuración del Magisterio Nacional, un libro de cabecera en esas casas donde aún guardan la lista pública de maestros depurados, cuando muchos ya habían sido fusilados. Morente explica ahí en qué consistió la depuración.

La maquinaria fascista comenzó una grandísima depuración de aquellos maestros “no gratos” para el régimen. La enseñanza,concitó toda la ira de los franquistas. Maestros y maestras de escuela, profesoras y profesores de instituto… Muchos fueron pasados por las armas, otros forzados a exiliarse. Otros, privados de oficio y condenados a morirse de hambre.

En una primera fase, recién declarada la guerra, son los militares quienes se encargan de peinar pueblos y ciudades en busca de maestros republicanos. “Pedían informes a los alcaldes y por esa vía se destituyó o separó temporalmente de las aulas a muchos de ellos”, explica Morente. A partir de noviembre del 36 la depuración se burocratiza. Se crean comisiones provinciales y se les exige a todos los maestros, a todos, que soliciten su propia depuración como condición para seguir ejerciendo. Después, la comisión les devolvería el expediente, favorable para seguir dando clase, o rechazado y a la calle. Muchos optaron por ir al frente. Pero los demás tuvieron que someterse al criterio de la comisión, formada por el director del instituto, un representante de la asociación de padres, “persona de probada moralidad católica”, un inspector y dos vocales de “solvencia moral y técnica”. Se les pidió que detallaran qué hacían antes y después del 18 de julio, cómo recibieron el alzamiento, sus filiaciones políticas y sindicales, su actividad diaria y privada y que delataran a sus compañeros. Debían acompañar su defensa de los informes del alcalde, el cura, la guardia civil y otros. Toda una defensa sin una acusación previa.

Hubo de todo. Morente ha rastreado minuciosamente los archivos, las listas de maestros depurados, y ha encontrado expedientes que, después de 70 años, mueven a la risa: “Hubo denuncias privadas, de vecinos, en las que se acusaba al maestro de haber tocado el piano en un baile público, por ejemplo”. En un pueblo de Lugo, el alcalde se deshizo del maestro, que no era precisamente de izquierdas, porque en su lugar estaría mejor una señorita católica, de familia decente, como Dios manda. El alcalde adjuntaba en su informe esta posdata, que Jaume Claret, historiador de la Universidad Pompeu Fabra, recuerda más o menos así: “El hecho de que esta señorita sea mi hija no es el motivo de la destitución del maestro”. Efectivamente, la purga buscaba también hacer huecos en las escuelas donde colocar a familiares y allegados. Aunque fueron tantos los que faltaron que muchos curas y algunos militares, hasta 2.500 alféreces, se hicieron cargo de la educación después de la guerra.

A pesar de las variopintas acusaciones que la red caciquil se encargó de difundir, los maestros, muchos de ellos católicos, fueron víctimas de acusaciones y bulos de carácter religioso. Era sencillo. La República puso las bases de lo que iba a ser la escuela laica, de pensamiento libre, y mandó sacar de las aulas los crucifijos que las presidían. Los maestros, en su intachable comportamiento de funcionarios, descolgaron las cruces. Ese fue el pecado que se convirtió en delito.

Después llegó el silencio y el miedo. El hijo de uno de aquellos maestros fusilados, Alberto Barrado, de Malpartida de Plasencia (Cáceres), se acerca ahora tímidamente a aquella historia que le silenciaron. Muerto su padre, la madre afilió inmediatamente a los hijos a la Falange. Por miedo. Por miedo, los profesores del instituto de Boal (Asturias) nunca le dijeron a Hilda Farfante por qué habían matado a su padre y a su madre, los dos maestros. Y por miedo, su tía, también maestra, que la recogió en casa, tapaba con una mano la boca a su sobrina de 5 años mientras levantaba la otra en el balcón ante el desfile de los nacionales. Miedo.

Arximiro Rico, maestro republicano gallego, ejercía en una aldea de lugo. Mártir de la educación pública y laica. Hombre ilustrado, encarnó el progreso en el rural gallego, sometido al poder de curas y caciques, quienes apagaron su luz.

En septiembre de 1937, unos falangistas llamaron a la puerta de casa. Su madre le rogó que no abriese la puerta. Se lo llevaron. Pararon en una taberna abrevar y a él lo ataron a una argolla. Monte arriba, cabalgaron sobre su lomo. Al llegar a la cima, le cortaron los testículos, se los metieron en la boca, le cortaron la lengua y le sacaron los ojos. Sin embargo, aún vivía. Lo molieron a palos y lo cosieron a tiros.

“Es Arximiro, criatura única y ser colectivo, nombre gentilicio de todos los maestros escarnecidos y asesinados por la réplica fascista de Atila, que martirizó a la Galiza republicana entera”, escribió Xosé Manuel Beiras.

