Posts Tagged ‘infidelidad’

Leyendas sexuales (2)

9 diciembre, 2016

“La monogamia asegura la felicidad y la estabilidad”. NO.

La monogamia no otorga nada que no se pueda conseguir fuera de ella.

Pero este mito y el papel de la monogamia en nuestra sociedad está en arraigado en nuestras mentes que todo aquel que se aleje de este modelo sufre por ello, ya sea por las consecuencias sociales de ello como por sus propios complejos.

No tener una pareja a largo plazo es uno de esos estigmas que persigue a todo ser vivo en un momento u otro de su vida. El estereotipo negativo del solterón o la solterona, popularizado en la literatura y en el arte, tuvo durante mucho tiempo un efecto catalizador a la hora de forzar a muchas personas a casarse, no por amor, sino para evitar ser encasillados de tan terrible manera o por temor a la soledad. Para eso cómprate un perro o un gato.

Otro efecto colateral de la creencia monógama es hacernos pensar que,al casarnos, dejamos de tener interés por otras personas. Por ello, si tienes sentimientos sexuales o románticos hacia otra persona que no sea tu pareja, no estás enamorado de
verdad y que la estás traicionado por tu egoísmo. Esta creencia ha costado la
felicidad de muchas personas durante siglos.

Pero casarse no anestesia nuestro deseo sexual ni adormece a nuestros genitales.

¿Es la monogamia la única forma de amor verdadero? Yo no lo creo. Yo la considero como una de las manera de amar, pero no la única.

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Una aventura inocente (relato muy corto)

19 septiembre, 2015

Llevaba, se cumplía aquel día, cuatro años siendo infiel a su mujer. Lo había llevado a ello la monotonía de su vida sexual. Se había hartado del misionero y de las pocas posturas que practicaba y quiso probar algo diferente fuera de casa, aunque sólo fuera una vez. Se aficionó a ello y, de repente, se metió una vida paralela con varias amantes, algunas veces simultáneas, otras de manera sucesiva.

Un día, tras dejar a su amante en la habitación del hotel por horas en el que se encontraban una vez a la semana, terminándose de vestir (era costumbre de él salir por separado), mientras esperaba al ascensor, envió un whatssap a su pareja:

“Reunión terminada. Voy a casa”.

Las puertas del ascensor se abrieron y allí estaba su esposa, leyendo su mensaje.

Al mirarse los dos a la cara descubrieron que, de repente, no les salían las palabras a ninguno.

FIN.

Reflexiones femeninas sobre la infidelidad.

7 junio, 2015

Esta mañana he estado hablando y tomando un café con una experta en divorcios y engaños varios (es abogada matrimonialista), y me ha comentado su visión de las infidelidades.

Ella, que se gana la vida con eso, desprecia profundamente a cierto tipo de infieles, ellos y ellas, y son los que ella denomina “infieles egocentricos”, que, incapaces de asumir su compromiso y su estatus, se dedican a ir flirteando como si estuvieran libres todavía (eso me ha recordado a Sara, una infiel absolutamente inmoral que conocí una vez).

Me ha resultado muy interesante su visión de este tipo de gente porque yo, hasta ahora, simplemente los tachaba de eso, de egoístas, y ella me ha hecho ver que no se trata tanto de su incapacidad parar salir de ellos mismos sino de una mera falta de madurez. Una parte de ell@s nunca va a convertirse en adulto y serán eternos insatisfech@s de la vida.

Lo más terrorífico de lo que ella me explicaba e ilustraba con ejemplos de sus casos es la completa falta de conciencia de algunas de esas personas. Yo he conocido much@s adúlter@s en mi vida, y, salvo escasas excepciones (Sara… ¿otra vez tú?), pocas veces me he encontrado con una persona que no tuviera alguna sensación de culpa o remordimiento. Lo más sorprendente para mí es que las excepciones más extremas, como la de Sara, apenas se producen y, cuando lo hacen, además de darse en personas inmaduras y completamente carentes de cualquier empatía hacia el resto de personas que la rodean, son seres autodestructivos que, a la hora de caer, consumen todo lo que les rodea, sin importar el daño que hagan.

