Laura (3)

Todo se acabó una fría y gris mañana de enero. En lugar de la visita de los reyes magos tuve la de los servicios sociales del ayuntamiento, acompañados de una caterva de policías, un par de ingenieros y unos cuantos paletas y operarios varios.

La trabajadora social me dijo que ser okupa no era un delito, pero que el edifico estaba en tan mal estado que lo iba a derribar porque era un riesgo para la seguridad del vecindario. Tuve que mirarla de manera muy rara porque cuando pasé por su lado y me fui, escaleras asmáticas abajo, a buscar a Laura, no intentó detenerme.

Pero de la habitación de Laura no quedaba nada. Sólo una silla coja caída de lado y el papel de la pared que se caía a girones. Las telarañas, copiosas, parecían mirarme indignadas por mi intromisión y las oledas de polvo que levantaban.

En la cocina de doña Juana se agolpaban las ollas, los platos y las cazuelas, amén de los tradicionales centímetros de polvo que me había ido encontrando en mis desesperados intentos de encontrarme con algún vecino.

La mirada apenada de la trabajadora social me dolió más que una patada en los bajos, la verdad sea dicha.

Cuando me volvieron a internar en el psiquiátrico, descubrí que nada había cambiado. Los guardias, los internos, todos eran los mismos que la última vez. De hecho, había un par de guardias que recordaban mi última fuga y me miraban con especial cariño, esperando un movimiento en falso por mi parte para crujirme las costillas. Creo que incluso intentaron hacer que me volviera loco de verdad cuando Julián, el voluntario que viene a enseñarnos a manejar los ordenadores, puso en el buscador la dirección del inmueble para enseñarme que la mitad del edifcio había sido demolido por una bomba franquista en el año 39. Incluso me enseñó una foto de los bomberos sacando cadáveres. Recuerdo una de ellas, con los niños del segundo primera alineados uno junto al otro. Entre ellos, un cadáver vestido con un pijama blanco, descalzo y sin cabeza. Un trozo de cuello ensangrentado apenas brotaba de entre los hombros.

La verdad, estuve en un tris de darles el gusto, porque aquella idioteza informática me tocó la moral y empecé a hacer planes para largarme otra vez de allí, pero a la tercera noche, Laura me encontró y yo me perdí de nuevo en su piel fría y sus labios con sabor a niebla.

Así que cada mañana, mientras desayuno café con leche y galletas en el comdedor con los otros internos, me sonrió mirando a los guardias, que se creen muy listos con sus cámaras de infrarrojos, sus ordenadores y sus perros, pero que ni con todo eso pueden impedir que Laura se cuele en mi cama cada noche

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