Este fue uno de los 60.000 maestros y maestras fusilados por los franquistas.

Y Severiano Nuñez García otro.

La madrugada del 16 de agosto de 1936 sacaron a Severiano de la cárcel de Plasencia (Cáceres) camino de la tapia del cementerio. Un tiro, o quizá más, acabaron con la vida del maestro de Jaraíz de la Vera (Cáceres). No había delito. Su viuda no volvió jamás a pronunciar una palabra. Severiano había nacido 41 años antes en otro pueblo de la provincia, Barrado. Su historia, como sus huesos, se pudría en silencio hasta que un sobrino suyo, maestro jubilado, hijo, nieto y hermano de maestros, ha podido rescatarla. Antonio Sánchez-Marín Enciso se ha encargado de que la casa donde vivió en su pueblo natal luzca una placa que recuerde su nombre, su vida y su profesión de maestro republicano.

En 1977 el Gobierno de la UCD decretó amnistía para los represaliados. Era tarde para los maestros, ancianos muchos, muertos ya la mayoría. Sus familiares, como ha hecho Antonio Sánchez-Marín, se conforman ahora con seguir la pista de huesos perdidos en las cunetas o en las fosas comunes de los cementerios.

Yours truly,
Jack

Preocupante

2 enero, 2017

Hoy, dos de enero, se celebran 525 años desde la toma de Granada por los Reyes Católicos, poniendo, según dicen algunos, fin a la presencia musulmana en España. A tenor de algunos comentarios que leo en Twitter, se me eriza la piel del cogote al ver como una cierta gentuza usa tal efeméride para dividir a España y a los españoles en dos bandos.

Para esa ralea de cainitas, todo el que no celebra tal fecha o hace otras lecturas que difieran de su visión (la toma como acto glorioso de la muy cristiana España, primer acto civilizador previo al Descubrimiento) es un peligroso pijoprogre comunista que conspira para destruir la patria española.

Es decir, que si no comulgas con su pensamiento húnico (es decir, de huno, aunque sospecho que Atila era más progresista y culto que este rebaño de seres descerebrados), eres un comunista. O sea, que para esta caterva de energúmenos, pensar de manera diferente a la suya es anatema.

Curiosamente, estas personas reclaman que ese día, 2 de enero de 1492, España, esa que era un conjunto de diferentes reinos (Navarra aparte) bajo la unión personal de dos monarcas, recuperó sus esencias eternas. Y me pregunto cuales son esas esencias. ¿Son las de los visigodos, desplazados por los musulmanes? ¿La de los hispanorromanos, invadidos y dominados por los visigodos? ¿La de los íberos, conquistados a golpe de pilum por los romanos?

¿Cuáles son esas esencias? ¿Las castellanas, las leonesas, las aragonesas, las navarras? ¿El cristianismo? ¿Cuál, el arrianismo practicado por los visigodos antes de su reconversión? ¿El quemar herejes? ¿El expulsar a los que sean de otra raza y religión, aunque sea a costa de arruinar extensas zonas de tu propio país (cortesía de Felipe III y sus adalides)?

¿Por qué la reconquista es una obra civilizadora al recuperar España de unos invasores “genocidas” mientras que el Descubrimiento no es una invasión en toda regla por parte de los conquistadores, sino otro proceso civilizador? Que le pregunten a aztecas e incas.

No deja de llamarme la atención que los que quieran celebrar tal fecha, tan digna de respeto como el rememorar la batalla de Bailén, la de Covadonga, el nacimiento de Cervantes la muerte de Unamuno, usen un tono de cruzada que trae a muchos el recuerdo del empleado por aquel régimen fundado a base de balas y bayonetas por un gallego bajito de voz chillona y barriga prominente. Que, en el 2017, se apele al “espíritu de la Cruzada”, sinceramente, me hace sentir escalofríos, sobre todo cuando esos mismos se llenan la boca recordando las víctimas causadas por la revolución rusa (de la que pronto celebraremos su primer centenario) y se callen ante las causadas por los conquistadores en América y los inquisidores en Europa.

Ahora mismo este este fanatismo miope me inspira tanto miedo como asco. Porque se empieza descalificando al adversario y luego se le entierra en fosas comunes, que ahora la técnica de fascistas, nazis y comunistas.

Yours truly,
Jack.

De excentricidades propias y ajenas…

23 febrero, 2016

Mi querid@ lector/a,

Hoy vas a leer sobre una de mis excentricidades más curiosas que mis amigos no se explican, pero que me encanta.