Ha sido una conversación fascinante, por verlo a través de los ojos de esta abogada bregada en tales trances.

Yours truly,
Jack.

De amor y de cuernos (2)

24 mayo, 2015

Hoy mi lectora, mi estimada AvaMaof (con su zasca cariñosorro) y mi malacitalana favorita me han dado motivos para reflexionar… y aquí van.

Dice la catalana más sureña de todas:

“He entrado un momento a leer, y respecto a la infidelidad, en parte estoy un poco de acuerdo con tu cándida lectora, no es posible amar y ser infiel, al menos no amar como yo lo entiendo, claro que es posible amar y follar con otros, pero es no es ser infiel. Pero engañar a la persona que amas, como si fuera un tonto que no es capaz de entender tus deseos… que coño va a ser amar eso!!!”.

Y tiene razón. Este es mi problema, que estoy entre las dos opiniones y reconozco la validez de sus argumentos. Amar y follar con otr@s suena raro, a menos que tu pareja te de permiso. Pero aquí hablamos de infidelidad y de engañar a tu pareja, con la que compartes tu vida. Cierto, es una extraña manera de amar. Pero… ¿quién soy yo para juzgar los sentimientos de otra persona?

Lo que nos lleva al siguiente punto

Yo he estado en esa situación también y entonces también creía que amaba a esa persona, pero solo era egoísta, cobarde y cómoda. Pero es que hasta ese momento tampoco había amado a nadie de verdad y no podía comparar 😉

Me he dado cuenta de que cuando amas, admiras al otro y cómo vas a tratar de idiota a alguien a quien admiras? para mí no tiene sentido. No dudo que le tienes cariño, le quieres, incluso dependes de él para ser feliz, pero amar es otra cosa.

[…] Es que joder, aunque no ames, qué menos que respetar a la persona con la que compartes tu vida? engañar no es respetar, yo lo siento, pero no puedo con eso…

Y de nuevo doy la razón. ¿Se puede engañar y a la vez respetar a la persona amada? ¿Se puede amar y engañar? Según mi malacitalana y mi “cándida lectora” no es posible. Y, debo admitirlo, no suena lógico tampoco desde mi punto de vista. Yo he amado… y engañado, por eso me cuesta condenar a l@s infieles (eso y que tengo una gilipasión por una dama infiel a la que adoro y un golfodeseo por otra, y me fastidia tener que reconocer aunque sea a regañadientes que nos equivocamos los tres).

Por eso voy a hacer algo un poquito hipócrita, que es usar a una infiel a la que conocí para ilustrar lo que mi malacitalana expone aquí tan gráficamente.

Conocí hace un meses a una chica infiel, 32 años, madre de un hijo que le importa algo más que poco y mucho menos que algo, que se casó por el vestido y los regalos y que le pone los cuernos a su marido con completa sangre fría y argumentado que ella es poliamorosa y que no puede dejar de amar a más de un hombre a la vez. ¿Es esta infidelidad justificable? No.

Ella misma desmontaba sus argumentos. Si amas, no ridiculizas a la otra persona. Y no es que ella engañara a su marido, es que se burlaba sangrientamente de sus amantes.

La diferencia entre esta persona y las otras adúlteras que he conocido es que esta mujer es, además de terriblemente egoísta, es muy inmadura. Sorprende comparar a mi sevillana, por ejemplo, que cinco años más joven que esta mujer/niña, por la diferencia entre la madurez de una de y de la otra. Mientras que mi sevillana siempre ha sido consciente de lo “equivocado” de su actitud y se ha sentido mal por engañar a su pareja, esta mujer/niña está felizmente atrincherada en “soy joven y tengo derecho a disfrutar”, lo que justifica todo lo que hace, sin importar los daños colaterales.

Para ella los hombres son un medio para su fin, instrumentos. El marido le da estabilidad, seguridad y posición y los amantes placer y diversión temporal. Y, sobre todo, engordan su ego.

