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La extraña muerte de Buenaventura Durruti (1)

26 febrero, 2018

La muerte del mítico líder anarquista José Buenaventura Durruti Domínguez sigue siendo hoy uno de los grandes enigmas (si no el mayor de todos) y de los más ponzoñosos de la Guerra Civil Española.

El más popular de los jefes del anarquismo español y de la CNT había nacido el 14 de julio de 1896 en León. Tras contribuir a derrotar la sublevación militar en Barcelona, cansado de las disputas internas y el desgaste del Comité de Milicias Antifascistas (de la cual era jefe del departamento de transportes), decide ir al frente con el bando republicano, para liberar Zaragoza, otro gran núcleo urbano anarquista que se hallaba en manos de los sublevados. Se forma entonces la famosa columna Durruti, que sale de Barcelona el 24 de julio de 1936. Lastrada por la falta de experiencia de sus milicianos, la columna, que no dispone de suficientes armas y menos aún de artillería, no puede recuperar Zaragoza y, en su lento avance, va liberando todos los pueblos por donde pasaba. En ellos los campesinos se ven libres para hacer la revolución: se expropia a los terratenientes de sus tierras, que se colectivizan, se suprime la propiedad privada y se instaura el comunismo libertario.

En noviembre se reclama que la columna acuda a defender Madrid de la ofensiva de las tropas sublevadas. Allí encontrará la muerte Durruti, que cae abatido el 20 de noviembre de 1936, unas horas antes de que José Antonio Primo de Rivera fuera fusilado en Alicante.

Trasladado al hotel Ritz, que se había convertido en el hospital de las miliicas catalanas de la CNT, le atiende el doctor Manuel Bastos Ansart (1887-1973). Bastos Ansart era un “pata negra” de la medicina española. Licenciado a los 19 años, fue profesor auxiliar de Patología quirúrgica en Madrid, encargado de cátedra, médico de la Casa Real y de la Beneficiencia General del Estado, además de fundador y presidente honorífico de la Sociedad Española de Cirugía Ortopédica y Traumatología. Al finalizar la guerra sería “depurado” por las autoridades franquistas por haber “auxiliado a la rebelión”, siendo sentenciado a la pena de doce años y un día.

Como él mismo recuerda en sus memorias, durante uno de los bombardeos a los que era sometida la ciudad, se le acercaron un grupo de milicianos para que “visitara a un importante mandamás que estaba en otro hotel-hospital” (Bastos Ansart, además de operar en el Ritz también lo hacía en el Hospital Quirúrgico número uno, de la CNT también, instalado en el vecino Hotel Palace.

Sin percances logra llegar hasta el herido, que se encuentra en la habitación número quince del Ritz y, tal y como comenta el mismo doctor, “los que le rodeaban no se recataron en darme a entender que habían sido sus propios secuaces los causantes de la herida“. ESta atravesaba horizontalmente la parte alta del abdomen y lesionaba importantes visceras. En resumen, era una herida mortal y Durruti falleció pocas horas después.

Y añade posteriormente Bastos Ansart que pocos días antes había sucedido “un hecho parecido, esto es, el atentado personal de un malvado contra su jefe de mesnada“. Es decir, el doctor sospechaba que un miliciano a las órdenes de Durruti había sido el responsable de sus heridas.

Este testimonio deja en evidencia como falsa la versión oficial según la cual Durruti había sido víctima de un disparo procedente de las tropas fascistas que habían tomado el Hospital Clínico y disparaban desde lo alto, lo cual fue alimentado por la propaganda para evitar que tal noticia tuviera impacto sobre la moral de los defensores de la Ciudad Universitaria.

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La Guerra de Sucesión Española (9)

29 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1710 -2-

El chantaje de Stanhope

Con Felipe V huído a Madrid y el marques de Bay intentando reagrupar sus fuerzas en Navarra, los aliados dudaron. Starhemberg y Carlos querían acabar con Bay antes de que se pudiera recuperar, tomar Navarra y llegar al golfo de Vizcaya, cortando las comunicaciones felipistas con Francia. Pero Stanhope se negó. Reflejando la desgana inglesa a seguir la guerra, declaró que las tropas británicas no tomarían otro camino que el de Madrid. Una vez allí, considerarían cubierta su misión de poner a Carlos en el trono español, aunque la guerra siguiera, y se volverían a casa.

