Laura (1)

Me encontró durmiendo en un cajero automático. Ella acababa de sacar dinero, o eso supuso, y al abrir yo un ojo, me encontré con su mirada llena de curiosidad. «Necesitas un sitio mejor que este» comentó, enrojeciendo levemente por la obviedad.

Yo me encogí de hombros, pues tampoco se me ocurría nada que no fuera rematadamente obvio.

Unos instantes después, ni muchos ni pocos, sólo posteriores, me encontré al lado de Laura, con mis objetos personales empacados en mi mochila y coronados por mi saco de dormir, y frente a un edificio que había conocido tiempos mejores. Comparada su fachada con la de los otros pisos colindantes, tuve la sensación de hallarme frente al palacio de Versalles del Raval.

La seguí escaleras arriba, temiendo decir nada, no cosa que Laura se fuer a penar en cualquier momento lo que estaba haciendo y llegara a la lógica conclusión de que era una absoluta estupidez. Si tal pensamiento cruzó alguna vez su mente, lo hizo sin hacer mella en su decisión.

Así me encontré refugiado en un ático que coronaba una interminable escalera de peldaños asmáticos y tuberculosos que ameanzaban con morirse y desintegrarse en cualquier momento. Mi reino sí tenía fin, el de la pared con ventana que daba al puerto y por el que entraba el olor a la mar, y el del techo que iba inclinándose más y más hasta que terminaba apenas unos cuarenta centímetros por encima de la cabecera de mi cama.

De haber sabido la de veces que mi cabeza se iba a estampar contra aquel techo, hubiera intentando conseguir un casco. La otra solución, la de cambiar la orientación de mi cuerpo no era posible. Tengo mis manías, y una es no dormir nunca con la cabeza apuntando a una ventana, no se que me vaya a dar por soñar que salvo volando y me despierte en el momento menos oportuno.

Las paredes, finas como el papel, dejaban escuchar los sonidos de conversaciones lejanas de los vecinos del inmueble, pero no eran tan ruidosas como para que me molestaran. De hecho, el murmullo que a veces me acompañaba al dormir hasta resultaba gratificante.

Laura me subia la cena todas las noches. Su piel era fría y sus labios sabían a niebla.

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