Aquí radica la diferencia que trazo entre unas y otras personales infieles. Mientras que todos los infieles sufrimos de un cierto grado de egoismo, los hay que tienen conciencia y los hay sin una pizca de humanidad en el cuerpo. ¿Qué madre en su sano juicio dice de su hijo “le quiero, ¡pero el pobrecito es un maldito incordio que recorta demasiado mi libertad de movimientos!” y se queda tan tranquila?

He puesto el caso extremo de esta adultera no como regla general de las personas infieles. No todos son así. No todos hemos sido así. He puesto este ejemplo para ilustrar la pieza clave del rompecabezas: a la inmadurez hay que añadir un alto grado de egocentrismo. Quizás lo uno siempre va ligado a lo otro.

Yo, si tengo que escoger a dos infieles, siempre me quedaré con la que siente culpa, porque siente. El resto…

Yours truly,
Jack

De amor y de cuernos.

23 mayo, 2015

Hoy me sonreía replicando a una lectora un largo email (a la altura de su largo comunicado-consulta-regañina).

Ella, que se confiesa candorosamente joven (y lo eres), me refuta desde su óptica, mis reflexiones sobre la infidelidad (ella está maravillosamente enamorada de su novio de toda la vida). Al replicarle, he decidido quedarme esta pequeña reflexión para este rinconcito mío.

Me ha sorprendido su “simplista” (mil perdones por la expresión) modo de ver el amor y el sexo, y yo le he recordado que existe el sexo sin amor, el amor sin sexo, el amor con sexo y hasta la amistad con amor. Ella no tiene claro esto último, pero todavía tiene menos claro la infidelidad, que es donde nos estamos “zurrando” mútuamente, con gran placer por mi parte.

Me gusta leer lo claro que tiene su teoría del amor y del sexo, y no he podido evitar una maliciosa réplica cuando he leído “yo no concibo caso alguno por el que yo fuera a ser infiel”. He replicado sin dudar “ah, eso es por que no has tenido la ocasión… o porque no me has conocido en persona”.

Lo admito, a veces soy un diablo creído y perverso.

Me sonrío, no puedo evitarlo, cuando me dice que “es imposible amar a tu pareja y serle infiel”. Claro que se posible. Una cosa es amar y otra es tener deseos sexuales por otras personas, querida mía. Ella dice que no. Lo respeto, pero no puedo evitar atribuirlo o su temprana edad y a la educación recibida. Se puede, vamos que sí. Otra cosa es que no nos haga falta o no queramos hacer uso de esa opción.

Me gusta su claridad de ideas, la firmeza con la que las defiende y me enternece lo que percibo como “falta de experiencia”. Me alegra comprobar que aún hay gente en el mundo menos pragmática (cínica, dice ella) que yo. Me divierte cuando advierto un tono redentor en sus palabras, que me enternece. Aún tengo posibilidad de volverme “bueno”.

Pero es que yo soy un cínico en el sentido clásico, querid@ lector/a.

No puedo, ni quiero, dejar de serlo. No aguantaría el mundo si fuera de otro modo.

yours truly,
Jack

Historia de dos necios, de ruido y de furia (2)

4 mayo, 2015

Segunda parte.

Tenían algo parecido a una costumbre, que era encontrarse siempre en el mismo lugar casi a la misma hora. Uno se llamaba Gabriel, el otro Juan.

Juan era tan arrogante y extrovertido como Gabriel sencillo y silencioso. Si a Juan le sobraba desvergüenza, Gabriel, simplemente, no tenía.

Eso era obvio aquel día. Bajaban por el gran paseo de la ciudad, Gabriel angustiado por su “eterno” problema, enfunddado en sus ropas de aspirante a “hipster”, su rostro de mirada alegre y poblada barba. Juan, delgado, de ademanes imperiantes y secos, con las manos en los bolsillos de su abrigo, su aire pretendidamente bohemio y la mirada al frente, le escuchaba. Su rostro no mostraba el aburrimiento que le ocasionaba escuchar la misma historia por décima vez consecutiva. De hecho, sus ojos parecían gozar de la mera vista de la ciudad iluminada por los escaparates en aquella tarde-noche de invierno.