Así pues, ante tan ruin y cobarde coacción no le quedó más remedio a Carlos que ir a Madrid, sabiendo que a corto plazo perdería a los efectivos ingleses, mientras que si iba a Navarra tal perdida sería inmediata.

Starhemberg, que sabía lo temeraria que era tal empresa, pues la población castellana era mayoritariamente hostil a Carlos, además de alargar excesivamente las líneas de comunicaciones junto al modesto tamaño de su ejército -guarnecido Aragón sólo le quedaban 18.000 soldados- se preparó para lo inevitable. Cierto era que Bey sólo disponía de 9.000 hombres, y que el camino de Castilla estaba libre de fuerzas regulares enemigas. Pero también era cierto que, contando los borbónicos con un ejército netamente superior, concentrar fuerzas superiores numericamente a las austracistas era sólo cuestión de tiempo.

Mientras tanto, se tomó Tudela y se marchaba sobre Pamplona, enviando Luis XIV al mariscal de Monrevol para reforzar dicha plaza, al ver que otro frente se la abría peligroso. Viendo que atacar Pamplona se podía convertir en un largo asedio, y ante el chantaje inglés, Carlos se decidió por marchar sobre Madrid. Las fuerzas aliadas entraron en Castilla sin oposición abierta, y el 20 de septiembre estaban en Madrid, sin encontrar resistencia hasta el momento. Pero mientras tanto la reorganización felipista se había ido desarrollando, encabezada por Vendome. Madrid cayó el día 23, entrando Carlos el 28, en un ambiente hostil y frío, sin encontrar demasiados apoyos, salvo algunos aragoneses prisioneros de Felipe y un militar que habría de alcanzar gran fama en el futuro, Antonio de Villarroel, que inicialmente había luchado en el bando felipista hasta la caída del duque de Orleans. Retirado desde entonces en Galicia, había salido de este para unirse al bando austracista en ocasión de su ofensiva.

Starhemberg, por su parte, no se hacía ilusiones sobre la perspectiva de mantenerse en Madrid, tanto si contaba con los ingleses como si no. Su único recurso era enlazar con Portugal, cortándose en dos a sus enemigos, pero Vendome ya había previsto este movimiento y había emplazado a Bay en la frontera portuguesa para inmobilizar a Galway. Conseguido esto, Vendome se puso en marcha reuniendo sus fuerzas, agrupando 27.000 hombres en sus filas. Con esta ventaja numérica, pasó al ataque. En este momento Starhemberg ordena la evacuación, y comienza la retirada a principios de noviembre. Ante este fracaso, Stanhope no volvió a hablar de marcharse de la guerra y se retiró con el príncipe, que llevó al ejército hacia el sur, mientras Carlos marchaba a Zaragoza. Starhemberg intentaba mantener algunos territorios en Castilla, para lo que se estableció en Toledo, pero la presión de Vendome le hizo desistir y retirarse, procurando evitar una batalla que sabía que no podría ganar. Por ello se efectuaba la retirada en columnas paralelas, para afrontar los problemas de aprovisionamiento.

Y nuevamente Stanhope arruinó todos los planes austracistas, con fatales consecuencias, pero sin mala intención -al menos, no esta vez- Preocupado por las problemas de aprovisionamiento, Stanhope decidió retirarse hacia Brihuega, separándose de Starhemberg. Éste, nada complacido por la imprudencia del inglés, aceptó reunirse con éste en Cifuentes, donde se reagruparían para completar la retirada.

La batalla de Brihuega

Vendome no tardó en enterarse de la imprudencia de Stanhope. Dispuesto a asegurarse que el enemigo abandonaba Castilla, y viendo tan clara la ocasión, no perdió un segundo para atacar. Destacó a su caballería en un galope desenfrenado contra Brihuega para rodearla y asegurar el puente del Tajuña, mientras la infantería seguía el mismo camino a paso ligero. El amanecer desveló a los ingleses su apurada situación, mientras la infantería borbónica continuaba llegando tras tan larga y forzada marcha. Hacia la tarde, un oficial inglés llegó a Starhemberg para avisarle de la situación. En ese momento, Stanhope, con 4.000 hombres, se enfrentaba a 20.000 soldados enemigos.