Admito que a bote pronto no tiene mucho sentido esto que voy a decir ni lo que viene ahora, de inmediato, pero todo esto que explicaré es una especie de efecto secundario de mis tiempos universitarios. Uno de mis profesores, cuando iba camino de la universidad, escuchaba a Federico Jiménez Losantos y, me confesaba, que escuchando los vitriólicos exabruptos de FJL contra todo lo que no casara con su visión del mundo (la de la Una, la de la Grande y la de la Libre por la Gracia de Dios), se ponía de buen humor. Escuchar las animaladas del inefable FJL provocaba la hilaridad de mi profesor, que llegaba risueño a clase.

Como hubiera dicho Marx si se hubiera dedicado a hacer de exegeta de Sade, “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus perversiones”.

Bueno, pues tantos años después, yo hago algo similar.

Yo suelo leer a Hermann Tertsch, periodista español nacido en el Año del Señor de 1958 dotado de una prosa bien cuidada y poseedor de unos procesos mentales notorios, aunque con una cierta tendencia a ofuscarse cuando se le cruza la política (o el Gran Wyoming) por delante. Como tengo el mismo problema que el señor Tertsch (no con respecto al Gran Wyoming, me temo), diré que puedo entenderlo hasta cierto punto.

Aunque el señor Terstch y yo, ideológicamente, sólo coincidimos en la repulsa que a ambos nos inspiran los extremismos (de izquierda y de derecha), me gusta leerle de vez en cuando. Como he dicho, su prosa me agrada y, cuando su pluma se esmera, que sucede con bastante frecuencia, afortunadamente, me resulta muy interesante e ilustrativo.

Otro motivo para ello son leer sus columnas de opinión, que, como ya he dicho, no se asemejan a las mías, lo que no impide que, alguna rara vez, le de la razón en un 1% de las ocasiones. Las leo por un simple y sencillo motivo: cuando leo uno de esos estallidos incontenibles de su indignación sobre la deriva de España y procede a repartir, cual nuevo Santiago Matamoros, ostias verbales a diestro y siniestro, me produce un efecto catárquico, como los antiguos griegos cuando iban al teatro y se angustiaban y emocionaban con las tragedias. Por ejemplo, en sus últimos escritos en los que analiza a su particular modo sobre el desastre de la situación española (nuevamente coincidimos en la enfermedad, pero no en el remedio) y la compara con la República de Weimar, una de mis pasiones históricas. Y, aunque no esté del todo de acuedo ante el símil, no puedo evitar quitarme el sombrero ante su agilidad mental y su imaginación al encontrar un paralelismo tan interesante, aunque, a mi modo de ver, un tanto exagerado.

Confieso que a veces me falta la serenidad de espíritu o, simplemente, el sentido del humor necesario para leerle. En esas ocasiones dejo al señor Tertsch y sus letras para otro día, para poder disfrutar adecuadamente de sus reflexiones y de los efectos catárquicos que tan bien me sientan.

No deja de ser fascinante que dos seres humanos que viven en el mismo país pueden, ante el mismo hecho, llegar a conclusiones tan opuestas. O, simplemente, diferentes.

Yours truly,
Jack.

Recuerdos de nuestros padres (11)

23 diciembre, 2015

Al primer atraco se fueron sumando otros, todos bajo la misma tónica: entrar a cara descubierta, coger el dinero rapidamente y huir a Francia, donde pasaban una temporada, planeando su siguiente paso. En el país vecino todavía coleaban para algunos los efectos del mayo del 68, y lo que hacían Daniel y los suyos sonaba románticamente aventurero.

Mientras tanto, sus encuentros con los obreros en huelga no cesaban. La crisis del petroleo golpeó a España con dureza a finales de 1975. El nuevo año comenzó con medio millón de trabajadores en huelga en Madrid, Cataluña y el País Vasco, mientras Carrero parecía incapaz de poner fin a los problemas ni a reconocer que aquella España convulsa no era ya la de 1960.

Los chicos eran felices. Habían “conseguido” una imprenta, con la que editaban su propio periódico y panfletos que repartían entre la población. Entregaban el dinero a los obreros, que podían así seguir luchando por sus derechos con la seguridad de saber que sus familias no pasarían hambre. Daniel continuaba dividido. Estaba encantado con lo que hacían, sentía que estaba ayudando a cambiar el país y a combatir la injusticia, pero sus actividades le habían llevado a reducir sus contactos con la familia, que empezaba a desconfiar, sobre todo su madre, de sus extrañas y largas ausencias. Apenas se encontraba con sus amigos, excepto por Silvia, que había sido novia suya y que en esos días acababa de casarse. Era su amiga y confidente, pero ni siquiera a ella le hablaba de su doble vida.

Pese a esto, en general, todo iba bien.

Demasiado.


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