-Si esa mujer sientes que te torea o que no tiene las cosas claras -le dijo por fin, aprovechando un silencio en el que Gabriel emmudeció para tragar aire-, olvidate de ella… ¿cuántas veces te lo llevo dicho, por cierto?

-¡Muchas! Pero es que si la dejo ir…

-¿Qué?

-Me quedo sin nada… -al decir esas palabras Gabriel se maldijo por sonar tan patético, tan cobarde, tan miserable. Si Juan se había dado cuenta tanto de su vergüenza como de su patetismo, parecía disimularlo. De hecho, lo ignoraba alegremente. Le molestaba tanta automisericordia.

-Por favor… -le replicó Juan, con un cierto asomo de impaciente hartazgo en la voz- A ver… eres un hombre atractivo, inteligente, con un cierto encanto… si NO FUERAS TAN JODIDAMENTE LLORÓN Y SENSIBLORRO serías perfecto. Pero de todos modos eso no es el problema, porque hay mujeres a las que eso también le gusta. El fallo está en otra parte, y que me jodan si se dónde.

-Eso también me lo has dicho…

-…unos cuantos cientos de veces -resopló Juan, con una mueca de fastidio en los labios-. Es agradable saber que lo que te repito día a día se te queda algo… -su sonrisa dejó de ser desagradablmente sardónica y se suavizó. Después de todo, Gabriel no tenía la culpa por ser tan inseguro-. En fin, algo podremos hacer contigo. Lo primero, dale puerta si las cosas están así de mal entre los dos. DE UNA PUTA VEZ -y luego, con voz más suave, añadió-, por favor…

-Ya… ya…

-Y si la pierdes ya saldrá otra, hombre. Hay cientos, miles de mujeres en el mundo. Alguna tiene que estar lo suficientemente desesperada para enamorarse de tí, hombre.

-¡Gracias, pedazo de cabrón!

La carcajada de Juan resonó en la calle mientras miraba risueño a Gabriel, cuyo rictus era a medio camino una sonrisa y una expresión exasperada.

-Claro… como tú no tienes problemas para ligar…

-Que no tengo problemas, dice… -contestó con una media sonrisa Juan… Déjame que te explique una de mis peores meteduras de pata…

Continuaron caminando, paseo abajo.

Historia de dos necios, de ruido y de furia (1)

2 mayo, 2015

PROLOGO.

“Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”. Muy presente tengo estas palabras mientras escribo esta tragicomedia, que bien podría haberse titulado “los amantes de Teruel”, porque los implicados eran, de puro tonto, un caso perdido.

Ella, por su parte, era tonta de tan lista.

Primera parte.

Uno era un cínico que deseaba y temía dejar de serlo; era un egocentrico que quería ser buena persona y estaba siempre perdido entre la realidad y la teoría. El otro era una persona acomplejada e insegura que aspiraba a ser alguien diferente a quien era. Los dos, de manera diferente, intentaban no ser ellos mismos y, cuanto más lo intentaban, más lo eran. No podían escapar de ellos mismos.

Ella era bella como Lucifer antes de la Caída, En apariencia estaba muy segura de sí misma, aunque sólo era disfraz para su puro egocentrismo. En realidad, era tan frágil como ellos. Esa fragilidad le hacía ser temerosa, y, para cubrir esta debilidad, era cruel. No era mala, simplemente era humana.

Que ellos dos, débiles, cobardes, ingenuos, ilusos, egoístas y orgullosos, se conocieran fue un pequeño desastre que no hubiera debido de tener consecuencia alguna. Al aparecer ella, que era su igual en debilidad, cobardía, egoismo y orgullo, sólo era cuestión de tiempo antes de que el tren descarrilara.

Puede decirse que esta historia empezó tres veces. Una, cuando el azar puso en contactos a los dos chicos. La segunda, al ser nombrada ella. La tercera, cuando ella cobró vida.