A la mañana siguiente llegó la artillería española, que no había podido acelerar su marcha. Con ella legó Felipe V y, apenas instalados los cañones, comenzaron un bombardeo violentísimo, seguido, a las 3 de la tarde del 8 de diciembre de 1710, del asalto general de las tropas de Vendome. Los británicos, pese a sus malos mandos, exhibieron un coraje y una serenidad excepcionales, que fue compartido por su general. Stanhope y sus hombres se batieron durante 4 o 5 horas, luchando casa por casa, resistiendo heroicamente contra la superioridad enemiga y la sublevación de la población. Finalmente Stanhope puso fin a la carnicería a la tarde, frente a la inutilidad de su resistencia, capitulando sin condiciones.

La batalla de Villaviciosa

Mientras se producía el desastre inglés, Starhemberg marchaba al encuentro de Stanhope con todas las columnas de su ejército, llegando el día 10 a Villaviciosa. Starhemberg, consciente de que para entonces toda resistencia británica debía haber concluido, perdida la oportunidad de atrapar al enemigo entre dos fuegos y compensar así en parte la desventaja numérica, decidió retirrse, pero el faltó tiempo. Vendome, que le esperaba, atacó con decisión.

La batalla fue muy violenta, en un terreno roto que impedía ver la batalla en conjunto. Tan violenta fue la batalla, tan confusa y rota, que al caer la noche ambos bandos se creyeron derrotados, llegando Vendome a retirarse ligeramente y algunos generales aliados a hablar de la posibilidad de rendirse. Starhemberg, que parece que fue uno de los pocos en darse cuenta de los efectos de esta batalla, y con una bajas que le dejaban aún en peores condiciones de desventaja, se retiró ordenadamente a Zaragoza, a donde llegó el 23 de diciembre.

Caída definitiva de Aragón

La certeza de la superioridad felipista marcó la entrada de Vendome en Aragón, ataque que hizo que Starhemberg se retirara, sin poder invernar en sus cuarteles de invierno en Zaragoza, limitándose a dejar retaguardias que retrasaran el avance enemigo. Noailles, por su parte, apoyaba el ataque con una nueva ofensiva en Catalunya, asediando Girona el 15 de diciembre, rindiendose la plaza el 25 de enero de 1711.

Finalmente, el 5 de enero de 1711 llegaban los restos del ejército aliado a Balaguer, punto de partida de la fallida ofensiva.

La Guerra de Sucesión Española (4)

24 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1706

Gracias a las grandes reservas de Francia, 1706 no empezó tan mal como lo hubiera sido en otro caso. Aprovechando la relativa calma del año anterior, Luix XIV había aprovechado para activar preparativos y concentrar efectivos en los diversos frentes, lo cual permitió que, en España, Felipe V contara con ejército nutrido por la generosa aportación castellana y la eficacia de los técnicos franceses. Pese a todo, pese a sus ambiciosos planes, no todo saldría como estaba previsto.

Operaciones fuera de la península ibérica.

En mayo comenzó la ofensiva francesa en Flandes, concluida por el mariscal Villeroi. Después de unos días de avance llegó a Ramillies, donde Marlborough, haciendo uso de su genio y resolución, le destrozó con fuerzas sensiblemente inferiores. El desastre fue tal que el frente francés se derrumbó y Marlborough ocupó Amberes y Bruselas facilmente. Sólo la llegada de refuerzos salvó la situación. Villeroi fue destituido y le reemplazó el prestigioso Vendome. Por su parte, Villars lanzó una moderada ofensiva en Alsacia, consiguiendo anular la penetración enemiga en el Rhin.

En Italia, Turín fue asediado para dar un golpe mortal al duque de Saboya. La Feuillade, nuevo jefe francés, era poco apto y excesivamente orgulloso, y cayó victima del genio estratégico del príncipio Eugenio de Saboya, generalísimo austríaco, que levantó el asedio y puso en fuga al francés, que perdió todo el Milanesado. El frente de Italia, que era el que mejores auspícios tenía para Francia, quedaba invertido de este modo.

Operaciones en la península ibérica.

Felipe V, tras dejar al conde de Torres cubriendo el frente valenciano, atacó personalmente Barcelona, considerado como el corazón de la rebelión. Reuniendo 10.000 soldados sacados del frente de Portugal, se puso en marcha. Al entrar en Aragón fue recibido con hostilidad, encontrando una fiera posición en los aragoneses, que, sin embargo, carecían de los medios para oponer una resistencia organizada. Los franceses cruzaron el país y se establecieron cerca de la frontera catalana, donde se les unía a principios de marzo el mismo Felipe y otro ejército, al mando de Asfeld. Simultáneamente penetraba el duque de Nosilles desde el Rosellón y una flota, al mando del duque de Tolosa, se disponía a intevenir.

En tal situación el archiduque Carlos se negó a abandonar Catalunya, pese al avance felipista. Caida Figueras en manos de Noailles, este atacó Girona, que resistió el embate, por lo que Noailles pasó de largo. Felipe, por su parte, obsesionado con capturar a su rival, se puso en marcha hacia la ciudad condal, llegando antes incluso de que se pudiera organizar la resistencia de la ciudad, que se nutrió de refuerzos heterogéneos llegados de todas partes, tanto catalanes como anglo-holandeses.

Primer asedio de Barcelona

El 2 de abril llegaron las vanguardias felipistas frente a Barcelona, llegando el grueso al día siguiente, junto a las tropas de Noailles. En total, 25000 soldados. El mismo día 3 se lanza un asalto masivo contra Montjuich con 12000 soldados. Los combates, encarnizados y a la bayoneta calada, contaron con la participación de la milicia de la Coronela y de no pocos barceloneses, finalizando con la retirada felipista y el triunfo espectacular de los defensores, que sólo sirvió para exarcebar los ánimos de Felipe V.

Los días 7 y 8 se reanudaron los asaltos en masa contra Montjuich, fracasando nuevamente. Por ello, se suspendieron estos ataques, siendo reemplazados por ataques sucesivos contra los reductos exteriores con buena preparación artillera mientras la flota francesa cerraba el acceso al puerto, a la par que bombardeaba la ciudad.

Cuando la situación parecía más angustiosa tras la caída de Montjuich el 25 de abril, una flota británica rompió el bloqueo naval el 7 de mayo, desembarcando una fuerza auxiliar de 6000 soldados. Ante esto, Felipe optó por la retirada, al carecer de apoyo naval. Como los caminos de retirada por Aragón estaban cortados, se optó por seguir el camino de Francia, que Noailles mantenía bajo control. En la retirada se quedaron detrás 190 cañones y 27 morteros, que, junto a las 6000 bajas sufridas, eran el pobre balance de la expedición.

Ofensiva aliada en España

La concentración de tropas en Catalunya estuvo a punto de causar el desastre de la causa felipista, pues la línea de Portugal quedó desguarnecida, lo que permitió que los aliados cruzaran la frontera y tomaran Badajoz a finales de marzo. Berwick, escaso de efectivos, sólo podía dedicarse a ganar tiempo y a esperar la llegada de refuerzos. En esto contó con una valiosa ayuda: la indecisión y lentitud de Galway, que en lugar de avanzar directamente, se perdió en marchas y detenciones que sirvieron para dar el tiempo que tanto necesitaba la causa borbónica.

Para cuando Galway se puso en camino ya era tarde. Tomó Salamanca el 6 de junio, pero para entonces el ejército borbónico fracasado en Barcelona ya estaba concentrándose en Burgos. Berwick, por su parte, se retiraba lentamente, ganando tiempo. Entonces Galway cometió el siguiente error: tomó Madrid y allí se quedó inmóvil. Por su parte, Carlos llegaba a Zaragoza, y, con lentitud, avanzó hacia Madrid para enlazar con Galway, el cual salió hacia Guadalajara para esperar al archiduque, después de lo cual acabarían con Berwick.

Tantos retrasos permitieron que los borbónicos reunieron 30.000 hombres dispuesto para el combate, con plena superioridad de medios. Aprovechando el movimiento aliado, entraron en Madrid sin encontrar apenas resistencia. En tal situación, con Berwick a punto de cortar las comunicaciones aliadas parecía que la situación se había invertido. Pese a todo, Galway y Carlos consiguieron retirarse hacia Portugal, esquivando como pudieron a Berwick, hasta que, hostilizados en su retirada e incapaces de perder a su perseguidor, optaron por retirarse hacia el Levante, dejando una guarnición en Cuenca que fue arrasada por los franco-españoles, que luego tomarían Cartagena y Elche.