La infidelidad (IV)

19 abril, 2015

Por experiencia propia y ajena me llama la atención una curiosa paradoja que se convierte en dicotomía en las infidelidades: el papel de la sinceridad y de la falsedad en la relación.

Un adúltero que conocí me dijo una vez “¿Que tu amante te sea sincera? ¿Eso esperas? ¡Si engaña a su marido, qué no te va a hacer a tí, so idiota!”

Por mi experiencia, como digo, la sinceridad se vuelve una especie de campo de minas en una relación con una persona infiel. Si engaña una vez, puede engañar ciento, piensa el amante. Pero no queda otra que confiar.

Voy a poner dos ejemplos de dos mujeres infieles que pasaron por mi vida, una durante dos años y la otra apenas una semana.

La primera de ellas, una mujer de los pies a la cabeza a pesar de su juventud (en mis brazos cumplió los veinticuatro), me enseñó (irónico, el maestro siendo el aprendiz) unas lecciones valiosísimas sobre la vida y el amor. Me recordó aquello tan vital que es que la intención se demuestra con las acciones; que la sinceridad no está en las palabras, sino en los actos; y que la confianza no es un tributo, sino un premio, y que una vez perdida no vuelve jamás. Fiel a esa regla, me lo demostró día a día. Prueba de ello es que fuimos amantes durante dos años y que todavía, a día de hoy, la adoro. No fue perfecta y alguna vez se saltó la norma, igual que todos hacemos más de una vez.

La segunda es una mujer todavía por hacer a pesar de sus treinta y pocos años. Por lo que he podido ver de su carácter para ella la sinceridad existe per se, como una especie de “aura” intangible, casi mitológica, que lo rodea todo, incluso cuando los actos desdicen tal creencia. No parecía entender que la confianza se ha de demostrar, ni entender que la sinceridad no es un privilegio ganado por derecho divino, ni siquiera y por ser quienes somos, ni siquiera asimilaba que la confianza no es una venda que ciega. Que la duda no sirve para construir siquiera una amistad era un concepto fuera de su comprensión.

¿Qué conclusiones se pueden sacar de todo esto? Pues las mismas que en la vida real, salvo que, por la mera naturaleza de la infidelidad misma, la única manera de demostrar quienes sómos realmente es por nuestras acciones más que por nuestras palabras.

O dicho de otra manera: lo que ya sabías, querid@ lector/a.

Yours truly,
Jack.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (8)

25 marzo, 2015

¡París!

Ir a París era uno de mis sueños, una de mis necesidades vitales. Acababa de cumplir los 19 cuando aterricé en la Ville Lumière y pretendía borrar los sobresaltos y desgracias del divorcio de mis padres siendo feliz allí. Quizás ese ha sido el gran motivo de mi vida, ser feliz. A veces, de manera egoista, lo he perseguido de manera inexorable, a costa de todo. Quizás demasiado.

París era el mito, la ciudad de D’Artagnan y de Camus, de Catherine Denueve y Alain Delon, de Mauràs y de Robespierre. del mayo de 68 y del Molin Rouge. Era, también, mi primera vez “a solas” con el mundo.

Llegué una luminosa tarde de junio a la gare de Austerlitz. Mi abuelo materno había insistido en darme un dinero extra porque “se vive mejor si se está libre de preocupaciones” y me compró, además, el billete de ida y vuelta. Me encaminé, lleno de juvenil alegría, a la que sería mi casa, situada (¿cómo no?) en el Barrio Latino. Dejé las maletas allí, tras presentarme brevemente a mis compañeros de piso y salí disparado a conocer la noche.

Dos días duré en aquella casa. El tiempo que tardé en conocer a una bella chica, enamorarme como un gilipollas de ella y mudarme a su casa.

¿Hace falta decir que no me pude equivocar más?

Con ella y sus amistades pasé varias semanas de goce, de puro disfrutar de París, de gozar impúdicamente de su diversiones con la ceguera egoista de mis jovenes años. Por las tardes me paseaba buscando librerías, museos y monumentos, por las noches me lanzaba con ella a descubrir el París golfo y canalla y por las mañanas dormía, felizmente cansado, a su lado.