Así finalizaba el año, con una victoria inapelable de los borbónicos y la desilusión austracista, que había creído rozar un gran triunfo.

Las Trece Rosas (4)

7 septiembre, 2016

Tras la reunión, José Pena se dio cuenta de que tendría que hacerse cargo de la organización. Le pidió a Severino que buscara un piso seguro para realizar las reuniones y él se fue a vivir, temporalmente, a casa de Ana Hidalgo, una de las viviendas utilizadas para reunirse y que con anterioridad ya había dado cobijo a un buen número de militantes.

Reunidos al poco tiempo los dirigentes de las JSU, Pena fue elegido secretario oficial y Severino pasó a ser su segundo al mando como secretario de organización y encargado de extender la JSU por los barrios madrileños. Rubén Muñoz Arconada sería el secretario de Agitación y Propaganda. Rubén tenía 23 años y había estado preso en el campo de concentración de Chinchón, y al ser puesto en librertad se había alojado en la casa de un amigo suyo en Madrid. Su hermano Felipe, ahora exiliado en Francia, había sido el primer secretario general de las JSU tras la unificación.

Sinesio Cavada, alias Pionero, continuaba como jefe militar y debía crear sus propios grupos armados para cometer sabotajes. Joaquina López Laffite era la secretaria femenina y responsable de los enlaces, con la ayuda de Nieves Torres. Antonio López del Pozo se ocuparía de contactar con otras organizaciones antifascistas que pudieran estar trabajando en la clandestinidad e intentar infiltrar militantes comunistas en la Organización Juvenil de la Falange, que estaba haciendo una intensa campaña para ganar nuevos reclutas. Entrar en esta organización les podía dar acceso a salvaconductos y documentos en blanco con el membrete de la organización que podrían usar para elaborar avales falsos para salvar a compañeros con problemas.

Mientras trabajaban por el partido tenían que sobrevivir también en el Madrid de los vencedores sin levantar sospechas. Así fue como Nieves Torres se vio trabajando como ciada para un matrimonio franquista de la calle Goya. Al menos tenía dónde dormir y dónde comer.

Dos días después de la reunión Pena contactó con Federico Bascuñana, que entonces contaba con 32 años, para así contactar con el PCE, y así quedó establecido el enlace entre el partido y los jóvenes. La primera orden recibida fue olvidarse de atracar tiendas para conseguir fondos, pues era demasiado peligroso y podía atraer sospechas y represalias a los compañeros encarcelados. Deberían esperar a la llegada de ayuda del partido. De momento no convenía correr riesgos.

Francisco Sotelo Luna, alias Cecilio, tenia cuarenta años y era natural de Sevilla. Había sido ordenanza en la sede del PCE en Madrid y, tras la guerra, fue elegido para encabezar el PCE en la capital, acompañado de Luisa de Pablo, destacada militante comunista durante la guerra, miembro del Comité Provincial del PCE. A través de Luis Sanabria Muñoz, “Cecilio”, entró en contacto con Federico Bascuñana, que ya actuaba de enlace con la JSU.

Por el momento se dedicó a organizar el partido en grupos pequeños para ayudar a los detenidos y perseguidos, lo que era muy complicado, por la desmoralización y la persecución imperante. Las delaciones eran muy comunes en esos tiempos.

El primer paso fue contactar con Pilar Bueno Ibañez, de veintisiete años de edad, que vivía con sus tíos en Príncipe de Vergara 83. Era modista de profesión y así se ganaba la vida hasta que estalló la guerra. Tras la muerte de su tío, el suyo era el único jornal, bastante escaso por cierto, de la casa. Se había ofrecido voluntaria para tabajar en una de las numerosas casas-cuna abiertas en la capital para recoger a huérfanos y a los hijos de milicianos que marchaban al frente. Esta experiencia le hizo afiliarse al PCE. La muerte de su novio, un militante socialista, por enfermedad al poco de iniciarse la guerra, le hizo volcarse en la política para olvidarse de su pena. Fue enviada a la Escuela de Cuadros del partido y salíó de allí como secretaria general el Radio Norte, una de las secciones madrileñas del PCE.