Un tarde de mediados de junio, ella me montó una escena de celos espectacular, con lanzamiento de maletas por la ventana incluídas. Me sorprendieron dos cosas: la indiferencia de la gente y la potencia de los pulmones de ella. ¡Que gritos!

Sospecho que aquel fue el momento en el que nació mi alergia por los celos…

Mi desgracia fue que tardé menos de media hora en encontrar otra vivienda, comida… y compañera de correrías. Estoy seguro que, si me hubiera tenido que espabilar, no hubiera sido mi aventura parisina tan desastrosa como fue. Pero no, una vez más la solución me cayó en las manos sin buscarla siquiera. Esa fue mi desgracia.

La escena había sido tan dantesca que, si bien el vecindario pasó olimpicamente de lo que sucedía, algunos viandantes no lo hicieron. Una de esas personas fue una mujer, de largas piernas, a la que llamaré Marianne. Tenía unos 35 años, y, como me enteré luego, era lo que hoy en día denominaríamos una devorahombres. Ahíta, supongo, de carne masculina, debió pensar que yo podría servirle, aunque, estoy seguro de ello, sabía que yo, más que un hombre, era un bambi algo crecidito.

No mentiré diciendo que me dejé seducir por su encantadora sonrisa y que me creía su oferta “sincera” de ayuda y que me agarré a ella para salir del mal paso. Poéticamente hablando: Y UNA MIERDA.

Que no. Que fue ver aquellas piernas y el ligero que se insinuaba por debajo de la falda, aquella cara con aires de Catherine Denueve y el pedazo de Mercedes 450SL a cuyo volante se sentaba y liarme la manta a la cabeza. Ella, al escuchar mi francés con acento español, mi cara de Bambi atontado y verme en tal tesitura decidió que, ya que pasaba por ahí, tanto le daba llevarme a su casa y adoptarme como mascota que seguir de largo.

Así, de esta manera, me metí en una de las tragicomedias más absurdas de toda mi vida. Y mira que las he tenido absurdas, querid@ lector/a.

La dama vivía en un lujoso apartamento situado casi al lado de la Avenue Foch. Compartía piso, eso lo supe al momento, con un gato gris perla con instintos cabronísimos, con un perro San Bernando aquejado de la enfermedad del sueño (nunca lo ví despierto) y con un marido ausente, cuya existencia tardé en descubrir un poco.

Me buscó enseguida alojamiento. Su piso tenía un atico adosado al que se llegaba por una escalera interior y al que yo me retiraba después de cenar. Que cenáramos a las siete de la tarde no me llamaba la atención. Y que para salir del ático, si no era en el horario convenido, tuviera que hacerlo por una escalera de incendios estilo película americana de los 70 tampoco me alarmó.

¿Te queda claro ya, querid@ lector/a, que yo era tonto cum laude por aquel entonces?

Al final pasó lo que tenía que pasar. Que, estando una tarde en sus brazos y entre sus piernas, yo descubriera la existencia de su marido y él la mía. Admito que la escena fue harto chocante porque el hombre, de sus cuarenta y pico, salvo ponerse rojo como un tomate y tartamudear no hizo nada. La dama, con una sangre fría que todavía me impresiona, se lo explicó todo, para luego, muy educadamente, hacerme ver que me tenía que ir, cosa que hice, por supuesto, sin dudar y con una cierta prisa y no poco pena, pues la dama era buenisima haciendo… compañía.

Y así fue como me encontré, por segunda vez en un mes y medio, con las maletas y sentado en la puta rue, como dijo el poeta. Y esta vez sin dama auxiliadora al rescate. Por suerte, tenía dinero. Por desgracia, no me iba a durar mucho. Por fortuna, los hados no me abandonaron entonces.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (5)

20 marzo, 2015

Desde mi más tierna infancia me ha gustado tanto leer como escribir. Fue, de todos mis vicios conscientes, el primero en aparecer.