En la reunión, Bascuñana informó a Pilar de cómo se estaba reorganizando el partido, tarea para la que ella necesaria. Fue elegida responsable de organización del Comité de Madrid y le tocó buscar militantes por toda la capital para reconstituir el partido.

Otra reclutada por Bascuñana fue Dionisia Manzanero Salas, de 20 años, hija de un obrero miembro de la UGT, tercera de seis hijos, que había trabajado para el partido como mecanógrafa durante la guerra. Conoció a su novio durante la guerra, Bautista Almarza, del que sólo se sabía que estaba en el cárcel de Albatera tras ser capturado en Valencia. Dionisia comenzó a trabajar como mensajera. “Cecilio” añadió otra muchacha al grupo, Carmen Barrero Aguado, de 20 años, que usaba para desplazarse una falsa identidad, Carmen Iglesias Díaz, y que era conocida dentro del PCE como Marina. Se le encargó que realizara un plan de trabajo para las mujeres del partido, a lo que se puso de inmediato, proponiendo días después crear una gran organización femenina.

A finales de abril de 1939, la estructura organizativa del PCE quedaba fijada, menos de un mes después de la detención de Matilde Landa, con “Cecilio” y Luis Sanabria a la cabeza, Carmen Barrero como responsable femenina y Federico Bascuñana y Pilar Bueno encargados de la organización de Madrid. Dionisia Manzanero haría las veces de enlace entre ellos.

Podrían haber perdido la guerra, pero no se pensaban rendir.

Las Trece Rosas (3)

5 septiembre, 2016

Madrid se había convertido en un inmenso cuartel que daba alojamiento a los soldados del victorioso ejército franquista, lo que dio doscientos mil nuevos vecinos a la villa. Era tal la aglomeración que las autoridades franquistas hicieron un llamamiento a la población para que acogiera en sus casas a los oficiales desplazados y a que las casas de comidas pusieran, obligadas por la autoridad, un menú económico para los oficiales, suboficiales y la tropa en reconocimiento a su lucha contra la “horda marxista”. La iglesia recuperó el protagonismo perdido, por lo que la capital se convirtió en una iglesia enorme en la que se celebraban constantes misas de campaña.

El Madrid de los fascistas olía a cuartel y a sacristía.

Quien no era ni militar ni falangista debía demostrar que no era rojo. Retornaron la toca y la mantilla, apareció la sahariana de color blanco, ideal para lucir el yugo y las flechas y se arrinconaron, obviamente, los monos de trabajo obreros y los pañuelos castizo, por sus vinculaciones izquierdistas. Nadie desentonaba en el Madrid franquista.

En esta ciudad asustada y demudada se encontró José Pena Brena el 10 de abril. Se había apuntado voluntario para defender a la República y trabajado como empleado de seguridad en la capital, donde vivía con su madre y sus hermanos, siendo el segundo de tres. Tenía 21 años.

La guerra le llevó a Brunete y a Guadalajara. Había luchado en Catalunya hasta su caída. Había, en fin, compaginado estos destinos con otros de permanencia en la capital, donde había tenido diversos cargos en la JSU, formando parte de uno de los comités provinciales de Madrid y dando clases en la Escuela de Cuadros, donde se formaban a los futuros dirigentes.

El final le sorprendió en Alicante, donde intentó escapar sin éxito. Capturado, fue uno de los miles de prisioneros del campo de Los Almendros. Al final fue enviado al cuartel de Benalua, donde se clasificaban a los prisioneros. Los que eran identificados como mandos o comisarios eran fusilados de inmediato o repartidos por penales por todo el país dependiendo de su importancia.

José fue clasificado el 7 de abril. Declaró que era soldados y quedó en libertad. La necesidad de aligerar el inmenso número de prisioneros facilitó a muchos la liberación y José puso rumbo a Madrid, a dónde tardó tres días en llegar. Para entonces se habían establecido en la capital ocho puestos de control a las entradas y salidas de la ciudad, que era, de hecho, una inmensa cárcel, pues para salir era necesario un salvaconducto del que quedaban excluídos todos los que hubieran colaborado con los rojos. Además hacía falta el aval de otras dos personas, de reconocida solvencia y afección a la causa nacional. Sólo las mujeres estaban exentas de necesitar un salvaconducto, que, por cierto, eran expedidos por el Servicio de Información de la Policia Militar (SIPM)

Para José volver a casa era un gran peligro, por lo que optó por irse a vivir con una tía suya, desde donde podría contactar con la organización clandestina del PCE, que funcionaba desde antes de la caída de la capital. José coincidió en Alicante con Aquilino Calvo y Alfonso Coco, miembros del ultimo comité provincial de Madrid de las JSU. En la capital habían dejado como máximo responsable de la JSU a la jovencísima Maria del Carmen Vives Samaniego, de 15 años de edad. Su numero dos y secretario de Organización era Antonio López del Pozo, alias Gordo; y su responsable militar Sinesio Cavada, alias Pionero, que tendría como ayudante a Jose María Yuste, alias Nueve, que había perdido un ojo combatiendo y tenía un brazo malherido que le causaba problemas. Una chica de 15 años, Joaquina Lopez Laffita fue nombrada responsable de Agitación y Propaganda.

Severino comenzó a buscar gente para reorganizar y nutrir las filas del partido, empezando por amigos que había hecho durante la guerra. Pasear por la tarde se convirtió en el modo de contacto, intentando siempre no levantar sospechas ni incumplir cualquier de los numerosos bandos que se dictabas esos días, pues se consideraba reos de rebelión militar a los que participaran en reuniones sin autorizar, entendiéndose como tales las reuniones de más de tres personas. Dos domicilios se convirtieron en sus lugares de reunión, desde donde comenzaron a tejer una red de solidaridad por sectores o barrios de la ciudad. Como medida de seguridad, los grupos no se conocería entre sí y que estarían conectados con el Comité General por medio de un enlace.

Las chicas eran esenciales para esta organización, pues se podían mover libremente por la ciudad, mientras que todo hombre susceptible de estar en edad militar lo convertía automáticamente en sospechoso de haber colaborado con la República. Una de esas chicas, Anita Vinuesa, que hacía las veces de enlace de Severino, se encargó de encontrar y contactar con José Pena, uno de los dirigentes del Comité de Madrid durante la guerra, para comunicarle que el JSU seguía operativo y para concertar una cita entre Severino y Pena.

El encuentro se produjo a las dos semanas escasas de ocupar su cargo Severino. Su encuentro puso de manifiesto la precaria situación de la JSU, pues ahora apenas podían contar con algo más de un centenar de compañeros, cuando durante la guerra la JSU había tenido 55.000 afiliados en Madrid. El problema era, también, conseguir fondos para sostener a la organización y ayudar a los presos. Ni haciendo pagar a los militantes una cuota era suficiente, por lo que planearon atracar varios bancos. Para ello necesitaban armas. Reunieron un pequeño arsenal, contando con sus propias armas y otras rescatadas de los restos del que fuera campo de batalla en torno a Madrid, tarea no exenta de riesgos, pues las autoridades franquistas perseguían y castigaban duramente a quien lo intentara.

Las Trece Rosas (1)

1 septiembre, 2016

El pasado 5 de agosto se cumplieron 77 años de la ejecución de trece mujeres (algunas de ellas menores de edad) a comienzos de la terrible posguerra que siguió a la guerra civil española. Escribo esto hoy, como dijo una de ellas, Julia Conesa, para que sus nombres no se borren de la historia. Y para que las mentiras de algunas alimañas con forma humana no las alcance.

1. Derrota.

Virtudes González García, 18 años en 1939, se afilió a las Juventudes Unificadas Socialistas (1) en agosto de 1936, poco después de empezar la guerra civil española. Allí conoció a su novio, Vicente Ollero, y entabló varias amistades. Junto con una amiga, María del Carmen Cuesta, recorrió los pueblos de los alrededores de Madrid para reforzar la voluntad de resistir frente a Franco, pues eso no iba a traer más que cárcel, sufrimientos y venganza, como ya pasaba en otras ciudades españolas.