Todo comenzó a raiz de un problema de vista que sufrí de pequeño, consecuencia del parto complicado (el carnicero de médico, que casi nos mata a mi madre y a mí, me dañó un nervio óptico con los forceps y me dejó un par de cicatrices en cabeza y cuello) del que mañana se cumplen ya la friolera de 42 añitos.

Tenía que hacer ejercicios para “forzar” mis ojos a ver. Y entre esos ejercicios estaba escribir. Empecé a escribir historias cortas y, antes de que nadie se pudiera dar cuenta, hasta pequeños cómics. Así nació la pasión que, con los años, me llevaría a crear este blog.

Mujeres y libros… ¿una buena combinación, no te parece?

Hasta los dieciseis no tuve mi primera relación sexual completa. Fue por una tontería, y nunca mejor dicho. A dicha edad tonteaba con la hija de unos vecinos, amigos de mis padres, y pasaba casi tanto tiempo en su casa como en la mía. Era ella, la madre, Mari Carmen, la peluquera del barrio (sí, como el clásico mito erotico), y había mucha confianza entre nosotros. De hecho, ella y no mi padre fue la que me enseñó a afeitarme. Sí, paradojas de la vida que ilustran el grado de dejadez paternal de aquel hombre.

Hasta el día en el que todo se puso en marcha nuestra breve relación no eramos más que amigos y vecinos. El suyo era una caracter chispeante (me parece recordar que tenía algo de sangre andaluza, y se le notaba en esa alegría de vivir). Cuando su hija y yo dejamos de tontear y regresamos a nuestro papel de amigos de la infancia todo siguió igual entre nosotros.

Hasta el día de autos. Era uno de esos días veraniegos tórridos de Barcelona, de calor pegajoso y asfixiante. Había empezado de maravilla. Mi madre trabajaba en aquella época y también mi padre, de manera que yo me quedaba solito en casa y tenía plena libertad para burrear y gandulear todo lo posible, jugar con el PC (tenía un simulador de vuelo que me traía loco) y, en pocas palabras no hacer nada.

Hasta que pasó de todo. Mari Carmen vivía en la escalera de enfrente, de manera que cuando se lió todo yo, que me estaba preparando un bocata en en la cocina, pude verlo. Por el patio interno del edificio pasaban buena parte de las conducciones de agua, luz, gas etc. Pues bien, sin que yo sepa a santo de qué pasó aquello, de repente de repente la casa de Mari Carmen se quedó sin luz e inundada en un santiamén. Escuché con pasmo su voz maldiciendo con su colorido y truculento vocabulario. No dudé: salí disparado a ver que pasaba.

Aquello era como Titanic pero sin bloque de hielo ni Leonardo di Caprio. La de cubos de agua que vaciamos aquel día en la bañera… acabamos los dos empapados con tanta agua y tanto sudor. Sus hijas, tan pronto desapareció la última gota de agua, salieron disparadas por la puerta y ya no se las vió hasta la hora de la cena. Nos quedamos solos, sudorosos y cansados. Nos fuimos al a cocina a beber un vaso de limonada y, del mismo modo que el agua se adueñó de la casa, ella me plantó un soberano beso en los labios y… digamos que empezamos a entrar en materia en la misma cocina…

Así comenzó una relación que duró, exactamente, catorce días. Ella la empezó y ella le puso fin. Me explicó el cómo y el porqué, y una multitud de detalles excesivos que no necesitaba conocer yo, o eso me parece. En su cama aprendí los rudimentos básicos del sexo y en sus sábanas se me metió en la piel una fascinación por los montes de Venus poblados y por los pechos grandes (así eran los suyos, grandes, pesados, de negro y enorme rosetones cercando sus pezones) que no me ha abandonado desde entonces.

Esta fue, de paso, mi primera relación con una mujer casada y la primera vez que tuve que mirar a un marido engañado a la cara, tragar saliva y disimular. También fue la primera vez que tuve que ocultarle algo importante a mi madre.

¿Entiendes ahora, querido lector/a, por qué nunca podré condenar a un/a infiel?


Oh, Loth.

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