Camino de Aranjuez se encontraron ambas chicas con numerosos camiones cargados con anarquistas que se dirigía en dirección contraria, hacia la capital. Eran consecuencias del golpe de Estado del coronel Segismundo Casado del 5 de marzo de 1939. Casado, junto a los anarquistas, se sublevó contra el gobierno de Juñan Negrín, para tajar la influencia comunista en el gobierno y convencidos de que se podía negociar con Franco una rendición honrosa y sin represalias contra los vencidos. Negrín tampoco quería prolongar el derramamiento de sangre, pero, para él, entregar las armas sin más ni más no era la solución. Era necesario dar la impresión de que la República estaba en condiciones de proseguir la lucha con éxito. Esperaba, además, que prolongar la resistencia pudiera aprovecharse de las circunstancias internacionales, pues desde la conferencia de Munich, se mascaba la posibilidad de una guerra mundial que pudiera cambiar el curso de la guerra española.

Irónicamente, Negrín, el partidario de la resistencia a ultranza, huiría de Madrid al día siguiente a bordo de un avión con rumbo a Francia. Los comunistas no se rindieron e hicieron frente a los golpistas de Casado. La guerra civil española, que había empezado con un golpe de estado, murió con otro que degeneró, como el primero, en otra guerra civil, esta dentro de la primera. Las calles de Madrid se ensangrentaron de nuevo con esta lucha. La lucha terminaría con un alto el fuego pactado el 12 de marzo. El Consejo de Defensa Nacional surgido a raìz del golpe de Casado y que reemplazaba a Negrín, envió el 18 de marzo su oferta de paz sin represalias a Franco, que la rechazó, exigiendo a cambio la rendición incondicional. Nunca una traición había sido tan estéril.

El 28 de marzo comenzó la huída de los derrotados. Las tropas de Franco entraban en Madrid sin pegar un tiro tras tres años de esfuerzos baldíos frente a la feroz resistencia de la capital. Tras las tropas, camiones con víveres de Auxilio Social, el órgano benéfico de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, para ganarse la adhesión de una ciudad agotada y consumida por el hambre. La gente, feliz de que la guerra y el sufrimiento finalizaran por fin, salieron a celebrar la victoria. La capital que había resistido a los fascistas se cubrió de banderas rojigualdas mientras requetés y falangistas recorrían sus calles, a las que retornaban los quintacolumnistas que habían pasado tres años ocultos, esperando el día de la victoria franquista.

María del Carmen Cuesta descubrió en Chinchón que Madrid había sido tomada. Retornó a la capital con un compañero de partido, que la subió a su camión. Tras despedirse de su camarada, se fue a su casa, dónde se sorprendió al encontrarse con su padre, militante del PE y que durante la guerra había servido en el Parque Móvil. Al preguntarse porqué no se había marchado le contestó que un bando de los vencedores aseguraba que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre no debían de temer nada, y que ese era su caso. Obviamente, María del Carmen no le creyó, y los hechos le acabarían por dar la razón. Poco después contactó con virtudes, que le dijo que habían cerrado la sede del Comité Provincial del a JSU y que no lograba contactar con nadie. Dos días después, un vecino de la familia de María del Carmen que había permanecido oculto durante toda la guerra, se presentó en su casa vestido de falangista y pistola en mano para detener a su padre. Al comprobar que no estaba en casa, se llevó a Maria del Carmen a la Dirección de Seguridad.

El final de la guerra civil no trajo la paz, sino una terrible represión para eliminar al enemigo vencido y al disidente, represión basada en la Ley de Responsabilidades Políticas de enero de 1939, que se retrotraía hasta el 1 de octubre de 1934, y que agravaba los actos de todos los que se hubieran opuesto al “Movimiento Nacional con actos concretos o pasividad grave”. Incluso no hacer nada era un crimen para el estado totalitario que se empezaba a formar. Quienes lograron escapar al extranjero tuvieron que hacer frente a un largo exilio. Los que se quedaron, como María del Carmen y Virtudes, tenían ante sí una labor hercúlea que les convertiría, sin ellos saberlo o quererlo, en héroes.

(1) La JSU se formó en marzo de 1936 al fusionarse la Unión de Juventudes Comunistas (UJC) y la Federación de Juventudes Socialistas (FJS). Su primer secretario general fue Santiago Carrillo, que procedía del sector más radical del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), facción encabezada por Francisco Largo Caballero.


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Blog del escritor Ismael Villasol

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Este blog aporta herramientas multimedia para aprender y disfrutar de la literatura y de la cultura